Publicado: 23 mayo 2026 a las 8:00 pm
Categorías: Artículos
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Por Marta Lli Jiménez – Psicóloga y profesora en la Facultad de Educación de UDIMA.
Cómo el exceso de ayuda puede dificultar el desarrollo de la autonomía, la tolerancia a la frustración y la seguridad personal. Porque crecer no consiste en evitar todas las dificultades, sino en aprender poco a poco a afrontarlas con apoyo, confianza y recursos propios.

La frustración también educa – Con ayuda de la IA
Vivimos en una época en la que proteger a la infancia se ha convertido, muchas veces, en una prioridad absoluta. Queremos evitarles el sufrimiento, las decepciones, los errores o cualquier experiencia que pueda generar malestar. Y, por supuesto, esa intención nace del amor y del deseo de cuidar. Sin embargo, en ocasiones, sin darnos cuenta, acabamos confundiendo proteger con resolver constantemente.
Y ahí aparece una pregunta importante: ¿qué ocurre cuando los niños apenas tienen oportunidades de enfrentarse a pequeñas dificultades por sí mismos?
La frustración forma parte del desarrollo. Aprender implica equivocarse, esperar, esforzarse, tolerar que algo no salga a la primera o atravesar situaciones incómodas. Son experiencias cotidianas que, aunque no siempre agradables, cumplen una función esencial: ayudan a construir recursos internos.
Sin embargo, cada vez vemos con más frecuencia dinámicas en las que el adulto interviene demasiado rápido. Anticipa problemas, evita incomodidades, resuelve conflictos o elimina cualquier obstáculo antes incluso de que el niño tenga la oportunidad de intentarlo. Y aunque a corto plazo esto puede generar alivio, a largo plazo puede dificultar el desarrollo de habilidades fundamentales como la autonomía, la tolerancia a la frustración o la sensación de competencia personal.
El psicólogo Albert Bandura explicó ya en 1977 que la confianza en uno mismo no se construye a partir de mensajes externos del tipo “tú puedes”, sino, sobre todo, a través de experiencias reales de logro. Es decir, el niño empieza a sentirse capaz cuando comprueba, por sí mismo, que puede afrontar situaciones, equivocarse, volver a intentarlo y salir adelante.
Cuando evitamos constantemente esa experiencia, el mensaje implícito que puede recibir no siempre es “te estoy cuidando”, sino algo mucho más sutil: “necesitas que alguien lo haga por ti”.
Y esto tiene un impacto importante en la forma en que los niños perciben sus propias capacidades.
La psicóloga Carol Dweck mostró en sus investigaciones de 2006 cómo los niños desarrollan una actitud más flexible y perseverante hacia el aprendizaje cuando entienden que el error forma parte del proceso. Cuando todo está excesivamente controlado o dirigido por el adulto, aparece con más facilidad el miedo a equivocarse y la necesidad constante de validación externa.
En este contexto, la frustración deja de verse como una experiencia manejable y empieza a vivirse como algo intolerable.
A nivel emocional, esto también tiene consecuencias. La psicóloga Begoña Ibarrola lleva años insistiendo en la importancia de acompañar las emociones sin intentar eliminarlas inmediatamente. Sentir frustración, aburrimiento, enfado o decepción no significa que algo vaya mal. Significa, muchas veces, que el niño está atravesando experiencias necesarias para aprender a regularse y adaptarse al entorno.
Y regularse no significa no sentir malestar. Significa aprender, progresivamente, a atravesarlo sin derrumbarse.
Por eso, acompañar no es rescatar constantemente.
A veces, acompañar implica estar cerca sin resolver. Sostener el malestar sin eliminarlo de inmediato. Dar espacio para que el niño piense, pruebe, espere o encuentre soluciones ajustadas a su edad.
Esto no significa abandonar ni exigir de manera rígida. Significa confiar en las capacidades del niño y ofrecer apoyo sin sustituir constantemente su esfuerzo.
También influye el contexto social y cultural actual. El psicólogo social Jonathan Haidt ha señalado en sus trabajos más recientes, especialmente desde 2018, cómo ciertos estilos educativos excesivamente protectores pueden reducir las oportunidades de desarrollar autonomía emocional y tolerancia a la incomodidad. Cuando los niños crecen evitando constantemente el error, la frustración o el conflicto, pueden sentirse menos preparados para afrontar situaciones normales de la vida cotidiana.
No porque sean menos capaces, sino porque han tenido menos oportunidades de practicar.
Algo parecido plantea Julie Lythcott-Haims en sus investigaciones sobre autonomía infantil y adolescencia. En 2015 advertía de cómo la hiperintervención adulta puede dificultar que niños y adolescentes desarrollen iniciativa, responsabilidad y sensación de competencia. Cuando el adulto organiza, resuelve y supervisa absolutamente todo, el margen para aprender a gestionar la vida cotidiana se reduce considerablemente.
En el entorno escolar esto se observa con frecuencia. Alumnos que toleran muy mal equivocarse, que se bloquean rápidamente ante la dificultad o que necesitan validación constante para continuar. Niños y adolescentes con buenos recursos cognitivos, pero con poca tolerancia a la incomodidad que implica aprender.
Porque aprender también implica frustrarse.
Implica no entender algo al principio, tener que esperar, revisar, corregir, equivocarse y volver a intentarlo. Y todo eso requiere un entrenamiento emocional que no se desarrolla únicamente a través del discurso, sino de la experiencia.
A nivel neuropsicológico, las investigaciones de Adele Diamond muestran desde 2013 que habilidades como el control inhibitorio, la flexibilidad cognitiva o la regulación emocional se fortalecen precisamente en situaciones en las que el niño necesita esperar, adaptarse, tolerar cierta incomodidad o buscar alternativas.
Es decir, el desarrollo de muchas capacidades importantes no ocurre evitando constantemente la dificultad, sino aprendiendo a gestionarla en contextos seguros y acompañados.
Esto tiene implicaciones tanto para familias como para profesionales de la educación. Quizá una de las preguntas más importantes no sea cómo evitar toda frustración, sino qué tipo de acompañamiento ofrecemos cuando aparece.
Porque hay una gran diferencia entre dejar solo a un niño ante la dificultad… y no permitirle nunca enfrentarse a ella.
Los niños necesitan apoyo, seguridad y presencia adulta. Pero también necesitan oportunidades para experimentar que pueden hacer cosas por sí mismos, resolver pequeños problemas, tolerar errores y atravesar situaciones incómodas sin que el mundo se derrumbe.
Y eso, poco a poco, construye seguridad interna.
Educar no consiste en eliminar todos los obstáculos del camino. Consiste en caminar al lado mientras el niño desarrolla recursos para afrontarlos.
Porque crecer no es no caer nunca. Es aprender que uno puede levantarse.
Como recordaba María Montessori, “cualquier ayuda innecesaria es un obstáculo para el desarrollo”.
Fuente: https://exitoeducativo.net/psique-educa/por-que-la-frustracion-tambien-educa
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