Publicado: 24 octubre 2026 a las 6:00 pm
Categorías: Artículos
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Por Elias Said-Hung / Jacobo Herrero Izquierdo
El primer capítulo de esta serie de UNIR sobre educación frente al odio analiza cómo la polarización en las redes afecta a la convivencia escolar y qué competencias necesita el profesorado para prevenir la discriminación e intervenir con seguridad.

La hostilidad que circula en las redes sociales no impacta igual en todos los centros educativos.
En una sociedad hiperconectada, las aulas han dejado de ser espacios aislados de las corrientes ideológicas y de las tensiones del entorno virtual. Las redes sociales y las plataformas de información operan con frecuencia como altavoces de polarización, alimentando narrativas estigmatizantes y la hostilidad hacia colectivos específicos. Lejos de quedar confinadas en las pantallas, estas dinámicas trascienden la esfera digital y penetran directamente en los centros educativos, planteando a los docentes el desafío de gestionar los discursos de odio emergentes y las tensiones en la convivencia.
A partir de los resultados obtenidos en el proyecto HatemediaProf, financiado por la Universidad Internacional de La Rioja, y en el proyecto HatemediaEduRioja, desarrollado con la ayuda del Instituto de Estudios Riojanos de la Comunidad Autónoma de La Rioja, es posible comprender con mayor precisión cómo repercute esta marea digital en la escuela y qué herramientas pedagógicas resultan verdaderamente efectivas.
La hostilidad que circula en los medios digitales y en las redes sociales no impacta de la misma manera en todos los centros educativos. Los modelos predictivos realizados en estos proyectos revelan un aspecto fundamental: la mayor exposición del profesorado a incidentes y expresiones de odio no depende del desorden ni de la conflictividad escolar general, sino de la consolidación de un clima específicamente discriminatorio dentro de la comunidad educativa. Esto se traduce, en términos estadísticos, en que convivir en un entorno con pautas de discriminación explícita multiplica por más de tres la probabilidad de que los docentes se vean expuestos de forma recurrente a manifestaciones de odio (OR=3.14, p<.001).
Nos encontramos ante un escenario social en el que el contexto digital ofrece marcos de interpretación, estereotipos simplistas y consignas deshumanizadoras que los estudiantes absorben fuera del centro y replican en las aulas. Cuando este clima no se contiene, la polarización mediática se normaliza en los pasillos, convirtiendo el espacio lectivo en un reflejo de los debates más virulentos de la red.
Para calibrar el impacto de estos prejuicios, los estudios en los que se basa este trabajo analizan cómo los profesionales de la educación perciben el mantenimiento identitario y los procesos de aculturación de diversas minorías. Los resultados confirman diferencias sistemáticas y significativas según el perfil del alumnado (0,001):
Estas discrepancias evidencian cómo las controversias mediáticas cotidianas —a menudo centradas en debates identitarios y religiosos— moldean sutilmente las sensibilidades pedagógicas y exponen a ciertas minorías a mayores tensiones en el entorno escolar.

Tradicionalmente se ha asumido que un profesorado bien predispuesto o con una sólida formación ética es suficiente para neutralizar los prejuicios en las aulas. Sin embargo, la evidencia empírica desmantela esta visión simplista y clarifica la interacción entre actitudes y habilidades técnicas:
En el ámbito regional, los análisis que combinan datos cuantitativos y cualitativos en La Rioja confirman esta brecha entre la teoría y la práctica: mientras que la actitud pro-diversidad de los docentes alcanza un rendimiento elevado (86,67 sobre 100), las destrezas operativas para gestionar episodios de tensión real se quedan en 71,05. Estos resultados identifican la capacitación técnica como una prioridad de intervención pedagógica urgente.
A la luz de todo lo anterior, la traslación de la hostilidad mediática al ámbito educativo exige ir más allá de las declaraciones de principios. Para dotar al profesorado de herramientas reales capaces de desactivar el odio en las aulas, las políticas formativas deben incidir en cuatro dimensiones clave:
El reto educativo del presente siglo no radica únicamente en transmitir conocimientos, sino en salvaguardar el aula como un espacio seguro, deliberativo e inclusivo. Desactivar el prejuicio que se gesta en la red demanda docentes no solo moralmente comprometidos, sino también equipados con competencias profesionales precisas para responder con firmeza ante la polarización mediática en un mundo cada vez más marcado por la confrontación.
(*) Elías Said-Hung es codirector del proyecto Hatemedia. Catedrático de Ciencias Sociales y doctor en Ciencias de la Información. Preside la Asociación Ciencia, Tecnología y Sociedad (CITESOC) y es docente en la Facultad de Educación de UNIR, aunque su verdadera pasión es la investigación, que satisface como miembro del Grupo de Investigación Inclusión Socioeducativa e Intercultural, Sociedad y Medios (SIMI) de la universidad. También es director de la Revista Española de Pedagogía de UNIR, autor de multitud de trabajos y estudios publicados en revistas científicas y editor de una veintena de libros académicos.
(*) Jacobo Herrero Izquierdo es doctor en Comunicación por la Universidad de Valladolid, con Premio Extraordinario de Doctorado, y profesor e investigador en la Universidad Internacional de La Rioja (UNIR), donde codirige el grupo de investigación SIMI. Sus líneas de trabajo se centran en la historia del periodismo, la desinformación y los discursos de odio en las plataformas digitales, así como en las aplicaciones y los sesgos de la inteligencia artificial en la comunicación.
Fuente: https://www.unir.net/revista/educacion/prejuicio-digital-aula-impacto-hostilidad-mediatica-labor-docente/
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