Publicado: 26 octubre 2026 a las 8:00 pm
Categorías: Artículos
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Por Jordi Martí

Si algo cansa a quienes llevamos décadas trabajando en el ámbito educativo, lidiando con la cruda realidad de las aulas y habiendo conocido, por «desgracia», la zona gris, es comprobar, año tras año, que la educación en este país no se diseña en función de las necesidades del alumnado ni del criterio técnico de los docentes. Se cocina en los comités de campaña. Se decide en despachos por parte de sectarios de partido que ven los colegios e institutos como laboratorios de ingeniería social y campos de batalla electoral.
Voy a hablar claro y sin la hipocresía habitual de algunos. Tomar decisiones ideológicas en el ámbito educativo es la mayor lacra que arrastra nuestro sistema. Una auténtica miseria política que destruye el rigor curricular, revienta la convivencia en los centros y condena a los docentes a ser meros ejecutores de la última cruzada doctrinal del gobierno de turno.
Cada vez que un nuevo equipo aterriza en el Ministerio o en las Consejerías, la prioridad nunca es arreglar las ratios salvajes, dotar de recursos reales a la inclusión o climatizar las aulas tercermundistas donde los chavales se asan en septiembre y junio. Qué va. Eso exige presupuesto, gestión y bajarse al barro de la gestión eficiente. Lo primero que hacen es sacar el rodillo ideológico para dejar su huella escrita en el Boletín Oficial, cambiando los currículos para amoldar la historia, la lengua o la filosofía a su particular cosmovisión del mundo.
¿Andan perdidos? Por supuesto. Pero les da exactamente igual. Sustituyen el conocimiento estructurado y el rigor intelectual por doctrinas de partido y debates de ingeniería social que importan un bledo en la vida diaria de un centro. Diseñan planes de estudio donde lo prioritario no es que un alumno de quince años sepa redactar un texto sin faltas o resolver una ecuación de segundo grado, sino que repita como un loro los mantras colectivos que ellos han decidido que son buenos y, en ocasiones, progresistas. Han convertido el saber en un supermercado de consignas vacías, infantilizando el aprendizaje para asegurarse una masa dócil e incapaz de ejercer la verdadera contra el poder. Esa que da el pensamiento crítico abstracto.
Lo más vomitivo de esta deriva es el absoluto desprecio que la clase política muestra hacia el profesorado, al que utilizan como escudo humano en sus guerras culturales. Si gobiernan los de un color, te obligan a rellenar informes kilométricos con perspectiva de género hasta en los problemas de física; si gobiernan los del signo contrario, borran de un plumazo términos enteros, persiguen lenguas cooficiales o te imponen censuras veladas bajo el pretexto de la libertad.
Es una dinámica enfermiza de revancha y esquizofrenia normativa. El docente se encuentra en medio de un tiroteo cruzado, fiscalizado por inspecciones de educación que actúan, en muchas ocasiones sin querer hacerlo pero conminados a ello, como comisarios políticos y por colectivos de la sociedad civil hiperventilados que entran al centro buscando el titular de prensa. Vivimos en un estado de papeleo defensivo permanente, adaptando programaciones didácticas a sabiendas de que lo que hoy es obligatorio e idílico sobre el papel será catalogado de mierda doctrinal por el siguiente inepto que ocupe el cargo y lo derogue de raíz.
La mayor perversión de meter la ideología en la escuela es la destrucción sistemática de la cultura del esfuerzo y el mérito. Bajo el dogma político de que la repetición segrega y la exigencia estigmatiza, los burócratas de partido han impuesto el aprobado por decreto y la promoción automática. Regalar los títulos no es compasión ni justicia social… es la mayor estafa perpetrada contra las clases populares.
Al devaluar el rigor académico para cumplir con las estadísticas de éxito que exige Bruselas, la escuela pública renuncia a su mayor valor histórico. Me estoy refiriendo a ser el ascensor social para los hijos de los trabajadores. El hijo de la clase media o alta que no aprenda en su centro educativo lo recuperará con academias privadas, estancias en el extranjero o recursos familiares. El alumno del barrio obrero al que el sistema le dice que no pasa nada por no esforzarse es abandonado al analfabetismo funcional con un título de la ESO que no vale ni el papel en el que está impreso. Esa es la verdadera consecuencia del buenismo ideológico.
A los comisarios políticos de la máquina de café y a los que escriben estas mierdas ideológicas les escocerá este artículo. Saldrán rápidamente en las redes a rasgarse las vestiduras y a acusar de reaccionario o insolidario a cualquiera que denuncie el sectarismo de las leyes. O, en algún otro caso que ya he sufrido, me conminarán a que me calle. Me da exactamente igual. Vuestra ideología de salón está destruyendo la escuela, especialmente la pública, desde dentro mientras vuestros propios hijos estudian en centros privados blindados contra vuestras propias ocurrencias normativas.
La pública no necesita consignas, ni banderas, ni discursos de ingeniería social en el aula. Necesita exigencia, recursos de verdad, respeto a la autoridad del profesor y un currículo basado en la ciencia y el conocimiento. Vosotros sois un cáncer para el sistema educativo y para los hijos de muchísima gente. Y cuando digo vosotros, me estoy refiriendo a todos aquellos que escribís leyes o tomáis decisiones ideológicas porque, sinceramente, algún día me gustaría saber para qué sirve o cómo mejora la educación una «situación de aprendizaje», la «perspectiva de género», «los estilos de aprendizaje», «Bad Bunny», «el DUA» o una «ley de plurilingüismo» en el aprendizaje del alumnado.
Hace calor y sé que no es excusa para haber sido tan duro. Lo que pasa es que este artículo debería escribirse por parte de la mayoría de docentes y familias para denunciar que están hurtando la educación, por priorizar la ideología, a las futuras generaciones.
Fuente: https://xarxatic.com/cuando-la-politica-asfixia-la-educacion/
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