Los de mi generación

Publicado: 3 noviembre 2026 a las 4:00 pm

Categorías: Artículos

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Por Ramón Reig

Una reflexión sobre la soledad en la universidad, el relevo generacional y la huella que dejan los profesores que han dedicado su vida a la docencia, la investigación y el periodismo.

Los de mi generación

Cuando has ejercido casi veinte años el periodismo y treinta y siete la docencia y la investigación en la universidad y al final te quedas solo, anotando impresiones en un texto como éste, consciente de que eres el docente con mayor edad de la Facultad, sientes que el centro académico se encuentra “triste y solo”, como cantaba aquella tonada de la tuna universitaria. En Sevilla, nada más entrar en escena el 8 de diciembre, a las 12 en punto de la noche, Día de la Virgen Inmaculada, las tunas de la universidad se citan a los pies del monumento a la Inmaculada, que luce a pocos metros de la Giralda, y entonan sus cantos de alabanza a la Señora. Eso sí, he visto a demasiados tunos ya mayorcitos y pocos jóvenes, si bien la situación se revierte paulatinamente y ahí están ya las mujeres tunas desde hace unos años.

“Triste y sola” mi Facultad de Comunicación de Sevilla, pero sólo es mi impresión personal, la vida sigue, ya lo creo que sigue, lo que ocurre es que cuando queda poco para acompañar a la parca, según las estadísticas, uno se vuelve a la vez tristón y cascarrabias y hasta se toma la existencia a pitorreo porque no es lo mismo vivir que existir, diría mi amigo el profesor y psiquiatra Federico Wamba Magallanes en su libro Sentimientos y existencia: vivir, vive una planta, existir es asunto humano, encierra metas e ilusiones. Me gusta recoger esta idea en varios de mis textos. De todas formas, a ciertas edades, reír por no llorar es la fórmula. Ya te pueden dar los médicos filósofos en la Red mil consejos en este mundo pseudopositivista que disfrutamos, pero el asunto es como es y su tragicomedia se combate mejor aceptándolo. El humano sabe que sabe, decía Kenneth Boulding en su Teoría de los Sistemas, es decir, posee factores de autoconciencia (pasado y porvenir) que es algo distinto de la mera conciencia. 

De la evolución se pasa a la involución. Los positivistas te hablan de la necesidad de buscar compañías y de caminar. Yuval Harari añade que muy bien, pero que grandes cerebros y talentos se están retirando a una soledad elegida para poder sobrevivir en un entorno donde eso que se llama idiocracia ha ganado mucho terreno. Más vale solo y conversar con el hombre que siempre va con uno, antes que caminar mal acompañado. O, como diría Nietzsche, “el caminante y su sombra”. 

La vida sigue, sí, pero con cada jubilación de un colega se va una tropa de recuerdos y vivencias y con cada muerte uno siente que muere un poco y espera resignado el viaje final, sin apartarse de la ampliación constante del conocimiento. Hasta que el cuerpo aguante. He tenido el honor de aprender con Pedro Orive Riva, Antonio Sánchez-Bravo, Enrique Bustamante, Jesús Timoteo Álvarez, Mariano Cebrián Herreros, Ángel Benito, José Manuel de Pablos, Ramón Zallo y tantos otros “popes” de la Universidad Complutense, Universidad de La Laguna, Universidad del País Vasco y de otras universidades, que aún no me creo del todo que hayan muerto. La muerte de Timoteo fue inesperada y De Pablos era el hermano mayor que nunca tuve, me enseñó no sólo con su saber académico, sino que me aconsejó para llegar a la cátedra y en otros menesteres de la vida.

En mi entorno hispalense más cercano, el profesor José Manuel Gómez y Méndez me mostró el camino del lenguaje no verbal académico y me dirigió la tesis junto a la profesora Felicidad Loscertales, desde hace años enferma de Alzheimer. José Manuel murió en 2025. Poseía un caparazón brusco que escondía un corazón grande, amante de la vida.  Ya se fueron también otros periodistas maestros como los Antonios de mi Departamento de Periodismo II, Antonio Ramos Espejo y Antonio López Hidalgo. Mi generación va desapareciendo, así debe ser para que todo siga adelante y en la carrera de la vida otros agarren la antorcha. Sin embargo, la impronta de mi generación, la de la Transición política en España, la que discutía muy a fondo pero no por eso dejaba de hablarse, la que conocía el valor de la libertad de expresión y de la cooperación humana, la que nunca se rompía y no sabía retroceder, como dijo en cierta ocasión el escritor, político y diputado comunista andaluz Felipe Alcaraz, ésa, en mi mente queda. No éramos ni mejores ni peores que las generaciones actuales. Simplemente, éramos, que no es poco. 

Fuente: https://exitoeducativo.net/confesiones-profesor-que-no-quiso-morir/los-de-mi-generacion