Publicado: 1 octubre 2026 a las 6:00 pm
Categorías: Artículos
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Por Ramón Reig
Confesiones de un profesor que no quiso morir
Me han concedido seguir en la universidad después de los 70 años, tras mi jubilación forzosa en septiembre de 2025. Lo solicité porque me siento en forma, quiero continuar aprendiendo y enseñando.

Me han dado una prorroga por tres años en este partido docente e investigador que persigue educar y enseñar a jóvenes del último año del Grado en Periodismo, Universidad de Sevilla, al tiempo que ellos y ellas me muestran sus caminos.
Es todo un reto. He de cuidar no caer en la trampa que te tienden los años. Hay un momento en el que los humanos parece como si dijéramos eso de “pare usted, yo me bajo en la próxima”, y ya lo viéramos todo desde un mundo que pasó y no regresará. Creo que tengo mucho que decir todavía, pero no olvido que soy el pasado y que él, mi alumnado, es el presente y el futuro.
No olvido que cuando les muestro a mis alumnos una secuencia de la clásica película “El Gatopardo” (1963), de Luchino Visconti -derivada de la novela de Giuseppe di Lampedusa-, para contarles un poco la evolución del poder, las raíces inmediatas de la globalización, no olvido que, de manera similar a cómo el príncipe de Salina observa con tristeza y esperanza que su mundo nobiliario se desmorona en pro del nuevo que llega “cambiando todo para que todo siga igual”, yo, en pequeña escala, represento a una época que va muriendo, la analógica, para que se vaya consolidando la digital de la Inteligencia Artificial y la guerra proxy y por software. Así se lo digo a mi alumnado y añado que no le tengan miedo a lo nuevo y afronten sus retos, que aprovechen lo que crean positivo del pasado y sigan adelante, el humano las ha pasado peores.
Hace entre 100.000 y 50.000 años estábamos en la por ahora última glaciación, la Würm. Dice Anavarro que el sistema climático de la Tierra funciona como una maquinaria llena de engranajes que interactúan entre sí, y los humanos del Paleolítico tuvieron que adaptarse a esos cambios de manera constante. Hoy vivimos en un periodo interglaciar cálido, el Holoceno, iniciado hace unos 11.700 años. Esta etapa de temperaturas moderadas ha permitido la transición desde sociedades cazadoras-recolectoras hasta civilizaciones complejas.
Sin embargo, el Holoceno es sólo un pequeño paréntesis dentro de una glaciación mucho más larga, y representa una fracción mínima de la historia del Homo Sapiens. La inmensa mayoría del tiempo que llevamos en este planeta lo hemos pasado adaptándonos a entornos fríos o muy variables. Buscamos alimento debajo de las nieves, de las piedras y en las cumbres de algunas zonas altas. Nos metimos donde había menos nieve. Y seguimos vivos. También venceremos a la IA y estará a nuestro servicio.
No es raro que los que cargamos con muchos decenios nos hayamos rendido ante los retos del tiempo. Pero si yo, un ser de la generación analógica del baby boom, quiere impartir clases a personas de generaciones actuales o venideras, debo bajar de mi zona de confort pasada y moribunda para aceptar que este presente y el fututo son apasionantes. O los aceptas o te quedas en casa o ambas cosas: los asumes, pero sin traicionar aquello que te dio fuerzas para escribir hoy lo que escribo.
Porque el ser humano camina cada vez más con un déficit digamos espiritual demasiado grande y así no se puede estar por mucho tiempo. Y también se desenvuelve al margen de una visión estructural de la ciencia y de la vida, olvidando una idea clave, holística: todo está relacionado con todo. Suelo apuntarles a mis alumnos que, para los materialistas, el alma está en el cerebro y para las personas creyentes el alma es un ente inmaterial platónico que anida en el interior de nuestro cuerpo y que, sea como sea, lo real es que ese ente o esa manifestación cerebral necesitan ser alimentados tanto o más que las células.
Me voy con ellos, a ver si entre los senderos que me muestren mis discentes y el mío propio podemos construir uno por el que caminemos todos lo más unidos posible.
Fuente: https://exitoeducativo.net/confesiones-profesor-que-no-quiso-morir/prosigue-el-reto
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