Publicado: 9 septiembre 2026 a las 7:00 am
Categorías: Artículos
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Por David Lorao

Hay una distancia de casi 150 puntos entre los estudiantes de China y la media de los países de la OCDE en matemáticas. La diferencia es tan grande que obliga a mirar más allá de los tópicos sobre disciplina, largas jornadas de estudio o memorización. Los nuevos resultados del informe PISA 2025 vuelven a situar a las jurisdicciones chinas evaluadas entre los sistemas educativos más potentes del planeta y plantean una pregunta inevitable: ¿qué está haciendo China para conseguirlo?
Los datos publicados por la OCDE son contundentes. Pekín, Shanghái, Jiangsu y Zhejiang, agrupadas bajo la denominación B-S-J-Z (China), alcanzaron 612 puntos en matemáticas y 597 en ciencias, las puntuaciones más elevadas de toda la evaluación. En lectura consiguieron 527 puntos y quedaron únicamente por detrás de Singapur, que obtuvo 535. Las medias de la OCDE se situaron, respectivamente, en 463, 482 y 461 puntos.
Existe, sin embargo, una precisión imprescindible. El informe PISA no evalúa al conjunto de China, sino a cuatro de sus jurisdicciones más desarrolladas. En esta edición participaron 12.385 alumnos de 374 centros, representativos de alrededor de 1,43 millones de jóvenes de 15 años. Por tanto, hablar del éxito educativo de China permite describir una realidad extraordinaria, pero no significa que todas las provincias del país obtengan los mismos resultados.
El dato que mejor permite comprender la dimensión del fenómeno aparece cuando se observa a los estudiantes excelentes. En China, el 54% de los adolescentes evaluados alcanzó los niveles 5 o 6 de matemáticas, los más altos establecidos por PISA. La media de la OCDE es únicamente del 8%. En ciencias, el 36% de los estudiantes chinos se encuentra en esos niveles superiores, frente al 7% de media.
Esto también desmonta parcialmente una de las explicaciones más habituales sobre China: que sus buenos resultados se deben simplemente a la memorización. PISA no consiste únicamente en reproducir contenidos aprendidos. Sus pruebas obligan a interpretar información, enfrentarse a situaciones desconocidas, construir modelos matemáticos y seleccionar estrategias para solucionar problemas. Más de la mitad de los alumnos chinos evaluados es capaz de desenvolverse en los niveles matemáticos más complejos de la prueba.
Una de las claves está en el propio diseño del sistema. China cuenta con nueve años de educación obligatoria y un currículo nacional fuertemente estructurado. La reforma impulsada por el Ministerio de Educación en 2022 redefinió los estándares de las distintas materias, introdujo mayores conexiones interdisciplinares y estableció con mayor precisión qué conocimientos y competencias deben adquirir los estudiantes. Las ciencias se enseñan desde el primer curso y la tecnología de la información pasó a tener entidad propia dentro del currículo.
Pero probablemente uno de los elementos más interesantes del modelo de China está al otro lado del pupitre. En Shanghái, la formación de los docentes no termina cuando consiguen una plaza y comienzan a enseñar. La mejora profesional forma parte del propio trabajo diario. Los profesores preparan conjuntamente las clases, observan a otros compañeros, intercambian materiales, analizan los resultados de sus alumnos y reciben evaluaciones sobre su forma de enseñar.
Los últimos datos de TALIS 2024 muestran que el 73% de los profesores de Shanghái participa en aprendizaje profesional colaborativo, mientras que más de la mitad observa las clases de otros docentes y les proporciona posteriormente comentarios sobre su trabajo. El Banco Mundial lleva años señalando esta característica como una de las grandes fortalezas de China. En sus estudios sobre Shanghái documentó incluso que los profesores podían dedicar apenas entre diez y doce horas semanales a impartir clase, reservando buena parte del resto del tiempo a preparación, corrección, investigación pedagógica, observación y formación.
Existe además un componente social difícil de ignorar. Según TALIS, el 70% de los profesores de Shanghái considera que su profesión está valorada por la sociedad. La media internacional de la OCDE es del 22%. El prestigio del docente y su desarrollo profesional forman parte de la arquitectura educativa, no son simplemente elementos secundarios del sistema.
Otra diferencia aparece en algo aparentemente elemental: China consigue que durante las clases se pueda dar clase. Solamente el 8% de los estudiantes evaluados aseguró que el ruido y el desorden interrumpían habitualmente las lecciones de ciencias. La media de la OCDE alcanza el 31%. Apenas un 9% afirmó que sus compañeros no escuchaban al profesor, frente al 29% del conjunto de países desarrollados.
La diferencia también se observa con los dispositivos digitales. En China, solo el 5% de los alumnos aseguró que sus compañeros se distraían habitualmente con ellos durante las clases de ciencias. En la OCDE ocurre con el 28%. Hay una decisión institucional detrás: el 83% de los estudiantes chinos evaluados acudía a centros donde el uso del teléfono móvil estaba prohibido, frente al 49% de media internacional.
Y China protege además otro recurso que ningún sistema educativo puede recuperar una vez perdido: el tiempo. Apenas el 1% de los alumnos había faltado al menos un día completo al colegio durante las dos semanas anteriores a la prueba PISA. En la OCDE lo había hecho el 22%. Solo el 4% había faltado a alguna clase, frente al 24% internacional. El absentismo, por tanto, tiene una incidencia extraordinariamente reducida.
Detrás del rendimiento de China también existe una cultura educativa en la que estudiar conserva una enorme legitimidad. El 73% de los alumnos chinos afirma que aumenta su esfuerzo cuando una tarea se vuelve complicada, frente al 60% de la OCDE. Y apenas el 8% considera que el colegio ha supuesto una pérdida de tiempo, mientras que esa percepción alcanza al 24% de los estudiantes de la organización.
Las familias también están presentes. El 69% de los adolescentes de China aseguró que sus padres les preguntaban al menos una vez por semana qué habían hecho en el colegio y un 65% hablaba con ellos regularmente sobre los problemas que podían tener en clase. No significa que el éxito pueda reducirse a la famosa presión de las familias asiáticas, pero sí refleja una consideración social muy elevada de la educación como instrumento de progreso.
También resulta importante lo que ocurre cuando un estudiante comienza a quedarse atrás. El 89% asegura que su profesor muestra interés por el aprendizaje de todos los alumnos; el 79% afirma que continúa explicando hasta que los estudiantes comprenden el contenido y el 91% dice recibir ayuda adicional cuando la necesita. En los tres indicadores, China supera ampliamente las medias de la OCDE.
El éxito tiene, sin embargo, una cara menos cómoda. La competencia académica, los exámenes decisivos, el acceso a las mejores universidades y la proliferación durante décadas de academias privadas generaron una presión enorme alrededor de los estudiantes. China ha comenzado a intervenir precisamente porque el sistema estaba convirtiendo el aprendizaje en una carrera permanente entre familias.
Desde 2021, la política conocida como Double Reduction intenta reducir tanto la cantidad excesiva de deberes como la dependencia de las clases particulares. Según datos oficiales publicados en 2025, más de 200.000 escuelas de educación obligatoria habían implantado servicios después de las clases y la participación voluntaria de los alumnos superaba ya el 90%. La intención es trasladar nuevamente el centro de gravedad educativo al colegio y limitar una industria privada que contribuía a incrementar la carga y las desigualdades.
Porque tampoco existe una China educativa uniforme. La propia OCDE ha advertido de que Pekín, Shanghái, Jiangsu y Zhejiang no representan necesariamente al conjunto del país. Las diferencias entre centros urbanos y rurales siguen siendo importantes y los resultados extraordinarios de estas regiones económicamente avanzadas no pueden trasladarse automáticamente a todas las provincias.
Incluso algunos indicadores de PISA muestran contradicciones. Solo el 50% de los estudiantes chinos evaluados presenta lo que la OCDE denomina una mentalidad de crecimiento, es decir, la convicción de que la inteligencia puede desarrollarse mediante trabajo y aprendizaje. La media internacional alcanza el 69%. Los estudios previos de la organización también habían detectado que una elevada competitividad académica podía convivir con peores indicadores de bienestar y satisfacción vital.
Por eso quizá resulte equivocado buscar una única fórmula capaz de explicar el dominio de China. No hay una metodología milagrosa ni una asignatura secreta. Lo que existe es un sistema en el que prácticamente todas las piezas empujan en la misma dirección: currículo claro, profesores que continúan formándose, evaluación constante, disciplina en el aula, familias implicadas, baja ausencia escolar y una enorme valoración del esfuerzo académico.
China ha conseguido además institucionalizar algo que otros sistemas suelen dejar en manos individuales: la mejora de la enseñanza. Que un profesor descubra una forma mejor de explicar matemáticas no tiene por qué quedarse encerrado entre las cuatro paredes de su clase. Las observaciones entre docentes, los grupos de investigación pedagógica y el intercambio de prácticas permiten que ese conocimiento circule y pueda reproducirse.
Ahí puede encontrarse una de las principales razones por las que China ha vuelto a colocarse en la parte más alta del informe PISA. No se trata simplemente de conseguir que los alumnos estudien más. Se trata de haber construido, al menos en sus regiones educativas más avanzadas, una maquinaria institucional obsesionada con conseguir que cada hora dentro del aula produzca aprendizaje. Y los resultados de PISA 2025 muestran hasta qué punto esa estrategia está funcionando.
Fuente: https://www.articulo14.es/internacional/las-claves-que-han-llevado-a-china-a-dominar-la-educacion-mundial-y-arrasar-en-el-informe-pisa-20260909.html
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