Publicado: 6 octubre 2026 a las 6:00 pm
Categorías: Artículos
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Por Marta Lli Jiménez
Como las experiencias cotidianas van construyendo la confianza en uno mismo y por qué la percepción de competencia influye en el aprendizaje mucho más de lo que imaginamos.

La importancia de sentirse capaz – Con ayuda de la IA
Aprender implica mucho más que adquirir conocimientos. Antes de levantar la mano en clase, enfrentarse a un problema matemático, empezar una redacción o intentar resolver una dificultad, los alumnos realizan una valoración interna que suele pasar desapercibida: “¿seré capaz de hacerlo?”.
Aunque esta pregunta rara vez se formula en voz alta, influye de forma decisiva en la manera en que niños y adolescentes afrontan los retos. Hay quienes se acercan a las dificultades con curiosidad y disposición a intentarlo. Otros, sin embargo, se bloquean rápidamente, buscan ayuda de forma inmediata o renuncian antes de haber comenzado. En muchas ocasiones, la diferencia no está en la capacidad real, sino en la percepción que tienen de ella.
Por eso, una de las tareas más importantes de la educación no consiste únicamente en transmitir conocimientos, sino también en ayudar a construir una sensación interna de competencia. La convicción de que uno puede aprender, mejorar y afrontar desafíos es un ingrediente fundamental para el desarrollo personal, emocional y académico.
Con frecuencia asociamos la confianza en uno mismo a los elogios o al reconocimiento externo. Sin embargo, sentirse capaz va mucho más allá de escuchar mensajes positivos. La verdadera confianza se construye a través de la experiencia. Los niños empiezan a creer en sus posibilidades cuando tienen oportunidades reales de actuar, equivocarse, corregir y comprobar que son capaces de avanzar.
La autoestima infantil no se fortalece únicamente a través de palabras de ánimo. Se construye, sobre todo, cuando los niños viven experiencias que les permiten descubrir que pueden afrontar desafíos, resolver dificultades y progresar gracias a su propio esfuerzo. En este sentido, sentirse capaz no es una consecuencia del éxito; muchas veces es precisamente una de las condiciones que lo hacen posible.
El psicólogo educativo Jerome Bruner defendía en 1996 que el aprendizaje se produce de forma más eficaz cuando el adulto ofrece apoyos ajustados que permiten al niño afrontar retos progresivamente más complejos. Este acompañamiento, conocido como andamiaje, no consiste en hacer las cosas por él, sino en proporcionarle la ayuda necesaria para que pueda realizarlas por sí mismo.
La diferencia es importante. Cuando resolvemos constantemente las dificultades que los niños podrían afrontar, les evitamos el esfuerzo, pero también les privamos de una experiencia fundamental: descubrir que pueden.
En ocasiones, con la mejor intención, los adultos intervenimos demasiado rápido. Anticipamos problemas, damos soluciones antes de tiempo o evitamos cualquier situación que pueda generar frustración. Sin embargo, aprender requiere atravesar pequeñas dificultades. No porque el sufrimiento sea educativo, sino porque la superación progresiva de los retos permite construir una percepción más sólida de las propias capacidades.
Esta idea conecta con el trabajo de la investigadora Carole Ames, quien mostró en 1992 cómo los entornos centrados en el aprendizaje, el esfuerzo y la mejora personal favorecen una percepción más positiva de la competencia. Cuando el foco se sitúa exclusivamente en el resultado o en la comparación con otros, muchos alumnos terminan interpretando los errores como señales de incapacidad. En cambio, cuando el aprendizaje se entiende como un proceso, los errores pasan a formar parte natural del camino.
Lo vemos con frecuencia en la educación. Hay niños que responden “no sé” incluso antes de haber intentado resolver una tarea. Alumnos con buenas capacidades que evitan participar por miedo a equivocarse. Estudiantes que abandonan rápidamente cuando algo no sale como esperaban o que buscan ayuda de forma inmediata ante cualquier dificultad.
A simple vista podría parecer una cuestión de motivación o de esfuerzo. Sin embargo, muchas veces lo que encontramos detrás es algo diferente: una percepción frágil de la propia capacidad. Cuando un niño deja de confiar en que puede aprender, cada reto se vuelve más grande de lo que realmente es.
Por el contrario, cuando ha acumulado experiencias que le han permitido comprobar que puede avanzar, corregir errores y superar obstáculos, suele afrontar las dificultades desde un lugar muy distinto. No porque tenga más recursos que otros, sino porque confía más en ellos. Y esa confianza influye directamente en su disposición para aprender.
También resulta especialmente relevante el trabajo del psicólogo Martin Covington, quien explicó en 1992 que muchas conductas de evitación académica tienen su origen en el miedo a parecer incapaz. Cuando un alumno vincula su valor personal a sus resultados, cualquier dificultad puede convertirse en una amenaza para su autoestima. En esos casos, no intentarlo puede resultar emocionalmente más seguro que arriesgarse a fracasar.
Comprender este mecanismo nos ayuda a mirar algunas conductas desde otra perspectiva. Detrás de ciertos comportamientos que interpretamos como desinterés o falta de esfuerzo puede haber, en realidad, una profunda inseguridad sobre las propias capacidades.
Por eso es tan importante cuidar los mensajes que reciben los niños acerca del aprendizaje. No se trata de convencerles de que todo les va a salir bien ni de alimentar una confianza artificial. Se trata de ayudarles a desarrollar una percepción ajustada de sí mismos, basada en experiencias reales de progreso.
En este proceso, la forma en que los adultos acompañamos marca una diferencia enorme. Cuando transmitimos confianza, permitimos que los niños asuman responsabilidades acordes a su edad y valoramos el esfuerzo sostenido, contribuimos a que construyan una imagen más sólida de sus capacidades.
La confianza no aparece cuando todo resulta fácil. Aparece cuando el niño descubre que puede afrontar algo que antes parecía difícil.
El educador e investigador Guy Claxton lleva años defendiendo que una de las funciones fundamentales de la educación es ayudar a desarrollar aprendices resilientes, capaces de enfrentarse a la incertidumbre, la complejidad y el desafío. Desde esta mirada, sentirse capaz no significa tener siempre la respuesta correcta. Significa mantener la disposición a seguir pensando, probando y aprendiendo incluso cuando las cosas no salen a la primera.
En un contexto social donde la inmediatez ocupa cada vez más espacio, esta capacidad adquiere un valor especial. Muchas de las experiencias cotidianas ofrecen respuestas rápidas y recompensas instantáneas. Sin embargo, el aprendizaje profundo sigue necesitando tiempo, práctica y perseverancia. Y para sostener esos procesos, la percepción de competencia resulta esencial.
La autonomía, la motivación por aprender y la seguridad en uno mismo se alimentan de estas pequeñas experiencias acumuladas. No suelen surgir de grandes acontecimientos. Se construyen en los momentos cotidianos en los que un niño consigue terminar algo que pensaba que no podría hacer, encuentra una solución por sí mismo o descubre que es capaz de perseverar a pesar de la dificultad.
Los niños que confían en sus posibilidades no son aquellos que nunca dudan. Son aquellos que han acumulado suficientes experiencias para saber que pueden seguir adelante a pesar de las dudas.
Por eso, sentirse capaz no es un lujo emocional ni un complemento del aprendizaje. Es una de las condiciones que lo hacen posible.
Tanto en la escuela como en la familia, quizá una de las preguntas más importantes que podemos hacernos sea esta: ¿estamos ofreciendo experiencias que permitan a los niños descubrir lo que pueden hacer por sí mismos?
Porque la confianza no se transmite. Se construye.
Y pocas experiencias resultan tan transformadoras como comprobar que algo que parecía imposible acaba siendo posible gracias al esfuerzo, la práctica y la perseverancia.
Como recordaba Guy Claxton, “una de las tareas más valiosas de la educación consiste en ayudar a las personas a sentirse capaces de afrontar aquello que todavía no saben hacer”.
Fuente: https://exitoeducativo.net/psique-educa/la-importancia-de-sentirse-capaz
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