El odio no se queda en la puerta del aula

Publicado: 29 octubre 2026 a las 4:00 pm

Categorías: Artículos

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Por Cinta Rodríguez Quintero

Polarización, redes y convivencia: no podemos pedir a los centros que corrijan lo que fuera estamos dispuestos a normalizar.

El odio no se queda en la puerta del aula

Nos alarmamos ante el acoso escolar. Nos preguntamos qué está pasando con los adolescentes, por qué se insultan, por qué comparten una humillación o cómo pueden permanecer mirando mientras alguien sufre. Son preguntas necesarias. Pero creo que falta otra: ¿qué estamos dispuestos a tolerar las personas adultas cuando esas mismas conductas aparecen fuera del centro? Un insulto en el patio nos exige intervenir. Pronunciado desde una tribuna o difundido en redes, puede encontrarnos buscando una justificación. Depende de quién lo diga. Depende de contra quién vaya. Como orientadora, me preocupa esa doble medida. La escuela tiene una responsabilidad educativa, pero necesita una sociedad que acompañe su tarea. No podemos pedir al alumnado que rechace en el aula lo que las personas adultas aplaudimos fuera.

Cuando el bando sustituye al criterio

Las campañas electorales deberían permitir confrontar propuestas y exigir responsabilidades. La crítica puede ser dura. Una educación democrática debe preparar para escuchar posiciones incómodas y responder con argumentos. Mi preocupación comienza cuando dejamos de valorar una conducta y nos limitamos a comprobar quién la protagoniza. Si pertenece a los nuestros, encontramos una explicación. Si pertenece a los otros, confirma todo lo que pensábamos. Esa forma de polarización nos coloca ante una falsa elección: parece que condenar una agresión nos obliga a apoyar las ideas de quien la sufre. Pero reconocer la dignidad de alguien no exige compartir su posición política. No toda discrepancia es odio ni cualquier discusión constituye acoso. Necesitamos esa precisión para proteger tanto el debate como a las personas. También necesitamos reconocer cuándo el desacuerdo se utiliza como permiso para despreciar.

Los curis: cuando la broma señala a alguien

Las cuentas conocidas como «curis» ofrecen un ejemplo cercano. La Policía Nacional advirtió el 23 de octubre de 2026 sobre perfiles anónimos que comparten memes y vídeos de la vida escolar y que, en algunos casos, se utilizan para ridiculizar a alumnado y profesorado. Su advertencia distingue el contenido humorístico respetuoso de las publicaciones que humillan a personas reconocibles, aunque no aparezca su nombre completo. interior.gob.es El problema educativo no está en que exista un meme sobre el instituto. Aparece cuando alguien se convierte en el blanco y el grupo encuentra diversión en su exposición. Pensemos en un ejemplo hipotético: una viñeta reproduce una situación de clase con un apodo que permite identificar a una compañera. Se comparte entre risas. Cuando ella expresa malestar, recibe otra respuesta: «No sabes aceptar una broma». Además de soportar la publicación, debe defender su derecho a sentirse herida. Aquí convendría detenernos antes de preguntar qué les pasa a los jóvenes. ¿Cómo reaccionamos las personas adultas cuando alguien cuestiona una burla que nos resulta divertida? ¿Escuchamos o lo acusamos también de exagerar? No atribuyo estas conductas a una causa única. Sí considero necesario revisar la coherencia con la que enseñamos sus límites. Que algo haga reír a un grupo no significa que deje de hacer daño a una persona.

Lo que defendemos dentro, también fuera

En la Comunidad Valenciana, el artículo 21.b del Decreto 193/2025 establece el carácter educativo y restaurador de las medidas, el respeto a los derechos humanos y la mejora de las relaciones. noticias.juridicas.com Ese planteamiento nos exige ir más allá del trámite. Un expediente disciplinario puede ser necesario, pero su cierre no responde por sí solo a las preguntas educativas: ¿ha cesado el daño?, ¿la persona afectada se siente segura?, ¿el grupo ha dejado de celebrarlo? Reparar tampoco debería convertirse en una disculpa forzada ni en una obligación de reconciliarse para quien ha sufrido. Desde la orientación, defiendo una intervención que proteja, ayude a asumir responsabilidades y trabaje sobre aquello que permitió la humillación. Pero esa exigencia pierde credibilidad si fuera del centro justificamos las amenazas, los insultos o la deshumanización porque afectan a alguien que nos desagrada. No podemos reclamar reparación dentro y celebrar impunidad moral fuera.

Mirarnos también a nosotros

Cuando nos preguntamos qué estamos haciendo mal con la infancia y la adolescencia, quizá debamos ampliar el foco. Además de revisar las normas del centro y las actividades de tutoría, necesitamos observar nuestras conversaciones, nuestras reacciones y lo que decidimos compartir. La convivencia necesita criterios que se mantengan cuando nos incomodan. Rechazar una humillación incluso cuando va dirigida contra alguien con quien discrepamos es una forma concreta de educar. Si queremos que el odio no encuentre sitio en las aulas, tendremos que dejar de hacerle sitio fuera. Este artículo se ha elaborado con apoyo de inteligencia artificial para la documentación, la redacción y la revisión. El criterio profesional, las decisiones editoriales y la responsabilidad final corresponden a la autora.

Fuente: https://exitoeducativo.net/firmas-expertos-en-educacion/el-odio-no-se-queda-en-la-puerta-del-aula