Publicado: 31 octubre 2026 a las 4:00 pm
Categorías: Artículos
[responsivevoice_button buttontext="Escuchar la noticia" voice="Spanish
Latin American Female"]
Por Miranda Escolar
El confort térmico favorece la concentración, la memoria y el rendimiento escolar. La investigación advierte de que el calor extremo puede dificultar las tareas cognitivas y aumentar las desigualdades, por lo que la climatización y el aislamiento de los centros son factores relevantes para aprender.

Alumnos en un aula
La temperatura de un aula no es una cuestión secundaria en el proceso educativo. Un espacio demasiado caluroso o excesivamente frío puede dificultar que los estudiantes mantengan la atención, procesen la información y completen sus tareas con eficacia. Por el contrario, un ambiente térmico confortable ayuda a reducir las distracciones físicas y permite que los alumnos concentren sus recursos mentales en comprender una explicación, resolver un problema matemático o estudiar un texto.
La investigación sobre las condiciones ambientales de los centros educativos ha identificado una relación entre la temperatura y el rendimiento cognitivo. Una revisión sistemática publicada en 2026 en la revista científica Journal of School Health, que examinó 14 estudios sobre alumnado de Primaria y Secundaria, concluyó que las temperaturas elevadas se asociaban generalmente con peores resultados académicos. La evidencia disponible sobre el frío era más limitada, aunque también apuntaba a posibles efectos adversos.
El mecanismo es comprensible: cuando el organismo necesita dedicar recursos a regular su temperatura, el malestar puede interferir en la actividad intelectual. El estudiante que siente demasiado calor puede experimentar fatiga, sed, irritabilidad o somnolencia; quien tiene frío puede distraerse por la incomodidad, la tensión muscular o la necesidad de moverse para entrar en calor. En ambos casos, la atención puede apartarse de la actividad que se desarrolla en clase.
El confort térmico no significa que exista una temperatura perfecta e idéntica para todos los alumnos. La sensación de calor o frío depende de factores como la edad, la ropa, la actividad física, la humedad, la ventilación y las características del edificio. También influyen las diferencias individuales: dos estudiantes sentados en la misma aula pueden percibir de manera distinta las condiciones ambientales.
No obstante, los estudios experimentales y las revisiones científicas coinciden en que los extremos térmicos pueden perjudicar el desempeño en determinadas tareas. La temperatura debe permitir que el alumnado permanezca sentado, escuche, lea y escriba sin tener que prestar atención constante a su incomodidad.
Una investigación publicada en 2019 en la revista Building and Environment por Pawel Wargocki, José Ali Porras-Salazar y Sergio Contreras-Espinoza analizó 18 estudios sobre la relación entre la temperatura de las aulas y el rendimiento escolar. Sus resultados indicaron que, en las condiciones estudiadas y en climas templados, reducir la temperatura de 30 a 20 grados podía aumentar en torno a un 20% el rendimiento en determinadas tareas escolares y pruebas psicológicas. Los autores situaron por debajo de 22 grados la temperatura asociada al mejor desempeño en su modelo.
Esta estimación no debe interpretarse como una mejora garantizada del 20% en las calificaciones de todos los estudiantes. Se refiere a resultados de tareas y pruebas analizadas en unas condiciones concretas, y no permite trasladar automáticamente el porcentaje a cualquier centro, clima o edad. Sí pone de manifiesto que el calor excesivo puede afectar de forma significativa a actividades que requieren atención, rapidez de respuesta y procesamiento de información.
La temperatura también puede influir en el estado emocional. El malestar físico puede aumentar la irritabilidad y reducir la disposición a participar en actividades prolongadas. En un aula con condiciones ambientales inadecuadas, mantener la atención durante una explicación o realizar un examen puede exigir un esfuerzo adicional que no está relacionado con la dificultad del contenido académico.
El calor excesivo constituye uno de los problemas ambientales que más preocupación suscitan en los centros educativos, especialmente durante los episodios de altas temperaturas y en edificios que carecen de sistemas adecuados de refrigeración, protección solar o ventilación.
Cuando la temperatura aumenta demasiado, el cuerpo necesita disipar calor para mantener su equilibrio térmico. Si las condiciones ambientales dificultan ese proceso, pueden aparecer cansancio, sed, dolor de cabeza y una sensación general de agotamiento. Estos síntomas pueden reducir la capacidad para mantener la concentración durante periodos prolongados.
Las tareas que requieren memoria de trabajo, razonamiento y atención sostenida pueden resultar especialmente sensibles al malestar térmico. El estudiante debe comprender la información, retener datos y relacionarlos con conocimientos previos. Si, al mismo tiempo, está pendiente del calor o experimenta fatiga, le puede resultar más difícil completar ese proceso con eficacia.
El calor también puede afectar al ritmo de trabajo. Un alumno puede tardar más en terminar un ejercicio, cometer errores por falta de atención o tener dificultades para seguir una explicación extensa. Esto no significa que todos los estudiantes reaccionen igual ni que cualquier incremento de temperatura provoque una caída automática del rendimiento, pero sí que las condiciones ambientales pueden añadir una dificultad evitable al aprendizaje.
Un análisis de Pawel Wargocki y sus colaboradores señala precisamente que el rendimiento en tareas escolares tiende a empeorar cuando la temperatura se aleja de las condiciones más favorables, especialmente en situaciones de calor elevado. La magnitud del efecto depende de las condiciones estudiadas y de la tarea evaluada.
Aunque el debate sobre las condiciones térmicas de las escuelas suele concentrarse en las olas de calor, las aulas frías también pueden generar problemas. Un edificio con calefacción insuficiente, ventanas mal aisladas o corrientes de aire puede resultar incómodo durante las clases de invierno.
El frío puede provocar molestias en las manos, tensión muscular y una necesidad constante de buscar abrigo o moverse. Estas respuestas pueden interferir en tareas que requieren precisión manual, como escribir, dibujar o manipular materiales, y distraer a los estudiantes durante una explicación.
La evidencia científica específica sobre el frío y el rendimiento escolar es menos extensa que la disponible para las temperaturas elevadas. Sin embargo, la revisión sistemática publicada en Journal of School Health en 2026 identifica indicios de que las condiciones frías también pueden perjudicar los resultados académicos en determinados contextos.
Por tanto, el objetivo de los centros no debería ser mantener las aulas lo más calientes posible en invierno, sino evitar que el frío alcance niveles que generen malestar y dificulten la actividad escolar. Una temperatura moderada, junto con un aislamiento adecuado y una ventilación correctamente gestionada, contribuye a crear un entorno más estable.
La respuesta depende de la edad del alumnado, el clima, la actividad y las características del edificio. No hay una cifra universal que garantice el máximo rendimiento de todos los estudiantes, pero la investigación permite identificar un principio general: conviene mantener las aulas dentro de un rango térmico confortable y evitar tanto el calor como el frío excesivos.
La revisión de Wargocki, Porras-Salazar y Contreras-Espinoza encontró que, en las condiciones de clima templado analizadas, el rendimiento en las tareas estudiadas alcanzaba niveles más favorables a temperaturas inferiores a 22 grados. Este resultado no constituye una recomendación universal para todos los centros ni sustituye las exigencias normativas aplicables a cada edificio.
Otros estudios muestran que las preferencias térmicas de los niños pueden diferir de las de los adultos y variar según la estación. Una investigación realizada en aulas de Primaria de una región fría de China encontró temperaturas de confort diferentes según el periodo del año y observó una reducción de la atención y del estado de ánimo cuando los estudiantes experimentaban frío o calor excesivos.
Estos resultados aconsejan evitar decisiones basadas exclusivamente en la percepción de los adultos que ocupan el edificio. La temperatura debe evaluarse teniendo en cuenta las necesidades del alumnado, las características de la actividad y las condiciones reales del aula.
La temperatura es una variable importante, pero no actúa de forma aislada. La humedad, el movimiento del aire, la radiación solar, la calidad del aislamiento y la ventilación también influyen en la sensación térmica y en las condiciones de aprendizaje.
Una clase puede registrar una temperatura aparentemente aceptable y resultar incómoda si recibe radiación solar directa durante horas, tiene corrientes de aire o presenta una distribución desigual del calor. Del mismo modo, una ventilación insuficiente puede perjudicar el ambiente interior, mientras que abrir ventanas en momentos de temperaturas extremas puede introducir más calor o frío.
La revisión de estudios sobre las condiciones ambientales de los edificios educativos publicada en Building and Environment en 2023 analizó 71 investigaciones y concluyó que la calidad del ambiente interior constituye un campo relevante para comprender los procesos de enseñanza y aprendizaje. También señaló que las investigaciones no siempre miden directamente los resultados académicos, lo que limita la posibilidad de establecer relaciones causales precisas para todas las condiciones ambientales.
Por ello, las soluciones no deben limitarse a instalar equipos de calefacción o refrigeración. También es necesario revisar el aislamiento térmico, la protección solar, la ventilación y el mantenimiento de las instalaciones. Un edificio bien diseñado puede reducir las oscilaciones de temperatura y facilitar que las condiciones ambientales permanezcan estables durante la jornada escolar.
Las condiciones de las aulas no son iguales en todos los centros. Algunos edificios disponen de sistemas de climatización, ventanas eficientes y protección solar, mientras que otros presentan limitaciones estructurales que dificultan mantener un ambiente confortable durante los episodios de frío o calor.
La revisión sistemática publicada en 2026 en Journal of School Health advierte de que algunos grupos de estudiantes de comunidades con menos recursos pueden ser más vulnerables a los efectos de las temperaturas extremas. La capacidad de adaptación de los centros depende, entre otros factores, de las infraestructuras y de los recursos disponibles para realizar mejoras.
Esto introduce una dimensión de equidad educativa. Si dos alumnos afrontan la misma tarea académica en condiciones ambientales muy diferentes, uno de ellos puede tener que superar una dificultad adicional que no depende de su capacidad ni de su esfuerzo.
La adaptación de los edificios escolares, por tanto, no es únicamente una cuestión de comodidad. Puede formar parte de las políticas destinadas a garantizar unas condiciones de aprendizaje adecuadas, especialmente en centros con instalaciones antiguas o situados en zonas expuestas a temperaturas extremas.
La mejora del confort térmico requiere combinar medidas de infraestructura, gestión y seguimiento. Entre las actuaciones posibles figuran revisar los sistemas de calefacción y refrigeración, mejorar el aislamiento, instalar protecciones solares y comprobar que la ventilación funciona correctamente.
También resulta útil medir la temperatura en distintas zonas del aula, ya que las condiciones pueden variar según la orientación del edificio, la proximidad a ventanas o la ubicación de los equipos. Los registros permiten detectar problemas persistentes y valorar si las medidas adoptadas están funcionando.
En situaciones de calor intenso, los centros pueden adaptar determinadas actividades, facilitar el acceso al agua y evitar que las tareas que requieren un esfuerzo físico elevado se desarrollen en los momentos más desfavorables. Durante los episodios de frío, deben comprobar que la calefacción funciona y que el alumnado puede permanecer en clase sin experimentar un malestar térmico significativo.
La temperatura, sin embargo, no debe analizarse al margen de otros factores. El ruido, la iluminación, la calidad del aire y la organización de las actividades también pueden influir en la atención. La creación de un entorno favorable para aprender exige considerar el conjunto de estas condiciones.
La evidencia científica no permite afirmar que exista una temperatura exacta que garantice el éxito académico, pero sí respalda la importancia de evitar las condiciones térmicas extremas. Cuando los alumnos tienen demasiado calor o frío, el malestar puede competir con la atención que necesitan para escuchar, leer, memorizar y resolver problemas.
Por el contrario, un aula térmicamente confortable reduce las distracciones físicas y facilita que los estudiantes centren sus recursos cognitivos en la actividad educativa. La climatización adecuada, el aislamiento y la ventilación forman parte, por tanto, de las condiciones materiales que sostienen el aprendizaje.
La conclusión es clara: mejorar el entorno térmico de las escuelas no sustituye a una buena enseñanza, a docentes preparados ni a recursos pedagógicos adecuados, pero puede eliminar obstáculos que dificultan aprovecharlos. Garantizar que las aulas no sean excesivamente frías ni calurosas constituye una medida de salud ambiental y una condición que favorece la concentración, el bienestar y las oportunidades de aprendizaje.
Fuente: https://exitoeducativo.net/actualidad-directiva/convivencia-en-los-centros-escolares/ni-frio-ni-calor-la-temperatura-del-aula-tambien-condiciona-la-atencion-y-el-aprendizaje-de-los-alumnos
Deja un comentario