Publicado: 4 febrero 2026 a las 8:00 pm
Categorías: Artículos
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Por Abel Sánchez Triñanes
Hasta 2010 cada generación había sido más inteligente que la anterior. Sin embargo, entre 2010 y 2015 algo se rompió. La generación Z es la primera generación menos inteligente que sus antecesores. No son solo los peores resultados en pruebas educativas: el desempeño cognitivo de los Z es peor que el de sus padres en casi todas las áreas. Tienen menos memoria, capacidad de atención, pensamiento crítico y habilidades creativas; pero hay algo que sí hacen mejor: el procesamiento visual rápido. Justo lo que practicamos cada vez que utilizamos nuestro móvil.
En La generación ansiosa, Jonathan Haidt culpaba a los teléfonos móviles inteligentes de la pandemia de salud mental que afecta a los jóvenes. En 2010 Apple lanzó el Iphone 4, que incluía por primera vez una cámara frontal, y ese mismo año surgió Instagram. Antes de 2010, algunos niños tenían móviles, pero servían para poco más que para llamar. A partir de 2015 el uso de teléfonos con acceso a internet se ha generalizado, hasta el punto de que hoy en día el 70% de los niños de 12 años en España tiene un móvil.

Haidt ha manifestado recientemente que en su libro puso el foco en la salud mental, pero que se ha dado cuenta de que lo más preocupante es el deterioro de la atención. No importa que el contenido de los vídeos no sea dañino: el problema es el formato. Los niños se acostumbran a ver vídeos de 15 segundos y su cerebro se reconfigura para recibir dosis constantes de dopamina, por lo que actividades cotidianas como las clases en la escuela les resultan aburridas.
La evidencia es clara sobre la necesidad de que los móviles se queden fuera de la escuela. Un experimento en la India con 17.000 estudiantes universitarios obligó de manera aleatoria a algunos estudiantes a depositar sus móviles en una caja a la entrada del aula, mientras que en otras clases se continuó sin restricciones. Los alumnos que no podían tener el móvil en clase mejoraron sus notas. En Noruega, los investigadores han comparado los institutos de secundaria que prohíben los móviles con los que no, y han descubierto efectos positivos en la salud mental y el rendimiento académico, sobre todo, para las niñas de entornos socioeconómicos desfavorecidos. Afortunadamente, en todo el mundo, y también en España, los gobiernos han reaccionado a la evidencia y han comenzado a prohibir el móvil en la escuela.
Nuevas investigaciones afirman que el problema va más allá de los móviles. El neurocientífico Jared Cooney Horvat acaba de publicar un libro, La ilusión digital, en el que critica la mayoría de la tecnología que hay en el aula, la llamada edtech, por perjudicar el aprendizaje de los niños. El problema no es sólo la fragmentación de la atención que producen algunas de estas tecnologías, sino también la pérdida de conexión humana, la confianza y la empatía, que son fundamentales para motivar al niño a aprender. Por eso, las pantallas deberían quedarse fuera del aula en edades tempranas, hasta 4º de primaria, e introducirse gradualmente desde ese curso.
El lápiz y el papel, la tecnología educativa tradicional, son difíciles de superar. La escritura a mano activa nuestras neuronas de una manera diferente a cuando escribimos en un teclado; por eso memorizamos mejor lo que escribimos.
De la misma manera, aprendemos más cuando escribimos primero un ensayo sin la ayuda de la IA, incluso si lo escribimos en un ordenador. Investigadores del MIT colocaron electrodos sobre el cuero cabelludo de 54 universitarios para medir la actividad eléctrica del cerebro; querían comparar cuando escriben un ensayo apoyándose en su propio conocimiento o utilizando la IA. Los investigadores descubrieron que los estudiantes que escriben ellos solos el ensayo son capaces de recordarlo mejor y tienen mayor actividad cerebral. Esto no quiere decir que el ensayo esté mejor, sino que el estudiante que lo escribe aprende más. El uso de la tecnología debe evaluarse con mucho cuidado en educación porque lo importante no es que el resultado sea inteligente, sino que nos volvamos más inteligentes mientras lo hacemos.
La tecnología ha prometido en múltiples ocasiones soluciones mágicas para la educación. A mediados de la década de los 2000, el profesor del MIT Nicholas Negroponte propuso dar a cada niño un ordenador de bajo coste con contenidos educativos. El objetivo era que pudieran aprender de forma autónoma. Los gobiernos de Perú y de Uruguay compraron más de medio millón de portátiles. Los estudios posteriores demostraron que no sirvieron para mejorar el aprendizaje de los niños: la iniciativa fue un fracaso caro. Los niños necesitan buenos maestros para aprender.
La IA nos promete que esta vez será diferente y que esta tecnología sí revolucionará la educación. La promesa es que todos los niños tendrán a su disposición un tutor inteligente; al igual que Alejandro Magno, tendrán a un Aristóteles para enseñarles la lección. El problema es que los niños necesitan a un humano para motivarlos a aprender. Centrarnos sólo en la capacidad de la tecnología y en sus casos de uso es un error. Los niños ya pueden entrar en Wikipedia para aprender historia y, sin embargo, prefieren TikTok. La clave no es la capacidad tecnológica, sino la motivación de los niños para utilizar las herramientas que tienen a su disposición. Para eso necesitan a un humano que los guíe y los inspire.
¿Debemos entonces renunciar a usar toda la tecnología en las aulas? No; como dirían los ingleses, no debemos tirar al bebé con el agua sucia. Debemos evaluar las nuevas tecnologías que introducimos en el aula para medir su impacto en el aprendizaje, y utilizar las que sí aportan valor añadido. Por ejemplo, la tecnología de Dytective, que es de acceso gratuito, ya permite la detección temprana de la dislexia mediante una IA que analiza patrones de error en apenas 15 minutos.
Bien empleada, la IA también podría ayudarnos a cerrar la brecha educativa. Muchas familias no pueden pagar clases particulares a sus hijos, pero la IA podría abaratarlas. Un modelo híbrido, en el que el estudiante tendría una sesión a la semana con un tutor humano y el resto con un tutor de IA dirigido por el humano, mantendría el vínculo emocional y disminuiría el coste de las sesiones.
El problema viene si la IA se usa sin control en la educación. No queremos que los alumnos saquen una foto de sus deberes y la suban para que la IA les dé directamente la respuesta, porque dañaría su aprendizaje. Por suerte, la IA es mucho más que ChatGPT. La tecnología permite que los niños resuelvan sus ejercicios en una libreta y que, al acabar, suban una foto para recibir comentarios cuando se equivoquen. Como haría un buen profesor -o cualquier gallego-, la IA puede preguntar: ¿por qué has resuelto así esa ecuación? ¿Qué pasaría si probamos de esta otra manera? Los expertos en educación pueden utilizar la IA para crear herramientas que hagan pensar a los niños.
El pensamiento propio seguirá siendo fundamental aunque tengamos a nuestra disposición una IA que pueda darnos todas las respuestas. Hay decisiones, como a quién votamos, que siempre querremos tomar por nosotros mismos; por eso debemos cuidar nuestra inteligencia y no externalizarla en una máquina.
No queremos que la IA resuelva los deberes de los niños: queremos que hagan el esfuerzo cognitivo para desarrollar su cerebro. Los niños necesitan acumular conocimientos propios, para luego como adultos juzgar de manera crítica la información que reciben y tomar sus propias decisiones. Debemos invertir en tecnología que complemente a los profesores y les deje más tiempo para hacer aquello en lo que son irremplazables: conectar, motivar e inspirar a los niños a aprender. La tecnología en la escuela debe estar al servicio del aprendizaje, no al revés.
Abel Sánchez Triñanes es economista y director de la start up MaestrIA.
Fuente: https://www.almendron.com/tribuna/como-la-tecnologia-afecta-al-aprendizaje-de-los-ninos/
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