Noor Ammar Lamarty: “El machismo y el racismo operan como una dimensión dentro de la otra”

Publicado: 21 julio 2026 a las 6:00 am

Categorías: Entrevistas / Libros

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Latin American Female"]

Por Julia García González

Nadia, una mujer marroquí que migró a España a los 18 años, es la protagonista de la nueva novela de Noor Ammar LamartyAntes de que existiese un nombre, en la que narra una historia de amor a través de la cual reflexiona sobre la guerra, el exilio, la memoria o la identidad en un mundo atravesado por una violencia incesante.

“El patriarcado y el racismo tienen la característica específica de que normalmente se consolidan desde percepciones que te hacen pensar que, cuando se sufre machismo, se sufre desde una dimensión concreta y que el racismo toca desde otro lugar, y realmente no es así. No son dimensiones independientes y no operan como dimensiones independientes, operan como una dimensión dentro de la otra, dos sistemas de opresión que convergen de formas específicas para para marcarse“, asegura Lamarty en una entrevista con Efeminista.

La autora quiere, con este libro, rendir homenaje a la complejidad que requiere y qué significa amar en tiempos de genocidio, “que es un poco la historia en sí: ¿Quién soy yo cuando matan a los que se parecen a mí, cuando yo amo a alguien que se parece a ellos? ¿en quién me convierte eso a mí?”, se pregunta.

Lamarty (Tánger, 1998), ensayista y consultora jurídica especializada en derecho internacional y género, reflexiona además sobre cómo el racismo y el patriarcado no solo oprimen en lo público, sino también en la esfera íntima de las mujeres, y de la contradicción y complejidad del mundo de los afectos.

Pregunta (P).- La protagonista del libro está atravesada fundamentalmente por dos sistemas de opresión, el patriarcado y el racismo, con una herencia colonial. ¿Cómo operan estos dos sistemas cuando convergen?

Respuesta (R).- El patriarcado y el racismo tienen la característica específica de que normalmente se consolidan desde percepciones que te hacen pensar que, cuando se sufre machismo, se sufre desde una dimensión concreta y el racismo toca desde otro lugar, y realmente no es así. El machismo que viven las mujeres que sufren racismo es un machismo racista y el racismo que viven las mujeres que sufren machismo es un racismo machista.

No son dimensiones independientes y no operan como dimensiones independientes, operan como una dimensión dentro de la otra, dos sistemas de opresión que convergen de formas específicas para para marcarse.

Para mí era muy importante poder explicar por qué no es tan obvio como parece, y por qué también está muy poco explorado, cómo es el racismo machista que experimentan las mujeres y el machismo racista por el que pasan, y por qué eso cambia drásticamente sus vidas y su percepción sobre sí mismas, su percepción sobre lo que pueden lograr, sobre el amor, sobre la vida y sobre cuál es su lugar en el mundo

Y ese fue el ejercicio entero del libro, poder escribir sobre la violencia pero contar la ternura que habitan los vínculos también, porque a veces donde hay violencia puede también haber ternura y donde hay una jerarquía de poder también puede haber una idea inocente, ingenua, pero también profundamente poderosa de que el amor puede con todo. Teóricamente leemos los sistemas de opresión de formas muy claras y muy obvias, pero el mundo de los afectos es mucho más complejo que todo eso.

Quería rendir homenaje a la complejidad que requiere y qué significa amar en tiempos de genocidio, que es un poco la historia en sí: ¿Quién soy yo cuando matan a los que se parecen a mí, cuando yo amo a alguien que se parece a ellos? ¿en quién me convierte eso a mí?

P.- En el libro dices que “las sociedades más conservadoras y las más progresistas también defienden que existen dos figuras femeninas posibles, la mujer conservadora devastada por abortar o la mujer emancipada perfectamente reconciliada con ello. Yo no era ninguna de las dos o quizás ambas al mismo tiempo”. 

R.- La experiencia del aborto es una experiencia transversal, universal, y tiene la especial desgracia de ser leída en dos registros absolutamente problemáticos en las sociedades contemporáneas: o somos víctimas o somos asesinas, y parece que eso emana realmente de no comprender la dualidad y la complejidad que habitan las mujeres y todo el proceso a través del cual una descubre qué lugar ocupa la maternidad en su vida.

Para mí era muy importante hablar de esa dualidad, del miedo, de la culpa, del no comprender, del tabú y la ansiedad que supone que un cuerpo pueda crear la posibilidad de traer al mundo un niño cuando una cabeza todavía no está preparada para ello.

Tengo la sensación de que estamos constantemente movidas por la conversación sobre si el aborto es un derecho o no es un derecho, y es una conversación profundamente importante, pero la duda es: ¿Qué significa el aborto realmente en las sociedades?, ¿por qué las mujeres que viven y experimentan abortos espontáneos, por ejemplo, no pueden sentarse en una mesa a hablar de ello? Como si ni siquiera fuese importante la voluntad o no de las mujeres incluso en las pérdidas que pueden tener, es como si hubiese un fracaso inherente a la condición de ser mujer y de no poder traer un hijo al mundo.

No solo pasa a través de decidir no ser madre o de decidir tomar la decisión de abortar, sino también cuando tu cuerpo no puede albergar esa vida o cuando tu cuerpo es estéril, o cuando tu cuerpo no es funcional, o cuando descubres en esos procesos si deseas o no la maternidad y, sobre todo, si las mujeres hoy en día podemos seguir prescindiendo de del deseo de los hombres a la paternidad para ser madres. Esta es una de las grandes dudas que tenemos.

Es muy interesante la conversación sobre los derechos del aborto. No puedo ser más pro aborto, sobre todo porque he visto las consecuencias catastróficas que tiene la vida de las mujeres, concretamente la la vida de las mujeres de mi país, donde los abortos clandestinos siguen siendo una barbaridad. Pero más allá de eso también hay una idea muy triste que es vivir la maternidad como un proceso que podemos desear al margen de quién va a ser el padre de un niño.

Y esa decisión nos ha revertido muchas veces y nos ha llevado a tener hijos de hombres equivocados, o de hombres que no deseaban la maternidad como nosotras la deseábamos. Lo que sucede en los cuerpos de las mujeres tiene que ver con las mujeres, pero también creo que hay como mucho ejercicio de autoengaño que es lo que yo intento explorar, esta idea de: “lo acabaré convenciendo, acabaré consiguiendo que quiera cuidar”.

P.- ¿Qué importancia tiene el feminismo en la historia?

R.- Los libros de ensayo feminista son importantes, pero creo también que podemos hacer una literatura feminista. Y una literatura feminista es escribir libros feministas que no traten necesariamente de feminismo. No me nombro feminista cada cinco líneas, pero estoy aquí porque me he mirado tanto que me niego a pasar por esto.

Y luego está la parte sobre las amigas, cómo están las amigas, cómo están las mujeres que nos quieren y nos cuidan, silenciosas, muchas veces al otro lado de la esquina, de la habitación, observándonos, y siendo capaces de ver que a veces nos tenemos que caer por nuestra propia cuenta, que hay cosas que no tienen que ver con cuánto nos sintamos queridas, sino con con los tiempos que requiere la verdad.

Y me parece muy bello haberme dado cuenta de cómo está cultivada la amistad en el libro, y de cómo estas mujeres que a priori no están en el relato, están todo el rato, y son las que sostienen, las que pelean y son la madre, y son el eco de fondo que te dice “sigue, está todo bien”.

P.- Nadia es migrante en España, país que colonizó parte de Marruecos, y su lugar de origen. ¿Cómo influye esta realidad en el personaje?

R.- Las identidades migrantes se leen como un bloque monolítico, homogéneo, donde las experiencias son absolutamente iguales y donde no hay nada que explicar de su complejidad. El libro habla de las deudas no resueltas, de los perdones que no se dan a tiempo, de las memorias atravesadas a ambos lados del Mediterráneo y del profundo desconocimiento a ambos lados del Mediterráneo, los unos sobre los otros.

Para mí era importante hablar de cómo el proceso de migrar te transforma y te cambia, pero también cómo se instala en ti una dualidad que arrastras para siempre: cuando te vas nunca vuelves a ser. ¿Quién eras antes de irte? Y eso es un duelo, que es el duelo migrante, pero que va más allá, es un duelo identitario, ¿quién soy yo ahora que los míos no me ven?, ¿quién soy yo ahora que son otros los que me tienen que validar?, ¿quién soy yo ahora que necesito existir en una estructura que durante años oprimía, perseguía y maltrataba a la gente como yo?

Por eso para mí hablar de los bombardeos de en la zona del Rif, concretamente, era importante. Porque es una idea absolutamente borrada, que se ha silenciado mucho por vergüenza, y al gobierno marroquí tampoco le ha interesado mucho instaurar una conversación con España y, sin embargo, explica también la migración de hoy en día.

Buena parte de los menores extranjeros no acompañados que llegan a España proceden de las zonas bombardeadas por España entre 1924 y 1927. Entonces, ¿qué significa eso? Hay una rueda temporal, sobre todo en determinados sitios y espacios como es el Mediterráneo, y esas ruedas se retroalimentan de una forma o de otra.

Bombardear con armas químicas durante cuatro años fue un crimen de lesa humanidad por el que España nunca pagó y por el que nunca se sentó en ningún banquillo del acusado, por el que nunca pidió perdón oficialmente. Eso está allí, aunque no lo hablemos, y forma parte de la conversación en el inconsciente.

Este borrado de pretender decir que ahora nos quieren ocupar, cuando nosotros venimos de ser los ocupados, cuenta mucho sobre por qué la conversación está rota. La conversación está rota porque falta memoria y la memoria democrática española es lo que hizo España bien y lo que hizo España muy mal.

P.- El Mediterráneo es un eje muy importante del libro, los últimos capítulos suceden en Beirut y Gaza. ¿Cuál es tu propuesta para transitar un mundo tan violentado?

R.- En un momento de profunda violencia discursiva de conflictos bélicos del todo vale, la mayor resistencia política es negarse a que todo valga.

Un día empiezas hablando de Líbano y de Palestina y acabas hablando de Israel y de lo que hace el sionismo y su impacto. Pero hay algo en prescindir nombrar historias donde los opresores ocupan más lugar que los oprimidos y en saber colocar la narrativa y no olvidarnos de que en medio de las palabras bélicas, rimbombantes, “geopolítica”, “bombardeos”, altos al fuego”, “civil casualties” hay vidas, que son generaciones.

El ejercicio era cómo contar la luz que habita estos sitios donde la gente hace frente a toda forma de violencia y aún al final del día es capaz de reunir la suficiente ternura para no romperse encima, ¿cómo hacer para pues para que el humor ocupe lugar?, ¿cómo hacer para que te sigue importando tu hija y su peinado? ¿cómo hacer para seguir tratando a la gente con cariño cuando todo es tal horror y tal crueldad permanente?

La identidad palestina y libanesa también se constituyen en la capacidad de no corromperse en el proceso de ser corrompidas.

Israel es hoy juzgado más por sus carencias afectivas y su deterioro humanitario y humano que por sus acciones políticas muchas veces.

Eso ha sido profundamente revolucionario en los últimos tiempos, que el debate geopolítico no haya vencido al debate afectivo. Y esa es la mayor lección moral que nos ha dado Palestina.

Creo que nos ha cambiado a todos un poco, y que no solo ha atravesado quiénes somos, sino cómo amamos, cómo nos relacionamos, qué es lo importante para nosotros y nosotras, obviamente, y en qué se convierte un pueblo y la vida de las niñas y de las mujeres después de un genocidio.

Fuente: https://efeminista.com/noor-ammar-lamarty-machismo-racismo-dimension-dentro-otra/