La integración funciona cuando la familia está en el centro

Publicado: 20 octubre 2026 a las 8:00 pm

Categorías: Artículos

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Por Maria Acqua Simi

Hablamos con Ignasi Grau, director de OIDEL, ONG dedicada a la libertad de educación. Una auténtica inclusión requiere apoyo lingüístico, confianza e implicación de los padres. El pluralismo educativo, sin herramientas, se queda en una palabra vacía

El gobierno italiano aprobó el pasado 24 de septiembre la propuesta de introducir un tope máximo del 30% para alumnos extranjeros (o con competencias lingüísticas insuficientes) en las aulas, una medida que ha reavivado el debate sobre cómo abordar y favorecer la integración, un problema que no se resuelve poniendo un umbral numérico. Para entender qué herramientas pueden funcionar, conviene mirar a otros sistemas educativos de nuestro entorno. Hablamos con Ignasi Grau, director general de OIDEL (Organización Internacional para el Derecho a la Educación y la Libertad de Enseñanza), un observatorio que se dedica desde hace años a la libertad de educación en el mundo.

«Me da miedo cuando alguien presenta soluciones fáciles en el ámbito educativo –apunta Grau–. El ser humano es complejo y la educación debe tener en cuenta toda la humanidad de un niño. Hay experiencias locales positivas y respuestas que han funcionado también a nivel estatal, pero no existe un modelo perfecto». Entre los países con mejores resultados en cuanto a inserción de alumnos migrantes destacan Canadá, Australia e Irlanda. Con sistemas educativos diferentes, comparten un principio común: enseñar la lengua del país de acogida sin separar demasiado a estos niños del resto de la clase. «El idioma se aprende mientras se dan las demás materias: matemáticas, tecnología, química… el objetivo es que estén en clase con sus compañeros, aunque tarden un poco más en desempeñar las mismas tareas, sabiendo que podrán lograrlo de manera gradual. Porque todo eso se irá dando en la relación con el resto de la clase».

En Australia, los alumnos que aprenden inglés como segundo idioma pueden permanecer en sus clases habituales, con intervenciones puntuales cuando sea necesario. En Canadá, donde la educación es competencia regional, hay varias estrategias, pero la inserción y el apoyo lingüístico son centrales. Irlanda supone en cambio un ejemplo de equilibrio entre objetivos nacionales y autonomía educativa. Muchos colegios de primaria están gestionados por entidades católicas, reciben financiación pública y cumplen con el currículum nacional, pero pueden organizar este apoyo en función de las exigencias de sus alumnos. El sistema irlandés introduce a los alumnos extranjeros en las clases ordinarias y les pone un profesor de inglés de apoyo, pero solo se les saca del aula unas horas a la semana para dar clases intensivas de inglés y el resto del tiempo están con su grupo.

Pero más que replicar una fórmula, advierte Grau, importa la capacidad de acompañar el aprendizaje lingüístico y disciplinar, y favorecer desde el principio la participación en la vida de la clase. Sin olvidar a la familia. «No se puede pensar un modelo de integración sin un servicio de acompañamiento a los padres de estos niños».

Más que replicar una fórmula, importa la capacidad de acompañar el aprendizaje lingüístico y disciplinar, y favorecer desde el principio la participación en la vida de la clase

La implicación de los padres también resulta decisiva cuando se toman medidas –como puede ser un traslado de colegio– para reequilibrar la composición de las clases o para ofrecer un mayor apoyo. Si no se explica con claridad, la familia puede interpretar estas decisiones como una forma de exclusión o un castigo. «Si los padres no entienden por qué se manda al niño a otro colegio, pensarán que el sistema educativo está en su contra. Se rompe así la confianza, que en la educación es fundamental».

Para Grau, cualquier reforma que descuide este aspecto quedará incompleta. «Las familias migrantes invierten en el futuro de sus hijos después de haber salido de su país de origen para ofrecerles mejores oportunidades. Las instituciones tienen que implicarlos, no limitarse a decidir por ellos. Los que dicen que las familias más vulnerables ignoran el valor que tiene la educación deberían pensar que realizan un sacrificio inmenso justamente para ofrecer un futuro a sus hijos. Hay que escuchar a las familias siempre. Si pensamos que los padres no saben elegir, también se devalúa el sentido la democracia». 

Esa confianza requiere una confrontación real, lo que «significa ofrecer a las familias condiciones para ello: información accesible, en su propio idioma, para que puedan conocer las características del colegio y también posibles ayudas económicas. Si existe un sistema de ayudas pero no te puedes informar sobre cómo solicitarlas o utilizarlas, no sirven para nada». La libertad, sin herramientas concretas, queda reducida a su aspecto formal.

Un ejemplo positivo de esto, según el director de OIDEL, lo tenemos en Texas, curiosamente. Este estado norteamericano establece unos estándares curriculares comunes para los colegios públicos sin imponer la misma didáctica en todos los centros. Según Grau, lo más importante es el diálogo con las familias y el espacio que se da a las comunidades educativas para responder a exigencias locales. «En los colegios que funcionan, hay confianza entre todos los actores: padres, administración, docentes y alumnos. Los ministros sueñan con la reforma perfecta, pero tal vez se trata sencillamente de dar confianza a los participantes en el proceso educativo».

Hay que escuchar a las familias siempre. Si pensamos que los padres no saben elegir, también se devalúa el sentido la democracia

Aparte de la implicación de las familias, Grau identifica otro elemento esencial: la evaluación. Muchos sistemas educativos no disponen de herramientas suficientes para valorar qué medidas obtienen mejores resultados y qué centros responden más eficazmente a las necesidades de los alumnos. No es casual la importancia que se le da a nivel internacional a los informes PISA (Programme for International Student Assessment, impulsado por la OSCE para evaluar las competencias de los alumnos de 15 años en varios países, ndr), con todos sus límites. «No es perfecto, pero es un sistema de evaluación del que la gente se fía porque sigue criterios constantes y relativamente claros. Evaluar significa saber en qué punto estamos y qué dirección podemos tomar». 

Familias informadas y herramientas de evaluación transparentes son por tanto dos requisitos complementarios. «A nivel general, lo mejor que se puede hacer es poner a la familia en el centro y disponer de un sistema claro de evaluación. Los modelos de Canadá e Irlanda pueden funcionar, pero sin estas dos condiciones podremos replicarlos y no obtener los mismos resultados. No es tan sencillo». Por esta razón, desde OIDEL, junto con el Johns Hopkins Institute for Education Policy y un grupo de 25 expertos, trabajan desde hace más de un año en la definición de nuevos principios-guía para un pluralismo educativo real.

Los modelos internacionales ofrecen por tanto instrumentos útiles –desde el apoyo lingüístico a la autonomía educativa, los programas comunes o la evaluación– pero no soluciones que se puedan aplicar automáticamente. Su resultado depende de su capacidad de adaptación a cada contexto y de implicación a los que viven a diario en los centros educativos. «La vulnerabilidad del niño también es de la familia. Nuestra organización puede mejorar el funcionamiento del centro, pero no puede sustituir a la comunidad que educa».

Fuente: https://www.clonline.org/es/actualidad/articulos/ignasi-grau-oidel-integracion