La humanidad no se delega en una máquina

Publicado: 13 junio 2026 a las 6:00 pm

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Por Susana Sorribes Membrado – Presidenta de la Asociación de Inspectoras e Inspectores para una Nueva Educación

La inteligencia artificial, vista desde Magnifica Humanitas, nos exige abandonar el miedo y la fascinación para construir una tecnología al servicio de la persona, de la familia y de la educación.

La humanidad no se delega en una máquina – Con ayuda de la IA

“La tecnología debe estar en nuestras manos, pero no en nuestro trono.”

Vivimos una etapa decisiva, bautizada por algunos como la 4ta revolución de la humanidad. No porque una máquina vaya a sustituir de repente el misterio de la conciencia humana, ni porque debamos cerrar los ojos ante una de las transformaciones más hondas de nuestro tiempo, sino porque la inteligencia artificial nos obliga a formular una pregunta antigua con palabras nuevas: ¿Qué significa seguir siendo humanos cuando la técnica alcanza un poder desconocido hasta ahora?. Y quizás debemos ir más allá: ¿Cómo evolucionará la conciencia sobre la humanidad? Tiene mucho que hacer y decir la familia, la escuela, la espiritualidad, la ética y la sociedad.

La encíclica Magnifica Humanitas, del papa León XIV, sitúa esta cuestión en el lugar exacto. No se coloca en el miedo ni en la fascinación. No bendice entusiasmos ingenuos ni alimenta alarmas estériles. Nos propone algo más exigente: DISCERNIR. La inteligencia artificial no es, por sí misma, una amenaza contra la persona; tampoco es, por sí sola, la promesa de una humanidad mejor. Como toda gran creación humana, puede curar, conectar, educar, organizar, acompañar y liberar tiempo; pero también puede clasificar, excluir, manipular, vigilar y convertir la vida en un conjunto de datos sometidos a intereses opacos.

La imagen de Babel atraviesa el documento como una advertencia. Babel no es la técnica; Babel es la soberbia de una técnica sin alma, sin límite y sin rostro humano. Es el sueño de construir un poder autosuficiente, uniforme, eficaz y cerrado sobre sí mismo. Frente a esa tentación, la encíclica propone otra imagen: la reconstrucción de Jerusalén en tiempos de Nehemías, una obra común, paciente, dialogada, en la que cada persona aporta su tramo de muralla y en la que la ciudad se levanta para proteger la vida compartida. Es el momento de construir una nueva humanidad, es una oportunidad no un desafío.

Ahí reside, a nuestro juicio, la clave de nuestro tiempo. La primera elección no es entre decir sí o no a la inteligencia artificial. La verdadera elección es entre construir una nueva Babel o reconstruir una ciudad humana. Entre una tecnología que domina y una tecnología que sirve. Entre una innovación que aumenta la desigualdad y una innovación que ensancha las oportunidades. Entre una cultura del dato que reduce a la persona y una cultura del cuidado que la reconoce en toda su dignidad.

Conviene, por tanto, apartarnos de los extremos. De un lado, están quienes sólo ven peligros y quisieran levantar una muralla contra el progreso. Del otro, quienes imaginan una humanidad dividida entre quienes posean el dominio de la inteligencia artificial y quienes queden relegados a una nueva dependencia. Ambos temores contienen una advertencia, pero ninguno ofrece por sí solo un camino. El camino verdaderamente humano no es la rendición ante la máquina ni la huida de la técnica. Es la construcción de una convivencia moral, social y política entre humanidad y tecnología.

Quizá la expresión más adecuada no sea una simple convivencia pacífica entre humanidad y tecnología, sino una convivencia humanizada. La tecnología debe estar en nuestras manos, pero no en nuestro trono. Debe ayudarnos a cuidar mejor, enseñar mejor, trabajar mejor, decidir mejor y servir mejor. Cuando la inteligencia artificial se pone al servicio de la persona, se convierte en aliada. Cuando la persona se pone al servicio de la inteligencia artificial o de quienes la controlan, empieza una nueva forma de servidumbre.

La encíclica recuerda una cuestión decisiva: la técnica es profundamente humana, pero no es neutral en su uso concreto. No basta con afirmar que la inteligencia artificial es una herramienta. Debemos preguntarnos quién la diseña, quién la financia, quién la regula, qué datos utiliza, qué sesgos reproduce, qué decisiones condiciona y qué idea de ser humano lleva incorporada. Detrás de todo algoritmo hay siempre una visión del mundo. Y cuando esa visión queda en manos de pocos, la democracia se debilita, la libertad se estrecha y el bien común se subordina a intereses que no siempre son transparentes.

Por eso, el documento insiste en la responsabilidad, la transparencia y la gobernanza. Una sociedad madura no puede delegar en sistemas opacos decisiones que afectan al trabajo, al crédito, a la reputación, a la información, a los derechos o a las oportunidades de las personas. Necesitamos leyes, controles, auditorías, supervisión independiente y participación social. Pero necesitamos también algo más profundo: una cultura pública capaz de preguntarse no sólo qué puede hacer la IA, sino qué debe hacer, para qué, bajo qué límites y al servicio de quién.

La verdad es otro de los grandes campos de batalla. La inteligencia artificial puede ayudarnos a acceder al conocimiento, traducir, resumir, ordenar información y abrir caminos de investigación. Pero también puede multiplicar la desinformación, simular voces, fabricar imágenes, construir relatos falsos y erosionar la confianza colectiva. Una democracia no se sostiene sólo con datos; necesita verdad compartida, deliberación honesta y ciudadanos capaces de distinguir hechos, opiniones y manipulaciones. Sin una ecología de la comunicación, la tecnología puede convertirse en ruido, dependencia y fragmentación.

También el mundo del trabajo queda profundamente interpelado. La inteligencia artificial puede liberar a muchas personas de tareas rutinarias o peligrosas, pero puede igualmente precarizar, vigilar, sustituir o desvalorizar empleos si se aplica desde una lógica puramente economicista. El trabajo no es sólo salario. Es dignidad, identidad, participación y contribución al bien común. Por eso, el progreso tecnológico no puede medirse únicamente por su eficiencia o por su rentabilidad, sino por su capacidad para generar condiciones de vida dignas, inclusión social y oportunidades reales para todos.

La familia, por su parte, se encuentra en primera línea. No podemos pedir a las familias que afronten solas una transformación que muchas veces está diseñada para capturar la atención, recoger datos y colonizar el tiempo interior de niños y adolescentes. La protección de la infancia exige corresponsabilidad: familias presentes, escuela comprometida, instituciones públicas activas y empresas tecnológicas obligadas a responder. No basta con recomendar prudencia; hay que crear entornos digitales más seguros, más transparentes y más respetuosos con la dignidad de los menores.

La inteligencia artificial puede ayudar a la vida familiar: organizar tiempos, apoyar aprendizajes, facilitar comunicaciones, acompañar cuidados o acercar recursos. Pero no puede sustituir lo esencial. No puede reemplazar la conversación, la mesa compartida, el límite educativo, el perdón, la ternura, el ejemplo o la presencia. Una familia no se construye con eficiencia, sino con vínculos. Y ningún sistema de cálculo, por sofisticado que sea, puede dar a un niño lo que sólo da una presencia humana fiable: pertenencia, escucha y amor.

Es en la educación donde el debate alcanza una especial profundidad. La escuela no puede quedar al margen de la inteligencia artificial, pero tampoco puede convertirse en una sucursal de la velocidad digital. Su misión es más alta. La escuela está llamada a enseñar a buscar la verdad, a pensar críticamente, a convivir, a reconocer la dignidad de cada persona y a formar una libertad responsable. En una época de automatización, educar no será sólo transmitir información; será ayudar a dar sentido a la información.

La IA obliga a repensar currículos, metodologías, evaluación, espacios, organización escolar y formación del profesorado. No se trata de añadir una herramienta más a la mochila digital. Se trata de preguntarnos qué aprendizajes son imprescindibles cuando una máquina puede producir textos, resolver ejercicios, generar imágenes, resumir documentos o simular conversaciones. Precisamente por eso, la escuela deberá reforzar aquello que ninguna IA puede garantizar por sí sola: comprensión profunda, juicio moral, creatividad auténtica, lectura serena, diálogo, memoria cultural, sensibilidad estética, responsabilidad y cuidado del otro.

El profesorado será más necesario, no menos, pues para reflexionar necesitamos tener diálogos en pequeños grupos. Cambiará parte de su tarea, pero no desaparecerá su función esencial. La inteligencia artificial puede ayudar a personalizar apoyos, preparar materiales, detectar dificultades, diversificar actividades o liberar tiempo administrativo. Pero el docente seguirá siendo quien mira al alumno, interpreta su contexto, acompaña su proceso, sostiene su esfuerzo y le ayuda a convertir conocimiento en sabiduría. La escuela del futuro no será mejor por tener más máquinas, sino por tener mejores vínculos pedagógicos y mejores criterios para usar la tecnología.

También deberemos revisar la evaluación. Si la IA puede producir respuestas correctas, la educación deberá valorar más el proceso, la argumentación, la autoría, la reflexión, la oralidad, el pensamiento crítico y la transferencia a situaciones reales. Tendremos que enseñar a usar la IA con honestidad intelectual, citando su apoyo cuando corresponda, contrastando sus resultados, detectando errores y evitando que el alumnado confunda rapidez con comprensión. Educar en IA será, en buena medida, educar en responsabilidad.

Hay una idea especialmente luminosa: educar en inteligencia artificial también significa enseñar cuándo no usarla. No todo debe ser automatizado. No toda dificultad debe ser eliminada. No todo silencio debe ser llenado. El estudio, la lectura lenta, la escritura propia, la conversación cara a cara y el esfuerzo personal siguen siendo caminos insustituibles de maduración. Si la escuela renuncia a ellos, podrá tener mucha tecnología, pero habrá perdido profundidad humana.

Por eso necesitamos una alianza educativa renovada. Familias, escuelas, universidades, administraciones, comunidades culturales y empresas tecnológicas deben asumir una responsabilidad compartida. No podemos dejar a los menores solos ante sistemas que ni siquiera los adultos comprendemos del todo. Tampoco podemos dejar al profesorado sin formación, sin tiempo y sin criterios. La alfabetización digital ya no basta: necesitamos alfabetización ética, cívica, emocional y crítica ante la inteligencia artificial.

La cuestión de fondo es sencilla y enorme a la vez: la IA debe ampliar lo humano, no sustituirlo; debe servir al bien común, no capturarlo; debe reducir desigualdades, no multiplicarlas; debe proteger la libertad, no colonizarla; debe favorecer la educación, no empobrecerla. No estamos llamados a ser espectadores resignados de una revolución tecnológica que otros diseñan por nosotros. Estamos llamados a intervenir, orientar, regular, educar y humanizar. Quizás esta nueva etapa debería llamarse la HUMANIDAD AMPLIADA, la inteligencia artificial debe favorecer las habilidades humanas porque ahora más que nunca tendremos tiempo para ponerlas en marcha. El tiempo que nos ofrece la liberación de trabajo que nos dará la IA es la clave. ¿Tiempo para qué?: ayudar, escuchar, comprender, tiempo para amar.

Frente a la tentación de una nueva Babel, debemos elegir la paciente reconstrucción de una ciudad común. Una ciudad donde la técnica no borre el rostro de nadie, donde la educación forme criterio y no dependencia, donde las familias no estén solas, donde el trabajo conserve su dignidad y donde la innovación se mida por el bien que produce en los más vulnerables. Ése es el punto medio que no renuncia al progreso ni abandona a la persona. Ése es el verdadero desafío de nuestro tiempo: que la inteligencia artificial sea una herramienta al servicio de la humanidad, nunca una torre desde la que unos pocos decidan el destino de todos. Porque la humanidad no se delega.

La humanidad se cuida, se educa y se construye cada día

Fuente: https://exitoeducativo.net/firmas-expertos-en-educacion/la-humanidad-no-se-delega-en-una-maquina