La educación en Venezuela es un chiste. Y uno malo

Publicado: 19 junio 2026 a las 1:00 am

Categorías: Artículos

[responsivevoice_button buttontext="Escuchar la noticia" voice="Spanish

Latin American Female"]

Por Marcelo Crovato

Hace pocos días, uno de mis hijos me comentó algo que le había dicho uno de sus profesores y debo reconocer que me sorprendió. El profesor explicaba que mucha gente cree equivocadamente que, por ser hablante nativo de un idioma, automáticamente posee un nivel C2 en él. Para quienes no estén familiarizados con esta clasificación, el C2 representa el dominio más alto del lenguaje: comprender textos complejos, manejar distintos registros, argumentar con precisión, escribir bien, exponer ideas elaboradas y comprender planteamientos sofisticados. Según el docente, la mayoría de las personas no llega a ese nivel. De hecho, muchas apenas alcanzan un nivel funcional equivalente a un B2: pueden comunicarse, sí, pero con limitaciones importantes para comprender o expresar ideas complejas.

Debo admitir que aquello me hizo pensar. Como probablemente le ocurre a muchos, siempre asumí que la lengua materna era algo que naturalmente dominábamos al máximo nivel. Pero la realidad, al observarla con honestidad, parece decir otra cosa. A lo largo de mi vida profesional he conocido personas con niveles de redacción y ortografía francamente lamentables. He visto universitarios incapaces de redactar una idea con claridad y profesionales graduados cuya expresión escrita deja mucho que desear. Esto se vuelve aún más preocupante en profesiones que literalmente viven de las palabras.

El derecho, mi profesión, es una de ellas. Los abogados dependemos de las palabras para argumentar, persuadir, interpretar normas, defender derechos y desmontar razonamientos adversos. Una palabra mal usada puede alterar completamente el sentido de un planteamiento jurídico. Lo mismo podría decirse del periodismo, otra profesión cuya herramienta fundamental es el lenguaje. Sin embargo, no es raro encontrar incluso allí serias deficiencias en comprensión lectora, capacidad argumentativa o expresión escrita.

Aquella conversación con mi hijo me hizo recordar algo que un amigo me dijo hace años y con lo cual coincidimos plenamente: el nivel educativo deja muchísimo que desear. Hablo de Venezuela porque es el sistema que conozco de primera mano, aunque sospecho que el problema no es exclusivamente venezolano. Pero allí hay un ejemplo particularmente evidente y difícil de negar: el inglés.

En Venezuela, los estudiantes pasan aproximadamente once años viendo inglés en el sistema escolar, desde los primeros años hasta el final del bachillerato. Once años. Si uno observa ese número de manera aislada, sería lógico pensar que, al graduarse, un muchacho debería ser capaz de sostener al menos una conversación básica, desenvolverse en un viaje, pedir direcciones, resolver necesidades elementales, entender indicaciones, mantener una charla sencilla y comprender un contenido cotidiano.

Pero eso rara vez ocurre.

La realidad es que muchos jóvenes terminan el bachillerato con un nivel de inglés deplorable. Si tuvieran que llegar mañana a Estados Unidos o cualquier país angloparlante, apenas podrían sobrevivir lingüísticamente. Con dificultad podrían pedir algo en un restaurante, preguntar una dirección o formular necesidades muy básicas. Ver un programa de televisión y entenderlo resultaría complicado. Participar en una conversación natural sería improbable. Comprender un debate serio o un contenido complejo, prácticamente imposible.

Y aquí aparece una pregunta incómoda.

Si en una materia donde podemos medir fácilmente el resultado —porque el idioma es verificable— el nivel educativo resulta tan pobre después de once años de enseñanza, ¿qué estará ocurriendo en otras áreas donde la mayoría de las personas no tiene cómo comprobar lo que realmente aprendió?

Pienso, por ejemplo, en matemáticas, física, química o biología. Después de graduarme de bachiller en 1982, jamás volví a estudiar formalmente matemáticas, física o química. Lo que me quedó fue cultura general. Pero debo preguntarme, honestamente: ¿qué tan buena es realmente esa cultura general? ¿Cuánto permanece de aquello que supuestamente aprendimos? ¿Qué tanto entendimos de verdad y qué tanto simplemente memorizamos para aprobar un examen?

Recuerdo haber sido bueno en matemáticas. También recuerdo algo llamado logaritmo neperiano. No tengo la más remota idea de qué era ni para qué servía. Y no porque tenga mala memoria, sino porque jamás entendí cuál era su utilidad práctica en mi vida. Si hubiese estudiado ingeniería o una carrera relacionada, seguramente aquello habría cobrado sentido. Pero para una enorme cantidad de estudiantes, gran parte de ese conocimiento termina archivado mentalmente en una gaveta que el cerebro clasifica como: “esto hay que recordarlo para el examen, pero probablemente no sirve para nada”.

Y aquí quiero hacer una aclaratoria importante, porque no estoy planteando un rechazo simplista a las materias complejas ni defendiendo una educación superficial. Las matemáticas, por ejemplo, tienen un enorme valor formativo: fortalecen la lógica, el pensamiento abstracto y la capacidad de razonamiento. El problema no es enseñar contenidos exigentes. El problema es que muchas veces no se enseña para qué sirven, ni dónde se aplican, ni cómo se conectan con la vida real o con las distintas inclinaciones de los estudiantes.

Cuando un muchacho pregunta: “¿Y esto para qué sirve?”, rara vez recibe una respuesta convincente. Entonces memoriza, aprueba y olvida.

Quizá allí esté una de las grandes fallas del sistema educativo: enseñar enormes cantidades de contenido sin propósito aparente y sin conexión con los intereses o vocaciones del alumno. Porque aunque es cierto que un adolescente aún no sabe completamente qué quiere estudiar, sí suele mostrar inclinaciones. Algunos se sienten naturalmente atraídos por las ciencias, otros por las humanidades, otros por el arte, otros por los negocios o la tecnología. Tal vez el sistema debería conservar una cultura general sólida, pero al mismo tiempo permitir mayor profundidad allí donde existen verdaderas aptitudes e intereses.

Lo mismo ocurre en la universidad. En Derecho, por ejemplo, hubo materias en las que me habría encantado profundizar: derecho penal, enjuiciamiento criminal, investigación del delito y todo aquello vinculado a mi verdadera vocación profesional. Sin embargo, muchas veces esas materias recibían un tratamiento similar al de otras que jamás utilicé posteriormente en mi ejercicio profesional. No cuestiono su existencia; una formación jurídica integral es necesaria. Pero sí me pregunto si no habría sido más razonable equilibrar mejor profundidad y pertinencia.

Porque el verdadero problema quizá no sea que estemos formando ignorantes. El verdadero problema es otro: estamos graduando personas que han pasado muchos años dentro del sistema educativo, pero cuyos conocimientos útiles son limitados, cuyos aprendizajes se olvidan rápidamente y cuya formación muchas veces carece de profundidad precisamente en las áreas donde más la necesitarán.

Una sociedad no se debilita únicamente cuando fracasa su economía o cuando colapsan sus instituciones. También se debilita cuando confunde escolarización con educación y diplomas con preparación real.

Y ese, me temo, es un chiste. Uno bastante malo.

Fuente: https://www.elnacional.com/columnas/2026/06/la-educacion-en-venezuela-es-un-chiste-y-uno-malo/