Q1, Amén

Publicado: 26 octubre 2026 a las 4:00 pm

Categorías: Artículos

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Por Tomás Valcárcel

La obsesión por los rankings, los indicadores bibliométricos y la producción de artículos ha convertido la investigación académica en una carrera por publicar más, aunque cada vez parezca importar menos descubrir, aportar y ser leído.

El profesor universitario contemporáneo

Hubo un tiempo en que un profesor universitario, por encima de todo, enseñaba. Algunos, además, investigaban. Los más inquietos escribían libros, publicaban algún artículo cuando tenían algo que decir y podían pasar años trabajando sobre un asunto sin que nadie les preguntara cuatrimestralmente dónde pensaban colocar los resultados. Era un mundo imperfecto, desde luego. Pero conservaba una extravagancia que hoy resultaría sospechosa: se investigaba para averiguar cosas. Pero aquello, simplemente, terminó.

El profesor universitario contemporáneo debe publicar. No necesariamente descubrir nada. Tampoco hace falta que alguien vaya a leerlo. Solo debe conseguir “records” de publicación. El paper se ha convertido en la unidad industrial de producción y la carrera académica depende de alimentar la máquina con una regularidad suficiente. Poco importa que el tema sea irrelevante, que el hallazgo apenas merezca una conversación de ascensor o que el artículo termine sepultado para siempre en algún servidor remoto. Lo importante es que tenga DOI y, a ser posible, una buena posición en el santoral del cuartil. Porque tampoco sirve publicar en cualquier sitio. Hay que hacerlo en revistas indexadas, expresión pronunciada en los departamentos universitarios con el mismo respeto con el que otras civilizaciones hablaban de lugares sagrados. Q1 es el cielo. Q2 permite todavía conservar la dignidad. A partir de ahí empieza el abismo.

Scopus, Web of Science, JCR y demás artefactos bibliométricos han conseguido algo admirable: convencer a miles de profesores de que la calidad de su pensamiento puede resumirse mediante la posición que ocupa una revista en una clasificación comercial. Poco importa que desde hace años instituciones dedicadas a la evaluación responsable adviertan de la estupidez de confundir el impacto de una revista con la calidad de cada artículo que contiene. Nosotros ahí seguimos, dóciles, tratando a unos rankings privados como si descendieran grabados en piedra desde el Sinaí de la excelencia investigadora.

El negocio, además, roza la perfección. La universidad, en el mejor de los casos, paga al investigador para que investigue. El investigador escribe el artículo. Otros investigadores lo revisan gratuitamente. Después aparece una gran editorial, coloca todo aquello en su plataforma y puede cobrar a las instituciones por leerlo o varios miles de euros por publicarlo en acceso abierto. Elsevier, Wiley, Sage y compañía han logrado así una hazaña empresarial difícilmente mejorable: disponer de autores financiados por terceros, evaluadores que trabajan gratis y clientes institucionales dispuestos a pagar por recuperar el conocimiento que ellos mismos contribuyeron a producir. Y, a todo eso, lo llamamos difusión científica.

A veces el privilegio de publicar no cuesta dinero. Cuesta tiempo y salud mental. Se envía un manuscrito y comienza la liturgia de la primera revisión por pares. Cuando ya ha pasado tanto tiempo de la versión enviada a la revista que hasta el título del paper queda borroso en la memoria del autor, aparece el revisor número dos. Una figura temible creada probablemente para demostrar que la vida académica también puede contener formas menores de sadismo. Se solicita ampliar lo que previamente se exigía reducir. Pide veinte referencias adicionales, algunas sorprendentemente próximas a sus propios trabajos. Sugiere rehacer media investigación porque él la habría hecho de otra forma. El autor obedece. No porque el revisor tenga razón, sino porque al final del túnel está la aceptación y todos sabemos quién es el que sostiene la linterna.

La inteligencia artificial ha enriquecido ahora el espectáculo. Empiezan a aparecer revisiones genéricas trufadas de expresiones grandilocuentes, observaciones tan mecánicas como disparatadas y recomendaciones bibliográficas cuya relación con el manuscrito podría describirse como algo meramente espiritual. Ya podemos completar el círculo perfecto: investigadores que emplean IA para escribir artículos que otros revisan con IA para que posteriormente una IA los resuma a lectores que probablemente jamás los abrirán.

Por supuesto, no olvidemos en esta comedia de la producción intelectual en revistas académicas el sacrosanto formato IMRyD, generalizado ya como prueba de respetabilidad científica: Introducción. Método. Resultados. Discusión. Una estructura magnífica para determinadas investigaciones experimentales que hemos terminado aplicando con entusiasmo a casi cualquier cosa. Basta una muestra, unas tablas y la suficiente estadística decorativa para que el profesor de cualquier disciplina pueda sentirse durante quince minutos una mezcla de Einstein y Marie Curie. Después se añaden cuarenta referencias. Algunas de ellas incluso con algún párrafo leído más allá del título.

Les propongo un experimento muy sencillo: pregunten a cualquier profesor universitario cuántos artículos completos ha leído del último número de la revista en la que acaba de publicar. Ni siquiera de todos sus números, tan solo del que incluye su artículo. La respuesta podría provocar una crisis de sinceridad institucional. En muchos casos habrá mirado los títulos, comprobado qué temas acepta la revista y estudiado qué formato parece tener mayores posibilidades de colar. Después enviará su paper y celebrará la publicación como una contribución al conocimiento universal. Con suerte, sus propios coautores llegarán a leerlo entero.

ANECA asegura ahora que quiere escapar de todo esto. Habla de evaluación cualitativa, narrativas de impacto y uso responsable de indicadores. Bienvenida sea la conversión. El problema es que, a la postre, los currículos siguen llegando a manos de profesores obsesionados por la religión del cuartil. Y siempre aparece algún psicópata evaluador dispuesto a contar Q1 como quien cuenta cabezas de ganado y a mirar con desconfianza cualquier investigación que haya cometido el pecado de ser útil sin haber recibido previamente la bendición de Clarivate.

Así hemos conseguido transformar la investigación universitaria en una carrera por producir textos que casi nadie leerá para impresionar a personas que tampoco tienen tiempo ni ganas de leerlos. Lo llamamos ciencia y luego nos preguntamos por qué la sociedad no sabe para qué servimos.

Fuente: https://exitoeducativo.net/firmas-expertos-en-educacion/q1-amen