El verdadero Ministerio de Educación

Publicado: 24 julio 2026 a las 4:00 am

Categorías: Artículos

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Por Marcelo Crovato

Hay una tira de Mafalda donde ella dice: “Dicen que la televisión es el vehículo de la cultura. Yo que la cultura me bajo y sigo a pie”.

Mi estimado amigo, Daniel Lara Farías, dijo recientemente que el verdadero Ministerio de Educación de Venezuela eran las televisoras.

Cuando escuché esa frase me pareció provocadora, pero cuanto más reflexionaba sobre ella, más convencido estaba de que describía una realidad que durante años muchos preferimos no ver.

Existe una idea equivocada según la cual la televisión, el cine o las plataformas audiovisuales sirven únicamente para entretener. No es cierto. Toda producción audiovisual educa. La única diferencia es qué decide enseñar.

Los estadounidenses entendieron hace décadas el enorme poder de la industria audiovisual. Con frecuencia se les critica porque muchas de sus películas presentan a sus soldados como héroes, a sus instituciones como defensoras de la libertad o incluso reinterpretan algunos episodios históricos para reforzar esa imagen. Puede discutirse si esa visión es completamente fiel a la realidad. Ese no es el punto.

Lo importante es que utilizan su producción audiovisual para fortalecer determinados valores nacionales: el patriotismo, el sacrificio, el deber, el servicio, el liderazgo y el orgullo de pertenecer a su país.

¿Por qué nosotros no hicimos lo mismo?

¿Por qué nuestros medios decidieron recorrer exactamente el camino contrario?

Durante años, buena parte de la televisión venezolana convirtió en personajes simpáticos al corrupto, al delincuente, al tramposo y al narcotraficante.

Recuerdo perfectamente al doctor Valerio, en Por estas calles. Era un médico corrupto que desviaba recursos del hospital público hacia su clínica privada. Sin embargo, gracias a la forma en que el personaje hablaba directamente al público y expresaba sus pensamientos, terminaba resultando gracioso y simpático.

Pero no era un hombre ingenioso.

Era un corrupto.

También recuerdo otra telenovela, cuyo nombre hoy no logro precisar, donde dos asaltantes de camionetas por puesto terminaron convirtiéndose en personajes populares. El público los seguía con simpatía, comentaba sus ocurrencias y celebraba sus aventuras.

No eran víctimas.

No eran personas confundidas.

Eran delincuentes.

Incluso el narcotraficante inspirado en Pablo Escobar que aparecía en Por estas calles era presentado, en determinados momentos, con un tratamiento que lo hacía más atractivo que repudiable.

Y algo semejante ocurrió con buena parte del humor venezolano.

Durante demasiado tiempo dejó de apoyarse en el ingenio para apoyarse en la vulgaridad. Parecía que mientras más ordinario fuera un personaje, más gracia causaba. El humor inteligente fue cediendo espacio a la chabacanería como recurso fácil para obtener audiencia.

Todo eso también educa.

Cada personaje transmite una idea de lo que una sociedad considera admirable, aceptable o despreciable.

No afirmo que las telenovelas hayan creado el chavismo. Sería absurdo simplificar de esa manera un fenómeno histórico tan complejo.

Pero sí sostengo que contribuyeron, junto con muchos otros factores, a degradar el ambiente cultural y moral sobre el que después prosperó el proyecto político que terminó destruyendo Venezuela.

Simón Bolívar advirtió hace más de dos siglos que “nos han dominado más por la ignorancia que por la fuerza”.

Tenía razón.

Un pueblo con escasa formación crítica resulta mucho más fácil de manipular que uno acostumbrado a pensar, cuestionar y valorar el mérito, el esfuerzo y la honestidad.

Por eso considero que buena parte de los medios de comunicación venezolanos cometieron uno de los mayores crímenes culturales contra la nación y contra el espíritu venezolano.

No destruyeron edificios.

No arruinaron carreteras.

No quebraron empresas.

Pero contribuyeron a degradar nuestros valores, a rebajar el nivel cultural y educativo de la población, a debilitar el respeto por el trabajo honesto y a convertir en modelos sociales a personajes que jamás debieron ser motivo de admiración. Poco a poco fueron erosionando virtudes que durante generaciones habían caracterizado a buena parte de los venezolanos, hasta hacer que algunas resulten hoy difícilmente reconocibles.

Que nadie crea que exagero al hablar de la responsabilidad de los medios.

Después del genocidio de Ruanda, directivos y responsables de medios de comunicación fueron condenados por un tribunal penal internacional por utilizar la radio y la prensa para incitar a la violencia y al exterminio. Ese caso demuestra que la influencia de los medios sobre la conducta colectiva no es una opinión: es una realidad reconocida incluso por el derecho internacional.

No se trata de pedir censura ni propaganda.

Se trata de exigir responsabilidad.

Los medios de comunicación no son simples empresas de entretenimiento. También forman ciudadanos, transmiten valores y ayudan a definir qué conductas una sociedad admira y cuáles rechaza.

Si algún día queremos reconstruir Venezuela, también tendremos que reconstruir nuestra cultura.

Y esa tarea no dependerá solamente de las escuelas.

Dependerá también de escritores, cineastas, humoristas, productores, periodistas y canales de televisión.

Porque, les guste o no, ellos también educan.

La televisión nunca fue un simple entretenimiento.

Siempre fue una escuela.

El problema es que durante demasiado tiempo enseñó las lecciones equivocadas.

Fuente: https://www.elnacional.com/columnas/2026/07/el-verdadero-ministerio-de-educacion/