Publicado: 14 octubre 2026 a las 4:00 pm
Categorías: Artículos
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Por Aránzazu Basterra
La irrupción de la inteligencia artificial nos obliga a revisar qué enseñamos, cómo organizamos el aprendizaje y qué significa realmente aprender y evaluar en la Educación Secundaria Obligatoria

IA en las aulas
“¿Para qué tengo que aprender esto si nunca lo voy a utilizar?” Probablemente sea una de las preguntas más incómodas que puede escuchar un docente en un aula. Y, al mismo tiempo, una de las más difíciles de responder. Porque cuando un adolescente pregunta para qué le servirá un determinado conocimiento, nos está obligando a mirar más allá del contenido: nos está preguntando para qué sirve aprender.
Y esta pregunta cobra hoy un nuevo sentido. ¿Qué sentido tiene la escuela cuando acceder a una respuesta ya no es el principal problema? La inteligencia artificial generativa está cambiando nuestra relación con el conocimiento. Puede buscar información, explicar conceptos, resolver problemas, redactar textos o generar contenidos en cuestión de segundos. Y precisamente por eso nos obliga a revisar algo mucho más profundo que la incorporación de una nueva tecnología en las aulas: qué enseñamos, cómo organizamos el aprendizaje y cómo evaluamos aquello que consideramos aprendido.
Existe una tensión entre la utilidad inmediata que reclama parte del alumnado y la función educativa de la ESO. Si entendemos la educación secundaria únicamente como un tránsito hacia Bachillerato, Formación Profesional o el empleo, parece lógico preguntarse para qué sirven determinados conocimientos.
Pero la ESO cumple también una función de alfabetización ciudadana. Aprender Historia no consiste únicamente en recordar fechas. Estudiar Matemáticas no es solo resolver operaciones y trabajar Lengua no es únicamente conocer reglas gramaticales. Estas disciplinas contribuyen a desarrollar capacidades como argumentar, interpretar, relacionar, cuestionar, razonar o comprender perspectivas diferentes. Precisamente en un entorno dominado por algoritmos, esas capacidades adquieren un nuevo valor. Quizá el problema no sea que existan conocimientos aparentemente “inútiles”, sino que no siempre explicamos suficientemente para qué sirven más allá de su utilidad profesional inmediata.
La educación organiza el aprendizaje alrededor de tres dimensiones: saber, saber hacer y saber ser y estar. La inteligencia artificial no invalida este planteamiento, pero sí introduce una tensión. Una herramienta puede redactar un texto, resolver un problema, resumir información, traducir o generar código en segundos. Por eso, obtener un resultado ya no demuestra necesariamente que quien lo presenta haya aprendido.
Un alumno puede recibir una explicación excelente de la Revolución Industrial y, sin embargo, no ser capaz de detectar un error histórico. Puede obtener la solución de un problema matemático sin comprender el procedimiento. Puede presentar un ensayo impecable sin haber desarrollado realmente capacidad argumentativa. La cuestión, por tanto, no es únicamente qué puede hacer la IA, sino qué debe seguir siendo capaz de hacer el estudiante sin delegar su pensamiento. Y aquí aparece una pregunta fundamental:
No se trata de elegir entre memorizarlo todo o no memorizar nada. Necesitamos conocimientos previos para comprender información nueva, establecer relaciones, formular preguntas y detectar errores. En la era de la IA, saber no pierde valor: cambia aquello que consideramos esencial saber.
Podemos introducir IA en las aulas, pero si mantenemos una organización excesivamente fragmentada del conocimiento, quizá estemos incorporando una tecnología nueva dentro de una arquitectura educativa diseñada para otro contexto. Periodos breves, materias compartimentadas y aprendizajes que no siempre se conectan entre sí pueden dificultar precisamente aquello que después pedimos al alumnado: resolver problemas complejos y transferir conocimientos a situaciones reales. Por eso, quizá no se trate de eliminar las materias, sino de preguntarnos si podemos mantener las disciplinas como estructura del conocimiento y, al mismo tiempo, generar más espacios interdisciplinares alrededor de problemas reales.
La diferencia tampoco está simplemente en utilizar o no utilizar inteligencia artificial. Podemos utilizarla para sustituir el esfuerzo cognitivo: “hazme el trabajo”, “resuelve el ejercicio” o “escribe la conclusión”. Pero también podemos utilizarla para amplificar el aprendizaje: pedirle que cuestione nuestro razonamiento, genere argumentos contrarios, detecte errores o plantee hipótesis que después debemos contrastar.
Además, la alfabetización en IA no debería convertirse en un privilegio de quienes cuentan con mayor acompañamiento o recursos. Si no enseñamos a utilizarla de forma crítica desde la educación común, podemos ampliar las desigualdades existentes.
La inteligencia artificial no nos obliga necesariamente a tener una ESO con menos conocimientos. Nos obliga a preguntarnos qué conocimientos son esenciales, cómo queremos que se relacionen entre sí y qué evidencias necesitamos para saber que un alumno realmente ha aprendido.
Quizá el reto sea conseguir que nuestros alumnos comprendan por qué merece la pena aprender aquello que todavía no saben para qué les servirá. Porque si la IA ya puede ofrecernos cada vez más respuestas, la función de la escuela puede ser todavía más importante: enseñar a hacer buenas preguntas, comprender las respuestas, cuestionarlas cuando sea necesario y decidir qué hacer con ellas. Y quizá ahí esté la verdadera pregunta que la educación ya no puede aplazar: ¿qué significa aprender cuando una máquina puede responder por nosotros?
Fuente: https://exitoeducativo.net/firmas-expertos-en-educacion/si-la-ia-ya-tiene-las-respuestas-que-deberia-seguir-ensenando-la-escuela
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