Publicado: 6 octubre 2026 a las 3:00 am
Categorías: Artículos
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Por Jorge Luis Garcés

A mucha honra debo confesar que toda la educación que recibí desde mi más tierna edad fue de carácter privado, tanto en primaria como en bachillerato, igual que buena parte de la generación que se formó entre los setenta y ochenta. La razón está en el hecho de que, independientemente del entorno y la planta física, el estudiantado estaba sometido al mismo esquema educativo nacional, cuya base siempre fue la noción del Estado docente.
Este criterio encontró en personajes como Aristóbulo Istúriz a uno de sus más entusiastas defensores. Por allá en 2006, siendo ministro de Educación, reforzó esa doctrina al afirmar que las mayorías defenderían el Estado social y su expresión en la educación.
Veinte años después contemplamos con estupor los frutos cosechados, tanto por las ideas de Prieto Figueroa como por quien se presentó como uno de sus más fervientes herederos políticos e intelectuales, Istúriz.
Pero antes de entrar en ese terreno fangoso, me permito dar el testimonio del niño que lo vivió.
Nacido y criado en la burbuja de un campo petrolero, conté con la bendición de una escuela en óptimas condiciones construida por la Shell para los hijos de sus trabajadores, un ambiente ideal para aquella muchachera ajena a lo que ocurría en realidad. Pero aun dentro de la burbuja persistía algo innegociable: los pensum, las materias y los textos eran los que indicaba el Ministerio de Educación.
El país se fue transformando y la burbuja se rompió. Se fue la Shell y tras de sí dejó esa fragancia de orden no negociable. La reemplazó una sensación de extraña libertad: ahora la gente podía escoger si les cuadraba más el liceo público o el instituto privado.
En mi caso fue el privado, con un esfuerzo tremendo de mis padres, pero bajo las mismas reglas dictadas por el mismo Ministerio. De ahí mi afirmación inicial: público o privado, el contenido programático era, en lo esencial, el mismo.
Todos pasaríamos por la misma barra niveladora, la famosa prueba de aptitud académica que, combinada con el promedio de notas, determinaba tu futuro. Todo muy normal, muy democrático para un estudiantado cuya meta era subir en la escalera social, para beneficio propio y orgullo de sus padres.
El choque inicial de dos mundos
El choque que conté en mi artículo anterior no nació en la universidad: ya venía cocinándose desde el aula.
Según Prieto, a quien cito: “El Estado interviene, por derecho propio, en la organización de la educación del país, y orienta, según su doctrina política, esa educación”. Quien sostuvo esa doctrina desde la Convención Nacional del Magisterio de Valencia, en 1943, no hablaba solamente de conocimiento científico. Había un componente político.
Y aquí aparece una condición que el propio Prieto dejó expresamente establecida: si el Estado es fascista, la escuela es fascista; si es democrático, la escuela tiene que ser democrática. Guarden esa condición, que la vamos a necesitar.
Quien se atreva a negar que ese componente político existió desconoce lo que vivimos. Se dejaba ver más allá de los ejercicios del libro de Baldor. Estaba en los libros de formación moral y cívica, en ese deseo de que todo fuera igual para todos.
También estaba en la manera distinta de entender la disciplina y la protesta. En los institutos privados, los paros, las huelgas y la tiradera de piedras tenían poco espacio. El que se ponía creativo, simplemente se ganaba una expulsión. En muchos liceos públicos, en cambio, la protesta formaba parte del paisaje y encontraba justificación en la dichosa “lucha social”.
Así se fue creando un patrón.
La educación pública y la privada podían diferir en infraestructura, disciplina y ambiente, pero ambas respondían a un mismo marco educativo definido por el Estado. Y mientras ese Estado mantuvo instituciones democráticas, la doctrina del Estado docente podía presentarse como una herramienta para garantizar una educación común.
El problema aparece cuando el Estado deja de ser un árbitro democrático y pasa a estar sometido a una doctrina política. Entonces la misma estructura que pretendía orientar la educación puede convertirse en vehículo de esa doctrina.
Ahí comienza el verdadero peligro: el pensamiento crítico pierde espacio, el debate de las ideas se reduce y la tolerancia al que piensa distinto termina dependiendo de quién ocupe el poder.
La suerte está echada
En aquel 2006, Istúriz, siendo ministro de Educación, cerró el prólogo de la edición oficial de El Estado docente con una sentencia: “La suerte está echada”.
La frase quedó registrada.
La profecía no se cumplió. El prestigio político del régimen se vino abajo y el proyecto terminó destruyendo buena parte de aquello que la educación había representado durante décadas: un mecanismo de movilidad social y nivelación entre clases.
Ahí cobra sentido la condición de Prieto.
Si la escuela refleja al Estado, basta mirar en qué se convierte el Estado para entender en qué puede terminar convirtiéndose la escuela.
Y el resultado está a la vista.
El país se vació por múltiples factores, pero el desplome de la educación fue devastador, tanto en el profesorado como en la infraestructura. Miles de jóvenes profesionales terminaron marchándose en busca de la calidad de vida que un Estado devastado terminó negándoles.
El mismo Istúriz que anunció que “la suerte estaba echada” regresó al Ministerio en 2018. Allí lo sorprendió la muerte en 2021, mientras los docentes venezolanos todavía reclamaban salarios dignos.
No busco satanizar la educación pública, ni la de antes ni la de ahora. Hay demasiadas historias de éxito protagonizadas por individuos tenaces como para desconocerlas.
Lo que sí deseo es dejar una reflexión.
Cuando el Estado controla la educación y ese Estado termina controlado por una doctrina política, la escuela queda expuesta al destino de quien la dirige.
Del pensamiento único solo puede surgir fanatismo.
Ojalá los hijos de nuestros hijos vivan en un mundo distinto, muy lejos de aquello que alguna vez se quiso convertir en doctrina.
Fuente: https://www.elnacional.com/columnas/2026/10/la-educacion-que-nos-dieron-y-sus-frutos/
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