El problema no es la IA, es la renuncia al esfuerzo intelectual

Publicado: 18 enero 2026 a las 4:00 pm

Categorías: Artículos

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Por Jordi Martí

Hoy podría haberme metido en un jardín sin enanitos hablando del máster de formación del profesorado, después de la carta que han firmado más de 400 alumnos del mismo, cuestionando su calidad. Podría también haber entrado en cuestionar a aquellos que solo defienden al alumnado y a las familias que piensan como ellos. También me podría haber metido en un berenjenal, afirmando que se ha de ser muy estúpido para creer que cuando uno usa una herramienta, los creadores de la misma asumen todo el coste de su creación, mantenimiento y servidores en los que corre de forma altruista. Pero no. Voy a meterme en un jardín con muchos enanitos. Y eso que le podría haber dicho a ChatGPT, Grok, Gemini, Perplexity o Claude que me crearan un artículo viralizable e indetectable, muy sensato y con pocas aristas. Incluso podría haber compartido el prompt con vosotros. Algo que tiene mucho que ver con lo que voy a escribir a continuación.

Hay algo que me chirría cada vez más cuando leo determinados textos sobre educación. No siempre es fácil señalarlo con el dedo, pero se percibe casi de inmediato. Todo está bien escrito. Todo es correcto. Todo encaja. Y, aun así, al terminar de leer me queda una sensación extraña, como si nadie hubiera estado realmente ahí mientras se escribía.

No es casualidad. Tampoco es exageración. Estamos asistiendo a una normalización silenciosa de la renuncia al esfuerzo intelectual, y la inteligencia artificial se ha convertido en la excusa perfecta para no afrontar el problema de fondo. Porque conviene decirlo sin rodeos… el problema no es la IA. El problema es lo rápido que algunos han decidido dejar de pensar. Y sí, lo pongo en negrita porque es la clave de muchas cosas que suceden en educación y en otros ámbitos.

Durante mucho tiempo, en educación, escribir ha sido algo más que cumplir con una tarea. Escribir implicaba ordenar ideas, ponerlas a prueba, descubrir incoherencias, dudar, borrar, reescribir. Era un proceso incómodo, lento y, precisamente por eso, profundamente formativo. Hoy, cada vez más, la escritura se vive como un trámite que hay que resolver. Algo que debe sonar bien, tener buena pinta y cumplir unos mínimos formales. Cuando el objetivo es ese, el proceso deja de importar. Y cuando el proceso deja de importar, da igual quién escriba.

Por eso proliferan textos impecables desde el punto de vista formal y completamente huecos desde el punto de vista intelectual. Introducciones que podrían servir para cualquier tema, marcos teóricos que encadenan autores sin dialogar con ellos, conclusiones que no se mojan ni un milímetro. No son textos malos. Son textos neutros hasta la anestesia. Textos donde no hay conflicto, ni duda, ni experiencia reconocible. Textos que, por desgracia, creo que ya están superando a los textos de cosecha propia.

El problema es que muchos de esos textos se presentan como reflexión educativa, como producción académica o como pensamiento pedagógico. Y ahí es donde la cosa se vuelve seria. Porque en educación no solo comunicamos información. En educación construimos sentido, legitimamos discursos y generamos autoridad.

En la universidad el fenómeno es aún más preocupante. Cada vez resulta menos extraño encontrarse con trabajos de fin de grado, proyectos de máster, tesis doctorales o investigaciones que han sido elaborados casi por completo con herramientas de inteligencia artificial. No hablo de apoyos puntuales, ni de correcciones de estilo, ni de ayuda para estructurar ideas. Hablo de textos enteros generados sin que haya mediado un proceso real de comprensión, análisis o reflexión. Esta semana, sin ir más lejos, he visto compartir un prompt para generar una tesis doctoral. Bueno, algún día conviene hablar de la temática de algunas cosas que se presentan para obtener el título de «doctor», especialmente en las Facultades de Educación.

Son trabajos que cumplen todos los requisitos externos y, sin embargo, no contienen una sola idea propia reconocible. El autor firma, pero no está. El texto habla, pero no piensa. Y lo más inquietante es que muchas veces pasan sin mayor problema por los circuitos académicos habituales. Especialmente en un modelo de producción de papers a peso como el actual.

Sería fácil señalar únicamente al alumnado, pero sería injusto. Este fenómeno se sostiene también gracias a un silencio cómodo por parte de las instituciones. Mientras el texto parezca serio, mientras encaje en los formatos esperados, mientras no genere conflictos administrativos, se acepta. Durante años hemos evaluado resultados sin preocuparnos demasiado por los procesos. La inteligencia artificial no ha creado este problema, pero lo ha hecho imposible de disimular. Lo sé. Antes ya había quien «compraba» proyectos y trabajos. Incluso teníamos el maravilloso Rincón del Vago. Lo que pasa es que ahora se ha extendido y ha llegado a otro nivel.

Algo parecido ocurre en el ámbito de la investigación educativa. Aparecen textos que citan correctamente, manejan conceptos actuales y se ajustan a lo que se espera en una publicación académica. Pero no hay tensión, ni contradicción, ni preguntas reales. Son textos que suenan a investigación sin haber investigado nada. Cuando investigar se convierte en producir textos que parecen investigación, el conocimiento deja de avanzar y se limita a repetirse. Investigar en educación es algo más complicado que sacar una investigación cada dos días inventándose datos o solo como reflexión acerca de autores que hace eones que murieron y que, ya os digo yo, que algunos ni se han leído.

La gran trampa de este momento es confundir escribir bien con pensar bien. La inteligencia artificial escribe bien. A veces, muy bien. Pero no duda, no se incomoda, no se equivoca de verdad. Cuando alguien renuncia al esfuerzo de escribir mal antes de escribir mejor, a pensar despacio, a sostener una idea propia, ya no es un proceso formativo. Y venderlo como producción intelectual propia no es solo poco honesto, es pedagógicamente incoherente.

Lo que ocurre en los blogs educativos y lo que ocurre en la universidad forman parte del mismo ecosistema. La lógica es la misma. Producir más, más rápido y sin fricción. Pero la educación no avanza por acumulación de textos. Avanza cuando alguien se atreve a plantear una pregunta incómoda, a sostener una duda, a escribir desde la experiencia y no desde una plantilla.

La inteligencia artificial va a seguir ahí. Integrada, útil, cada vez más presente. Negarlo no tiene sentido. Lo que sí tiene sentido es preguntarnos qué estamos dispuestos a sacrificar para ganar velocidad. Si renunciamos al esfuerzo intelectual, da igual la herramienta que usemos. La educación pierde profundidad. Y cuando la educación se vuelve superficial, todo lo demás viene detrás.

El verdadero problema no es la IA. Es que algunos han decidido dejar de pensar mientras escriben. O quizás es que ya no pensaban antes y la IA es la excusa perfecta para disimular su indigencia intelectual.

Finalmente me gustaría deciros una cosa. Me había planteado escribir este artículo usando diferentes IA y, con algunos prompts diseñados también por la IA (también los diseña), ponerme a daros una comparativa de los textos que saca cada herramienta. Hubiera tardado algo más porque, por suerte, la práctica hace que cada vez pueda escribir más rápido. Especialmente, estos artículos de reflexión personal. No lo he hecho. Y no lo he hecho, al igual que no escribo con IA, porque yo escribo para disfrutar y relajarme haciéndolo. No para conseguir que me llamen como «experto» o para falsificar producciones académicas. Eso es otro tipo de ética que la que tengo yo, aunque reconozco que, visto el panorama, cada vez son más los que tienen una ética en esto diferente a la mía.

Fuente: https://xarxatic.com/el-problema-no-es-la-ia-es-la-renuncia-al-esfuerzo-intelectual/