Bill Gates tiene razón: el problema de la IA no es tecnológico

Publicado: 13 septiembre 2026 a las 6:00 pm

Categorías: Artículos

[responsivevoice_button buttontext="Escuchar la noticia" voice="Spanish

Latin American Female"]

Por Héctor Manuel López Gómez

Estudiantes usando IA

En los últimos meses me ha pasado algo curioso que quizá a la persona que está leyendo esto también pueda sentirse identificado: he estado yendo a varios congresos de diferentes temas que abordan temas desde la educación y ventas hasta la recaudación de fondos, y en todos ellos hay algo en común: el tema de debate siempre termina siendo la inteligencia artificial (IA). En dichos debates, tarde o temprano, alguien va a exponer qué va a pasar con la IA, qué trabajos va a reemplazar, cómo se está usando, qué debemos enseñar, qué deberíamos regular o qué tan rápido va a cambiar todo, por decir algunos ejemplos comunes.

Eso me recordó a algo que Bill Gates publicó recientemente en su cuenta de la plataforma X:

*”La era turbulenta de la IA está aquí. Las decisiones que tomemos hoy son cruciales”.

En esta declaración, Bill Gates no afirma que la IA será poderosa. Eso ya parece una obviedad cada vez menos discutible. En realidad, la verdadera pregunta que se debe estar planteando es qué se va a hacer cuando una tecnología capaz de sustituir una parte importante del trabajo intelectual humano avance más rápido que nuestra capacidad para adaptar la economía, la educación, las empresas y las instituciones. Gates plantea una posibilidad inquietante y sin precedentes, pero también útil para comprender el momento que se está viviendo: la IA podría convertirse en uno de los mayores instrumentos de igualdad jamás creados o, por el contrario, podría ser una fuerza que amplifique las desigualdades existentes. Y probablemente se está subestimando el tamaño de esta revolución o simplemente todavía no se acaba por comprender su magnitud.

La preocupación que inspira y origina este artículo nace de observar cómo la IA va cambiando las cosas tan rápido que está causando una especie de sensación de vértigo. Está por verse si los gobiernos, empresas, universidades y otras instituciones van a ser capaces de reaccionar a la velocidad que se requiere. Durante mucho tiempo, cada sector pudo resolver sus propios problemas de manera relativamente independiente: las empresas pensaban en productividad y talento; las universidades en educación; los gobiernos en regulación; la sociedad se adaptaba como podía a los cambios tecnológicos. Hoy la situación ha cambiado completamente.

A lo largo de la historia, cada revolución tecnológica que ha existido ha provocado temor a la población. Las máquinas industriales sustituyeron tareas manuales, los automóviles desplazaron actividades vinculadas con los caballos y otros animales de carga, las computadoras eliminaron numerosos trabajos administrativos e internet transformó industrias completas. Sin embargo, muchas de esas revoluciones tardaron décadas en extenderse por completo. La IA tiene una característica distinta: no necesita que se construya desde cero una nueva infraestructura para comenzar a utilizarla. Ya existen computadoras, teléfonos celulares, conexiones a internet y plataformas digitales capaces de distribuirla de forma prácticamente inmediata y a un bajo coste.

Y sí, hay que decirlo directamente: muchos trabajos están irremediablemente perdidos. Se puede dar una idea de cuáles, aunque no se sabe a ciencia cierta ni en qué proporción, pero sería ingenuo pensar que todos los empleos actuales van a sobrevivir simplemente transformándose en distinta medida. Algunas tareas ya pueden ser realizadas más rápido, más barato y, en ciertos casos, más eficiente por sistemas de inteligencia artificial.

Lo estamos viendo en áreas como redacción, análisis, programación, diseño, atención al cliente, administración, traducción, generación de contenido, búsqueda de información y una lista que crece prácticamente cada mes. Mientras algunos puestos desaparecerán por completo, otros necesitarán menos personas para llevar las tareas a cabo. Otros van a cambiar de tal manera que probablemente dentro de algunos años conservemos el nombre del puesto, pero no las funciones que hoy conocemos. Por otra parte, aparecerán nuevos puestos de trabajo relacionados a tecnología y la gestión de esta; incluso nuevos empleos de puestos que todavía ni siquiera se imaginan aún.

Y es precisamente ahí donde las universidades e instituciones educativas tienen una responsabilidad especialmente importante. Porque su función no debería ser defender las profesiones tal como existen actualmente. Su función debería ser entender qué está cambiando y preparar a los estudiantes para lo que viene después.

Si determinadas tareas desaparecen, será necesario identificar cuáles están surgiendo en su lugar. Del mismo modo, ante la inminente transformación o desaparición de algunos puestos, será crucial reconocer los nuevos trabajos que emerjan y profesionalizarlos. Todo esto implica convertir actividades que hoy parecen nuevas, improvisadas o experimentales en profesiones consolidadas con conocimientos, metodologías, responsabilidades y estándares claros.

Hace algunos años había puestos que prácticamente no existían o eran extremadamente raros que hoy son empleos de lo más comunes, como los especialistas en redes sociales, analistas de datos, desarrolladores de aplicaciones móviles, especialistas en ciberseguridad, diseñadores de experiencia de usuario o responsables de comercio electrónico.

Con esta misma lógica, probablemente aparecerán nuevas especializaciones en automatización, gobernanza de inteligencia artificial, diseño de agentes, auditoría algorítmica, entrenamiento de modelos, integración de inteligencia artificial en procesos empresariales, seguridad, ética tecnológica y otras funciones que hoy apenas comenzamos a definir y nosotros como integrantes de universidades tenemos que estar atentos a esas señales para responder rápido. No quedarnos dormidos es uno de los mayores retos que tenemos.

Tradicionalmente, la educación superior funciona con tiempos largos: desde crear un programa, actualizarlo, revisarlo, aprobarlo y finalmente llevarlo a las aulas puede requerir meses o incluso años. Sin embargo, la tecnología no espera a nadie. Cada cierto tiempo, aparecen nuevas herramientas y, por lo tanto, nuevo desarrollo de capacidades y formas de trabajar. Lo que hoy parece avanzado puede convertirse rápidamente en algo cotidiano. Eso obliga a las universidades a preguntarse si sus estructuras son suficientemente ágiles y sólidas para responder a un crecimiento tecnológico que ya no ocurre por sectores separados.

Otra característica importante de esta revolución es que la IA está mezclada prácticamente con todas las áreas del conocimiento. No será una disciplina exclusiva de los ingenieros. Se está viendo en campos como la medicina, derecho, administración, educación, finanzas, arquitectura, psicología, diseño, comunicación, logística, turismo y prácticamente cualquier campo profesional. Probablemente dentro de algunos años hablar de “profesiones relacionadas con inteligencia artificial” tendrá tan poco sentido como hablar actualmente de “profesiones relacionadas con internet”.

La universidad como institución debe tener una función que no se puede delegar únicamente a las empresas tecnológicas. No solo se debe enseñar a utilizar una herramienta, sino también se debe enseñar a tener criterio. Se tiene que hablar de ética, responsabilidad, privacidad, sesgos, transparencia y consecuencias, porque entre más fácil sea utilizarla, más importante será formar profesionales capaces de preguntarse no solamente si algo se puede hacer, sino si se debería hacer. Esta discusión me parece especialmente relevante porque muchas veces se presenta la relación que hay entre personas e inteligencia artificial como si fuera una competencia. Eso implica entender qué puede hacer bien la inteligencia artificial y también qué no se debería delegarle con tanta facilidad.

Un estudiante puede utilizarla para investigar más rápido, comparar ideas, analizar información, practicar un idioma, comprender un concepto complejo, entre otras cosas. Pero si simplemente la utiliza para responder todo por él, entonces no se está formando un profesional más preparado, sino más bien a alguien cada vez más dependiente de una herramienta que no necesariamente entiende del todo y por eso también se verá en la necesidad de cambiar la actual manera de evaluar.

Es por ello por lo que se buscará diseñar actividades donde importe más el análisis, el proceso, la aplicación, la toma de decisiones y la capacidad de argumentar que solamente el resultado, y creo que ahí está una de las oportunidades más interesantes para las universidades. La IA está obligando a revisar prácticas educativas que se llevaban décadas dando por buenas. Ahora que los estudiantes tienen una herramienta capaz de responder muchas preguntas, se puede empezar a cuestionar si durante demasiado tiempo se hicieron preguntas demasiado fáciles de responder.

La llegada de estas tecnologías también abre otra conversación que Gates menciona y que no se debería ignorar: la desigualdad.

No todas las personas, empresas o países van a adoptar la IA al mismo ritmo y eso mismo podrá suceder entre los distintos tipos de estudiantes. Si no hacemos algo, la IA puede convertirse no solamente en una herramienta de productividad, sino también en una nueva fuente de desigualdad, y es ahí es donde se debe insistir en trabajar juntos.

Fuente: https://exitoeducativo.net/firmas-expertos-en-educacion/bill-gates-tiene-razon-el-problema-de-la-ia-no-es-tecnologico