Publicado: 14 mayo 2022 a las 10:00 pm
Categorías: Artículos
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Por Francisco Esteban Bara
La búsqueda de una educación que sea útil nos ha preocupado toda la vida. Le angustiaba al joven que preguntó a Euclides qué ganancia se podía obtener con el teorema que estaba explicando; y al ministro franquista José Solís Ruíz, que para defender un proyecto de ley que otorgaba más horas escolares al deporte que a las lenguas clásicas cuestionó que para qué servía el latín.
El padre de la geometría ordenó que le dieran a aquel joven tres óbolos (monedas), “ya que necesita sacar algún beneficio de lo que aprende”; y el susodicho ministro recibió la siguiente respuesta por parte del Adolfo Muñoz Alonso, catedrático de filosofía y antiguo rector de la Universidad Complutense de Madrid: “Por de pronto, señor ministro, para que, a su señoría, que ha nacido en Cabra (municipio de la provincia de Córdoba), le llamen egabrense y no otra cosa”. Es fácil saber cómo se podría llamar a alguien nacido en Cabra si no existiese su gentilicio latino.
Hay muchos más ejemplos que demuestran que el asunto de la utilidad de la educación nos lleva por el camino de la amargura. Vivimos en un mundo incierto en el que casi todo está en movimiento; los políticos y sus asesores, expertos en educación, no se han quedado de brazos cruzados. Tienen respuestas para que la educación sea útil a niños y jóvenes, para que no puedan decir que la escuela sirve de poco.
No obstante, no está de más pensar qué tipo de respuestas son esas, si mundanas o trascendentales. Veamos a qué nos estamos refiriendo.
Las respuestas mundanas podrían resumirse así: hay que educar a las personas para que se desenvuelvan en el mundo que les va a tocar vivir, la educación demuestra su utilidad si quienes la reciben consiguen adaptarse a la realidad que les aguarda. Y las competencias son el quid de la cuestión.
Entre otras situaciones que sustentan este razonamiento, señalamos tres que no deben resultar extrañas:

2. Cada vez es más difícil saber dónde acabará uno porque, en esta vida, ese uno puede acabar siendo varias cosas. Las competencias para reinventarse, empoderarse y ser resiliente son hoy más útiles que nunca. Así las cosas, no tiene sentido una educación que suspenda a nadie. La escuela y los maestros no están para cortar alas o sembrar desilusiones, a lo sumo, para sugerir que se necesita mejorar.
Hay respuestas más trascendentales que no anulan las anteriores, pero van por otro camino. Están pensadas con vistas a una educación útil diferente. Digámoslo así: hay que educar a las personas para que desarrollen su naturaleza humana; la educación es útil cuando consigue que niños y jóvenes se orienten en el enmarañado mundo que les va a tocar vivir, y, en no pocas ocasiones, a pesar de él.
Visto así, la educación útil es más una brújula que una serie de competencias.
Volvamos a las situaciones anteriores:
El filósofo pitagórico Demócrates decía que todo está perdido cuando los malos sirven de ejemplo y los buenos de mofa. Eso fue en el siglo I (a.e.c.). Quién sabe lo que diría hoy.
En fin, habrá que decidir si nos bastará con las respuestas mundanas, con una educación que sea útil para salir del paso que marcan las actuales circunstancias o si también necesitamos una educación útil para andar entre ellas con paso firme; o, por qué no decirlo, si será suficiente dando pan para hoy y hambre para mañana.
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