Lo que nadie quiere admitir sobre la educación actual… pero todo el mundo sabe

Publicado: 15 noviembre 2025 a las 4:00 pm

Categorías: Artículos

[responsivevoice_button buttontext="Escuchar la noticia" voice="Spanish

Latin American Female"]

Por Jordi Martí

Hay una sensación que recorre los centros y que nadie verbaliza demasiado alto. La de que estamos vendiendo una imagen de la educación que no coincide con lo que pasa en las aulas. Y no es culpa de nadie en particular. Simplemente hemos creado un lenguaje tan perfecto, tan redondo, tan lleno de etiquetas brillantes que, a veces, da hasta pudor reconocer que el día a día es bastante menos simétrico que los discursos oficiales.

Cuando uno mira los informes recientes -los que dicen que más del 30 % del alumnado no llega al nivel esperado en comprensión lectora o que casi uno de cada cinco tiene dificultades para concentrarse en clase- se da cuenta de que la brecha entre la teoría y el aula es profunda. Puedes llamarlo contexto, puedes llamarlo desigualdad, puedes llamarlo la vida real, pero ahí está. No importa cuántas metodologías se presenten ni cuánta tecnología se incorpore… hay alumnos que entran por la mañana sin haber dormido lo suficiente, sin entender el idioma en el que se imparte la clase, sin haber desayunado o sin haber encontrado cinco minutos de calma en su casa. Y eso no se borra por arte de magia.

Una maestra me contaba, hace unos meses, que en su grupo había una niña que dominaba tres idiomas, que leía a un ritmo que ya lo quisiera mucha gente adulta y que se aburría si no la retaban constantemente. En ese mismo grupo, sentado justo detrás, había un chico que acababa de llegar al país y que aún no entendía ni la mitad de lo que se decía en clase. La maestra decía que le hacía gracia cuando le hablaban de «ritmo base» para diseñar tareas. «¿Cuál?», decía siempre. «¿El de quién?». Y esa pregunta vale más que cien cursos y mil publicaciones en las redes sociales.

Un maestro de Primaria me confesaba algo aún más crudo. Que había días en los que su mayor victoria era simplemente conseguir que un alumno escribiera su nombre sin desmoronarse emocionalmente. Me lo dijo con una mezcla de orgullo y cansancio que solo entienden quienes navegan estos pequeños milagros silenciosos. Luego abría las redes y veía a gente hablando de experiencias educativas transformadoras y se reía. No por burla. Por supervivencia.

En Secundaria ocurre lo mismo. Cualquiera que haya intentado introducir un proyecto ambicioso en un grupo diverso sabe que hay días en los que todo fluye, y otros en los que la mitad de la clase no está en disposición emocional de colaborar. No porque no quieran, sino porque la vida les pesa. Un tutor me decía… «Si yo contara en redes lo que pasa aquí, me cerrarían la cuenta por realismo excesivo». Pero luego añadía… «Y aun así aprenden». Porque sí, aprenden. Aunque la ruta sea irregular, aunque el avance no sea tan espectacular como en los vídeos, aunque haya días que parecen retrocesos y luego resulta que no lo eran.

También está esa otra parte que nadie quiere mencionar. El cansancio docente. No un cansancio derrotista, sino un agotamiento lleno de responsabilidad. Cuando alguien te dice que hay alumnos que trabajan diez veces más contigo que en casa, que solo contigo se animan a leer o a escribir, no te puedes permitir aflojar. Eso es inmenso. Y al mismo tiempo, pesa. Y no aparece en ningún informe. En redes no verás fotos de alguien corrigiendo trabajos a las diez de la noche. No porque sea heroico, sino porque es cotidiano.

Por eso sorprende tan poco que haya quien vea la educación desde fuera como un escenario perfecto y quien, desde dentro, la vea como un equilibrio precario entre humanidad, improvisación y resistencia tranquila. La brecha entre ambas visiones es la que nadie quiere admitir. Porque da miedo reconocer que la educación real no es lineal, no es pulida, no es un avance siempre ascendente. Es irregular, frágil, muy dependiente de contextos y, aun así, profundamente significativa.

Quizá la parte más irónica de todo esto es que, mientras algunos siguen vendiendo recetas infalibles, la mayoría de docentes trabaja desde una honestidad que no cabe en eslóganes. Cuando una actividad sale bien, nadie se lanza a celebrarla para recibir aplausos; simplemente la repiten o la mejoran. Cuando sale mal, no la convierten en tragedia. Ajustan. Y siguen. Porque eso es enseñar: una mezcla permanente entre lo que planeas y lo que la realidad te permite.

Lo que nadie quiere admitir sobre la educación actual es que la mayor parte del aprendizaje ocurre en ese terreno intermedio, a veces incómodo, casi siempre imprevisible, donde se mezclan risas, frustraciones, descubrimientos y silencios cargados de cosas que no se dicen. Es un terreno donde los milagros no tienen luz de neón, donde los avances son discretos y donde la épica es opcional. Y tal vez, justamente por eso, es donde ocurre la educación de verdad.

Después de unos días de leer, de forma tangencial, debates sesudos en redes sociales y medios más tradicionales, lo único que siento son ganas de que algunos, simplemente, hablen de la realidad educativa y no metan cuña ideológica inventándose una realidad que no existe. O, lo que es peor, manipulándola sabiendo de su nula existencia.

Por cierto, antes de acabar el artículo de hoy simplemente comentaros que tengo ganas de retomar las aventuras de TORREZNO 3PO pero, por desgracia no me da la vida. Me da solo para escribir estas cosas ya que el día se empecina en seguir teniendo solo veinticuatro horas. Y, en algún momento, se ha de dormir aunque, ya os confieso, que yo duermo entre poco y mal. Algo que os tendréis que creer (o no) porque no hay prueba documental que avale esa afirmación.

Fuente: https://xarxatic.com/lo-que-nadie-quiere-admitir-sobre-la-educacion-actual-pero-todo-el-mundo-sabe/