Bienestar digital en la adolescencia: un reto formativo para la prevención educativa

Publicado: 22 abril 2026 a las 6:00 pm

Categorías: Artículos

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Por Alejandra Barreiro Collazo

Es urgente enseñar a vivir a jóvenes y adolescentes con la hiperconectividad que nos rodea. La formación docente y la implicación de toda la comunidad educativa son claves para garantizar que la conexión digital no derive en desconexión emocional.

El teléfono móvil forma parte estructural de la vida adolescente

El teléfono móvil forma parte estructural de la vida adolescente. Revisarlo antes de dormir, despertarse consultando notificaciones o experimentar inquietud cuando se olvida en casa son conductas normalizadas. La cuestión ya no es si deben usar tecnología, sino cómo la están utilizando y con qué herramientas cuentan para gestionarla.

La evidencia reciente muestra que el acceso a dispositivos digitales se produce cada vez a edades más tempranas. En España, la edad media de acceso al primer teléfono móvil se sitúa en los 10 años y 9 meses (Albacete-Maza et al., 2025), mientras que en países latinoamericanos como Colombia, Ecuador o Perú se sitúa entre los 11 y los 12 años. Esta exposición temprana se produce antes de que se hayan desarrollado plenamente las habilidades de autorregulación necesarias para un uso saludable.

Además, el móvil propio en la adolescencia es prácticamente universal. En España, alrededor del 95% de los adolescentes lo tienen (Aldeas Infantiles, 2026). En América Latina, las cifras también son elevadas: entre el 75% y el 81% (Comisión de Regulación de Comunicaciones, 2025; INEI, 2019). Estos datos reflejan un escenario en el que la hiperconectividad ya no es una excepción, sino la norma.

El acceso temprano a dispositivos no es casual. Una revisión reciente (Albacete-Maza et al., 2025) identifica varios factores que explican esta tendencia: la presión del grupo de iguales y el miedo a la exclusión social, las características del entorno familiar (como el número de hijos, la disponibilidad de internet o el uso de pantallas en el hogar), la madurez percibida del menor y las preocupaciones parentales relacionadas con la seguridad y la localización.

El problema es que, en muchos casos, primero llegan los dispositivos y después se advierten los riesgos. Las pantallas, los smartphones y el acceso constante a internet son realidades omnipresentes en la vida de niños y adolescentes, pero no siempre van acompañados de una educación adecuada sobre su uso.

En este contexto, el tiempo de exposición también resulta relevante. Los adolescentes entre 14 y 18 años dedican una media de 5,1 horas diarias entre semana y 6,7 horas los fines de semana al uso recreativo de pantallas (ESTUDES, Gobierno de España, 2025). Incluso en edades más tempranas, el uso es significativo: entre los 10 y los 14 años se sitúa en torno a 160 minutos diarios (Pons et al., 2021).

Nomofobia, FoMO y malestar emocional

La hiperconectividad no es un fenómeno superficial. Diversas investigaciones (Domoff et al., 2019; Sohn et al., 2019) han mostrado que el uso intensivo del móvil puede vincularse a malestar emocional cuando no existe autorregulación. Uno de los fenómenos más estudiados es la nomofobia, definida como el miedo intenso a quedarse sin acceso al teléfono móvil.

En algunos estudios, hasta nueve de cada diez adolescentes presentan algún grado de esta problemática (Rodríguez-García et al., 2020). A esta dinámica se suma el Fear of Missing Out (FoMO), descrito por Przybylski et al. (2013) como la inquietud persistente por perderse experiencias relevantes. Este fenómeno se asocia con una mayor necesidad de conexión constante y con dificultades para desconectar, lo que puede interferir en el descanso, la concentración y el bienestar emocional.

No obstante, la respuesta no puede limitarse a la prohibición. El verdadero desafío es educativo. El uso de la tecnología por parte de menores requiere una orientación que garantice un desarrollo saludable, seguro y equilibrado, tal como señalan organismos internacionales como la UNESCO (2023) y la World Health Organization (2019).

Desde una perspectiva preventiva, pueden distinguirse varias estrategias claves. En primer lugar, las estrategias informativas, centradas en ayudar a los adolescentes a comprender tanto las ventajas como los riesgos de la tecnología.

Las redes sociales, por ejemplo, facilitan la comunicación, la expresión emocional y la construcción de relaciones, pero también pueden favorecer procesos de comparación social y dependencia (Valkenburg et al., 2022).

En segundo lugar, las estrategias formativas, orientadas al desarrollo de factores de protección como la autorregulación, el pensamiento crítico o la gestión emocional. Estas competencias han sido identificadas como claves para un uso saludable de la tecnología y para la prevención de conductas problemáticas en la adolescencia (OECD, 2021).

bienestar emocional En algunos estudios, hasta nueve de cada diez adolescentes presentan algún grado de nomofobia.

En tercer lugar, las estrategias de generación de alternativas, que promueven formas de ocio saludable fuera del entorno digital. La evidencia muestra que la participación en actividades deportivas, culturales o sociales actúa como factor protector frente a conductas adictivas y favorece el bienestar psicológico en jóvenes (Twenge et al., 2018).

El papel de las familias y los docentes

El papel de las familias y los docentes es fundamental en este proceso. No basta con señalar los riesgos; es necesario acompañar. Para ello, resulta clave que los adultos desarrollen competencias digitales que les permitan comprender el funcionamiento de las plataformas y dialogar con los menores desde el conocimiento (Cabello-Hutt et al., 2018).

Asimismo, el modelado adulto adquiere un papel central. Los niños y adolescentes aprenden no solo de lo que se les dice, sino de lo que observan. Un uso equilibrado de la tecnología por parte de las personas adultas favorece la interiorización de hábitos saludables (Lauricella et al., 2015).

Otro aspecto relevante es fomentar el pensamiento crítico. Enseñar a los jóvenes cómo funcionan los algoritmos o cómo se construyen los contenidos digitales permite “desnaturalizar” la información que consumen y reducir el impacto de fenómenos como la burbuja informativa (Guess et al., 2020).

A nivel social, también es necesario avanzar hacia políticas de protección que ayuden a reforzar la protección de su salud mental en entornos digitales (European Commission, 2022). En este escenario, la formación del profesorado debe incorporar contenidos vinculados al bienestar digital, la prevención de conductas adictivas y la educación emocional en entornos tecnológicos. No se trata solo de enseñar competencias digitales instrumentales, sino de abordar sus implicaciones psicológicas y sociales (UNESCO, 2023).

La hiperconectividad no desaparecerá. Lo que sí puede transformarse es la manera en que educamos para convivir con ella. En ese proceso, la formación docente y la implicación de toda la comunidad educativa serán determinantes para garantizar que la conexión digital no derive en desconexión emocional.

(*) Alejandra Barreiro Collazo es docente de UNIR. Doctora en Psicología y Educación por la Universidad de Oviedo.

Fuente: https://www.unir.net/revista/educacion/bienestar-digital-adolescencia-reto-formativo-para-prevencion-educativa