Publicado: 24 abril 2026 a las 10:00 pm
Categorías: Artículos
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Por Jordi Martí

Llevamos unos años que esto de la educación parece más un mercadillo tecnológico que un lugar donde se viene a aprender. Que si el libro de texto es una herramienta del Pleistoceno, que si las editoriales son el eje del mal y que lo moderno, lo pedagógicamente avanzado, es que cada docente se fabrique su propio material. ¡Autonomía!, gritaban algunos mientras nos vendían las bondades de la mochila digital. Y claro, como somos unos bienmandados, compramos la moto sin mirar si tenía motor.
¿El resultado? Una estafa de dimensiones épicas que estamos (y están) pagando los de siempre.
Vamos a ser claros. Crear materiales propios no ha servido para mejorar el aprendizaje. Ha servido para que determinados centros educativos se cuelguen medallas de innovación y para que el docente se convierta en un maquetador low-cost. Pasamos más horas en Canva buscando una fuente que quede cuqui que pensando cómo explicar la maldita regla de tres (lo sé, ahora es delito pedagógico mencionarla). Es una explotación laboral de manual disfrazada de creatividad. ¿Desde cuándo el trabajo de un docente consiste en sustituir a un equipo editorial entero por el mismo sueldo mientras el sistema los trata como a meros gestores de archivos?
Pero lo más sangrante es la hipocresía del bono libro. Es de traca. Mantenemos el cheque-libro para que las familias compren unos manuales que, en muchos casos, el docente ya sabe de antemano que no va a abrir porque prefiere sus propios apuntes de mercadillo. Es un gasto de dinero público obsceno; miles de euros en papel que acaba cogiendo polvo en una estantería mientras obligamos a los chavales a seguir un Frankenstein de PDFs mal pegados y enlaces rotos.
Y lo peor, como siempre, es lo que les estamos haciendo al alumnado más vulnerable.
El libro de texto, con todos sus fallos, es un suelo mínimo. El último refugio del chaval que no tiene a nadie en casa que le explique la lección o que le pague esa ayuda que, en ocasiones, puede necesitar. Ahora, con este caos de «materiales propios», hemos dinamitado la igualdad de oportunidades. El que tiene padres con carrera y fibra óptica, se las apaña. El que depende solo de la escuela para aprender, se encuentra con un puzzle sin piezas. Hemos cambiado la democratización del saber por una brecha social de caballo y encima tenemos la desfachatez de llamarlo «pedagogía centrada en el alumno».
Menos humos con la curación de contenidos y más realidad. Estamos quemando al profesorado, tirando el dinero público en papel muerto y dejando tirados a los alumnos que más necesitan un referente claro. Todo para que en la web del centro quede de lujo poner que somos centro de referencia o cualquier otra cosa que venda. Como si no usar libros fuera garantía de algo más que de no leer.
Tened cuidado con los que os dicen que el conocimiento está en Google y que el libro ya no hace falta. Normalmente, esos son los mismos que luego llevan a sus hijos a colegios donde el papel, el rigor y el silencio siguen siendo los reyes. Por algo será.
Siempre he cuestionado la tiranía de los libros de texto pero, en ocasiones, conviene pensar en el alumnado. Especialmente en ese que lo tiene bastante peor en casa. Y pensar en ellos implica que debemos poner a su disposición un material que les sea realmente útil. No vale lo de que, como nos han vendido, que cada uno se cree su propio aprendizaje. Libro de texto de calidad, revisado por quienes lo usan y bien usado, bonos que no sirvan para cambiar los libros de forma innecesaria cada cuatro años y, como siempre he dicho, exigencia con ayuda y respeto, a ese alumnado del que depende nuestro futuro.
Finalmente recordaros que podéis buscar artículos en este blog sobre los libros de texto. Y que, conforme ha ido pasando el tiempo, he variado ligeramente mi visión acerca de ellos. Eso sí, siempre he confiado en mis compañeros porque, tal y como llevo diciendo desde hace décadas, los profesionales son los que sustentan todos los desaguisados externos que suceden en el ámbito educativo. Profesionales cuya función (la que les deberían facilitar que hicieran) debería ser la de enseñar y ayudar a ese alumnado que les está mirando a diario. Algo que hacen fantásticamente bien.
Fuente: https://xarxatic.com/el-gran-timo-de-la-pedagogia-sin-libros-de-texto/
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