Publicado: 15 julio 2026 a las 4:00 am
Categorías: Artículos
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Por Berenice Olmos
Esta semana las calles empezaron a sentirse diferentes y también las escuelas; el ciclo escolar llegó a su fin para millones de estudiantes, e inician las tan anheladas vacaciones de verano; lo cual representa, para miles de familias un respiro, y para quienes creemos que la educación es la herramienta más poderosa que existe para transformar a nuestro país, es solo una pausa obligada para la reflexión.
Cada que termina un ciclo escolar deja al descubierto las asignaturas pendientes del estado mexicano; no basta con entregar boletas de calificaciones perfectas en donde ha desaparecido la reprobación, tampoco es suficiente una ceremonia de clausura o una fiesta de fin de curso; es momento de preguntarnos ¿qué estamos enseñando en las aulas, pero sobre todo qué estamos dejando de enseñar?
El sistema educativo en nuestro país enfrenta retos históricos, entre ellos la falta de infraestructura, la cual ha comenzado a atenderse con el programa de “La Escuela es Nuestra” implementado por nuestro presidente Andrés Manuel López Obrador, del cual fui testigo del que representó para muchas comunidades rurales; sin embargo, sería ingenuo pensar que ese esfuerzo, por sí solo, resuelve décadas de abandono. Aunado a ello el rezago educativo de muchas administraciones que solo simularon -hasta que se puso en marcha la “Nueva Escuela Mexicana-, la insuficiencia de materiales, pero, sobre todo, las profundas desigualdades que existen entre las escuelas urbanas y las escuelas rurales.
Sin embargo, hay una problemática aún más profunda, de la que casi nunca se habla y es de la crisis más grande que enfrenta el sistema: la falta de ética que enfrenta el servicio público educativo.
La educación pública administra uno de los presupuestos más importantes del país; para 2026, el Presupuesto de Egresos de la Federación destinó más de 1.08 billones de pesos a este rubro, lo cual equivale al 3.2 por ciento del PIB; aun así, México continúa enfrentando rezagos importantes en aprendizaje e infraestructura escolar; porque el problema no es cuánto se invierte, sino como es administrado cada peso destinado, tan es así que la Auditoría Superior de la Federación ha documentado, año tras año, observaciones por irregularidades en el ejercicio de recursos públicos destinados a los programas educativos, porque cuando el dinero pierde el rumbo, miles de estudiantes pierden su futuro.
Y ahí es cuando el debate comienza a ser de índole moral más que administrativo, porque cada peso desviado es un libro que no llegó a las manos de un niño, es un aula que permaneció deteriorara, es un maestro que hizo falta frente al grupo, dejando desamparados a muchos niños; porque la corrupción en la educación no termina en el escritorio, afecta a un niño o una niña que paga las consecuencias sin deberla ni temerla, es decir, la educación pierde cuando el servicio público olvida que su razón de ser es servir al pueblo de México.
Y no, esto no es una crítica al magisterio, sería injusta generalizando, porque conozco maestras y maestros que todos los días demuestran su vocación de servicio y saben que admiro especialmente a quienes recorren kilómetros para llegar a las comunidades más alejadas de nuestro país, mis queridos maestros rurales del CONAFE, quienes muchas veces compran material con su propio dinero y en ocasiones, además de enseñar, alimentan, escuchan y abrazan; ellos son quienes sostienen el prestigio de la educación pública.
Porque los niños no solo aprenden a leer, escribir, sumar y restar; aprenden observando. Descubren la honestidad cuando la ven, aprenden respeto cuando alguien lo practica y entienden que la ética no se memoriza; se contagia.
Por eso, creo que la transformación educativa que México necesita no comienza con nuevos planes o más tecnología o mejores edificios, comienza cuando recuperemos la convicción de que el servicio público es un compromiso con la sociedad y no una oportunidad para obtener beneficios personales; pero, sobre todo, cuando entendamos que educar también significa formar ciudadanos con valores.
Como mujer que cree profundamente en el poder transformador de la educación, me niego a aceptar que normalicemos las malas prácticas, pues no podemos pedirles a nuestros hijos que respeten las reglas mientras algunos adultos encuentran la forma de burlarlas; no podemos hablar de valores en los discursos y olvidarlos en las actividades cotidianas.
Porque, al final, la vocación no se hereda con una plaza ni se acredita con un nombramiento, se demuestra todos los días: llegando puntual, preparando una clase, inspirando a un estudiante y enseñando con el ejemplo.
Los valores no forman parte de una asignatura, sin embargo, son la lección más importante que un maestro —y cualquier servidor público— puede dejar.
Si queremos un mejor Estado de México y un mejor país, la transformación debe comenzar donde siempre ha empezado el futuro: en las aulas. Pero, sobre todo, en la conciencia de quienes tenemos el privilegio de servir al pueblo.

Fuente: https://www.eluniversaledomex.com.mx/opinion/berenice-olmos/educar-con-el-ejemplo-mas-alla-de-las-aulas/
Fuente Fotografica: https://share.google/HUSdGajMvTKaNjFbQ
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