Publicado: 12 mayo 2026 a las 6:00 pm
Categorías: Artículos
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Por Miranda Escolar
Un estudio internacional con más de 43.000 niños en edad preescolar revela que entre el 30% y el 65% cumple con las recomendaciones de actividad física. La investigación, en la que participa el profesor Adrián Moreno Villanueva, pone sobre la mesa una realidad desigual y abre el debate sobre los hábitos de vida en la primera infancia, una etapa clave para el desarrollo físico, cognitivo y emocional.

Menor obeso
La actividad física en la infancia vuelve a situarse en el centro del debate científico. Una investigación reciente, publicada en 2026 y basada en el análisis de 23 estudios internacionales, ofrece una radiografía global sobre los niveles de ejercicio en niños menores de seis años. La conclusión es clara: una parte significativa de la población infantil no alcanza los mínimos recomendados por organismos internacionales como la Organización Mundial de la Salud.
El trabajo, en el que participa el profesor Adrián Moreno Villanueva, analiza datos de más de 43.000 menores en todo el mundo y detecta una realidad heterogénea. El cumplimiento de las recomendaciones oscila entre el 30% y el 65%, una horquilla amplia que refleja tanto avances como importantes carencias según el contexto geográfico y sociocultural.
Estas recomendaciones no son menores. En edades tempranas, los expertos aconsejan acumular al menos 180 minutos diarios de actividad física total, de los cuales 60 minutos deberían corresponder a ejercicio de intensidad moderada o vigorosa. Se trata de una pauta diseñada no solo para favorecer el desarrollo físico, sino también para consolidar hábitos saludables a largo plazo.
La importancia de la actividad física en la etapa preescolar va más allá del juego o el entretenimiento. Numerosos estudios coinciden en que el movimiento en los primeros años de vida tiene un impacto directo en la salud futura. Reduce el riesgo de enfermedades crónicas como la diabetes tipo 2 o las patologías cardiovasculares y contribuye a mejorar indicadores como la masa ósea o la composición corporal.
Pero sus efectos no son únicamente físicos. La actividad también influye en el desarrollo cognitivo, la salud mental y la socialización. En esta etapa, el juego activo se convierte en una herramienta fundamental para la construcción de habilidades emocionales y relacionales. El problema, sin embargo, es que estos beneficios no siempre se materializan. El estudio pone de relieve que los niveles de actividad son, en general, “moderados” y que existe un amplio margen de mejora.
Una de las conclusiones más relevantes de la investigación es la gran variabilidad en los resultados. No todos los niños tienen las mismas oportunidades de moverse, jugar o practicar actividad física. Factores como el país, el entorno urbano o rural, el nivel socioeconómico o incluso la cultura familiar influyen de manera decisiva en los hábitos de los menores. También lo hace la disponibilidad de espacios adecuados para el juego, como parques, patios escolares o instalaciones deportivas.
Además, los propios investigadores advierten de la dificultad de comparar resultados entre estudios, debido a la diversidad de métodos de medición. No es lo mismo evaluar la actividad física mediante cuestionarios que hacerlo con dispositivos de seguimiento como acelerómetros, lo que introduce diferencias en los datos.
Uno de los elementos que más condiciona la actividad física infantil en la actualidad es el aumento del tiempo de pantalla. Aunque el estudio no se centra exclusivamente en este factor, sí señala que cuando se analizan conjuntamente variables como el sueño, el sedentarismo y el uso de dispositivos digitales —siguiendo el modelo de “movimiento de 24 horas”—, los niveles de cumplimiento disminuyen. Este cambio responde a una transformación más amplia en los estilos de vida. El ocio infantil ha evolucionado hacia actividades más sedentarias, en las que las pantallas ocupan un lugar central. Como consecuencia, el tiempo dedicado al juego activo se reduce.
La pandemia de COVID-19, además, acentuó esta tendencia, al limitar el acceso a espacios exteriores y aumentar el uso de dispositivos digitales. Aunque algunas de estas dinámicas se han revertido, sus efectos persisten en los hábitos de muchas familias.
El descenso en los niveles de actividad física no puede explicarse por un único factor. Los expertos apuntan a una combinación de causas estructurales y culturales. Por un lado, el entorno urbano y la falta de espacios seguros para jugar limitan las oportunidades de movimiento. Por otro, los cambios en las rutinas familiares —con jornadas laborales más largas y menos tiempo disponible— reducen la posibilidad de fomentar actividades al aire libre. A ello se suma una menor presencia de la actividad física en el ámbito educativo en estas edades, donde el currículo no siempre prioriza el movimiento frente a otras competencias.
Las implicaciones de estos datos son relevantes. La infancia es una etapa decisiva para la adquisición de hábitos que se mantendrán en la edad adulta. Un nivel insuficiente de actividad física en los primeros años puede traducirse en un mayor riesgo de sedentarismo, obesidad y enfermedades crónicas en el futuro.
Además, la falta de movimiento puede afectar al desarrollo motor y cognitivo, limitando la adquisición de habilidades fundamentales. En términos sociales, también puede influir en la capacidad de interacción y en el bienestar emocional de los niños. El estudio pone sobre la mesa la necesidad de actuar desde distintos ámbitos. Las familias juegan un papel clave en la promoción de hábitos activos, pero también lo hacen las políticas públicas.
La creación de entornos urbanos más amigables, la mejora de las infraestructuras educativas y la promoción de programas de actividad física son algunas de las medidas que los expertos consideran necesarias. Al mismo tiempo, el reto pasa por integrar la actividad física en la vida cotidiana de los niños, no como una obligación, sino como una parte natural de su desarrollo.
Los datos aportados por la investigación no son, en sí mismos, una novedad absoluta, pero sí refuerzan una tendencia preocupante: la actividad física en la infancia no alcanza los niveles deseables. La novedad radica en la magnitud del análisis y en la evidencia global que aporta. Con más de 43.000 niños estudiados, el trabajo ofrece una base sólida para repensar las estrategias de promoción de la salud infantil.
En un contexto en el que el sedentarismo se consolida como uno de los grandes desafíos de salud pública, la pregunta ya no es si los niños se mueven lo suficiente, sino qué está fallando para que no lo hagan. La respuesta, como sugiere el estudio, es compleja y requiere una mirada amplia que combine ciencia, educación y políticas sociales.
Fuente: https://exitoeducativo.net/bienestar-emocional/solo-la-mitad-de-los-ninos-alcanza-la-actividad-fisica-recomendada
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