Publicado: 4 noviembre 2026 a las 3:00 am
Categorías: Entrevistas
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Por Alba Bartolomé
El director de Aprendizaje Inclusivo de OFG Education explica por qué la personalización empieza por cambiar la cultura del centro y qué papel le toca al profesor en la era de la IA.

¿Cómo se forma a un alumno para un mundo que cambia más rápido que los propios currículos? Para OFG Education, la respuesta empieza por conocer a cada estudiante como individuo. Frente a un modelo escolar pensado para que todos avancen al mismo ritmo y por el mismo camino, este grupo educativo británico apuesta por una enseñanza que se adapta a las capacidades, los talentos y las ambiciones de cada alumno, sin renunciar por ello a la exigencia académica.
OFG Education es uno de los principales proveedores de educación especializada e inclusiva, con una red de más de 110 colegios y atiende a más de 14.000 niños y jóvenes de entre 4 y 25 años. En enero de 2026 dio su primer paso en Europa con la incorporación del Colegio Areteia, en Alcobendas (Madrid), un centro con más de 40 años de trayectoria en educación inclusiva y personalizada que ofrece itinerarios adaptados en todas las etapas, incluida la Formación Profesional.
Andrew Hammond, director de Aprendizaje Inclusivo de OFG Education, ha dedicado buena parte de su carrera a la educación inclusiva y a la dirección de centros escolares. Desde esa experiencia defiende que la personalización no es una concesión, sino la vía más sólida hacia mejores resultados. En esta entrevista explica qué significa hoy educar de forma personalizada, qué papel juega el profesor en la era de la inteligencia artificial y por qué, a su juicio, la cultura de un colegio pesa más que su currículo.
¿Qué significa realmente “educación personalizada” en el contexto actual?
–Significa conocer a cada estudiante como individuo y partir del punto en el que se encuentra en su aprendizaje y en su desarrollo, de modo que toda la enseñanza se adapte a sus capacidades, talentos y ambiciones de futuro. Y eso implica igualdad de oportunidades, de acceso y de ambición para todos.
¿En qué se diferencia del modelo escolar tradicional?
–El modelo educativo tradicional se parece a una línea de producción: en masa, estandarizado y con control de calidad. Se reúne a un gran número de estudiantes en un aula y se les pide que sigan un currículo común que debe desembocar en unas calificaciones reconocidas a nivel nacional.
El objetivo es que todos alcancen el nivel y que nadie se quede atrás. Es un objetivo noble, pero tiene dos problemas de fondo. El primero, que el criterio para juzgar si un alumno ha alcanzado el estándar se centra en cuántos conocimientos académicos es capaz de retener para llegar a una puntuación mínima. El segundo, que no todos los niños aprenden al mismo ritmo ni de la misma manera.
Cuando un estudiante se queda por debajo de ese estándar, el modelo tradicional activa mecanismos de control e intervenciones para ayudarle a alcanzar el nivel esperado.
¿Por qué considera que ese modelo no funciona?
–Funcionaría muy bien si fabricáramos coches. Pero los estudiantes no son coches y las escuelas no son fábricas. En el modelo industrial, las diferencias se consideran “fallos”: se reparan o se rechaza el producto. En una escuela, las diferencias deben celebrarse. En una fábrica, todos los productos se ensamblan igual, por coherencia y control de calidad. Pero a los niños no se les “monta”. Por suerte, no existe un plano.
Si partimos de que cada estudiante es diferente, el foco pasa a estar en el potencial individual de cada alumno, y adaptamos nuestra propuesta en consecuencia. Las trayectorias y los destinos finales serán distintos, como debe ser: algunos seguirán una vía académica y otros, una formación profesional. Pero en todos los casos aplicamos la misma calidad rigurosa y la misma ambición incansable. El aprendizaje personalizado no es una alternativa al rigor académico: un enfoque más personalizado acelera el aprendizaje y conduce a mejores resultados para cada estudiante.
¿Qué ocurre en el aula cuando se deja de mirar a la media y se empieza a mirar al potencial individual?
–Que los logros personales pasan a importar más que la posición en un ranking. Nuestro trabajo es ayudar a cada estudiante a encontrar su propio camino hacia el éxito, y en el aula eso implica adaptar tanto la enseñanza como los recursos para que cada uno pueda acceder al aprendizaje y progresar.
Por supuesto, queremos que todos nuestros alumnos obtengan titulaciones reconocidas a nivel nacional o internacional. Pero sabemos que el mejor camino para llegar a ellas rara vez es el estándar. Para nosotros, se trata de identificar lo que necesita cada estudiante a lo largo de su recorrido para conseguirlas.
¿Cómo se lleva esa idea a la práctica en OFG Education?
–A través de nuestro modelo de enseñanza CRAFT, siglas en inglés de Customize, Respond, Ambitious, Focus y Talent. Es un modelo que da prioridad a identificar las habilidades y capacidades únicas de cada alumno. A partir de ahí, personalizamos la enseñanza, respondemos en el aula a las necesidades y al potencial de cada estudiante, somos ambiciosos con cada uno de ellos y nos centramos en su talento, sea cual sea.
Habla del talento de cada alumno. ¿Cómo se identifica sin caer en etiquetas?
–Tras muchos años de trabajo en educación especial, hemos aprendido que cada estudiante tiene fortalezas, desafíos, talentos y ambiciones únicos. Algunos se enfrentan a barreras importantes para aprender, y lo esencial es identificar esas barreras y todo lo que las rodea.
Nos esforzamos para que una “etiqueta” nunca suponga una pérdida de confianza o de autoestima para el alumno. Todo lo contrario: debe ayudarle a comprenderse mejor y aportarle estrategias que le den autonomía y le faciliten el aprendizaje.
Una vez identificadas esas barreras, ¿cómo se trabaja con el alumno?
–No existe una solución única para todos. Dos estudiantes con barreras similares para aprender, en la realidad del aula, necesitarán enfoques distintos, apoyos distintos.
Por eso queremos empoderar a nuestros estudiantes: que comprendan sus propios retos y barreras para aprender, porque esa comprensión les da una mayor confianza en su propia capacidad. Cuando sabemos qué nos resulta difícil, podemos encontrar por nosotros mismos la forma de afrontarlo y superarlo. Queremos formar aprendices autónomos e independientes, que confíen en sí mismos para lograr el éxito.
¿Cómo se concreta ese acompañamiento en OFG Education ?
–En nuestras escuelas tenemos lo que llamamos los Achievement Hubs, que son a la vez un espacio físico y una filosofía compartida, y que ofrecen al estudiante orientación y sentido de pertenencia. A partir de sus intereses, habilidades y ambiciones, le ayudamos a trazar su propio camino en la escuela: el que le garantice las mejores posibilidades de éxito cuando termine su etapa escolar.
¿Podríamos decir que la educación personalizada no solo cambia la forma de enseñar, sino también la forma de mirar al estudiante?
–Sin duda. Cuando un estudiante entra en un aula, no deja su cuerpo en la puerta y entra solo con su intelecto: trae consigo a la persona entera. Por eso, en nuestros colegios es esencial contar con un espacio, tanto físico como intelectual, que nos permita conocer al niño en su totalidad y adaptar nuestras estrategias educativas a sus necesidades y ambiciones.
Una educación de calidad está impregnada de significado y propósito para cada estudiante. Para que eso sea posible, el aprendizaje tiene que ser relevante para sus objetivos y ambiciones, y estar alineado con su manera de ver el mundo y con el papel que quiere desempeñar en él. Por eso nos esforzamos en conocer excepcionalmente bien a nuestros alumnos.
¿Qué papel juega el profesor en este modelo?
–Hace tiempo que los profesores dejaron de ser la única fuente de conocimiento académico para los estudiantes. Antes de la llegada de internet y los smartphones, salvo que uno creciera en un hogar con muchos recursos culturales, la mayor parte de ese conocimiento llegaba a través de los profesores.
Hoy, el conocimiento global está al alcance de cualquiera con un clic, deslizando la pantalla o, simplemente, preguntando a un asistente de inteligencia artificial. El conocimiento se ha democratizado y está disponible para todos, las 24 horas del día, los 7 días de la semana.
Por eso, uno de los papeles clave del profesor hoy es ayudar a los estudiantes a moverse por ese conocimiento global con criterio y con propósito. Ayudarles a encontrar su ancla, para que no se dejen arrastrar por la marea de las redes sociales y las noticias falsas.
Todos somos aprendices, también los profesores. Lo que ocurre es que algunos llevamos más tiempo aprendiendo y hemos descubierto estrategias útiles que nos permiten facilitar el aprendizaje de los demás.
Más allá del conocimiento, ¿qué necesitan hoy los jóvenes?
–El conocimiento, por sí solo, nunca es suficiente. Los jóvenes necesitan confianza, curiosidad, resiliencia, adaptabilidad, capacidad de comunicación, creatividad y la habilidad de aplicar lo que saben a situaciones nuevas. Necesitan estas habilidades humanas más que nunca, en un momento en el que la inteligencia artificial está transformando el aprendizaje y redibujando las profesiones del futuro.
Para desarrollarlas, los estudiantes necesitan sentirse seguros, en un entorno en el que se sientan valorados. Ahí el papel del profesor es crucial: crear un aula inclusiva y construir una relación positiva con cada alumno, para que esté en las condiciones adecuadas para aprender.
¿Qué debe cambiar primero en un centro educativo para que la personalización deje de ser un concepto teórico?
–Es una pregunta muy interesante. Para mí, se trata de cultura. Como director de colegio, siempre he defendido la cultura por encima del currículo. La intencionalidad de un líder escolar, que actúa como arquitecto cultural de su centro, es lo que acaba marcando la mayor diferencia en los resultados de los estudiantes.
Nosotros trabajamos por una cultura de colaboración y respeto mutuo. Mi rechazo a clasificar a los estudiantes según sus resultados académicos nace de la convicción de que esas comparaciones generan una cultura de competición, en la que la comparación social negativa acaba determinando el éxito o el fracaso. Las aulas se convierten en hipódromos, con algunos participantes mejor preparados para la carrera que otros. La educación personalizada requiere, en cambio, un entorno estable e inclusivo en el que cada estudiante sienta que tiene algo que aportar al grupo, sea cual sea su talento.
¿Y cómo se construye esa cultura?
–Cada director cuenta con activos culturales que le permiten dar vida a la visión y los valores del centro y llevarlos a las aulas y los pasillos.
Si tomamos como referencia el trabajo de Edgar Schein sobre cultura organizacional (2004), vemos que toda cultura tiene artefactos (costumbres y normas) que moldean la forma en que funciona una organización. Esos artefactos se apoyan en valores y creencias compartidos, que, a su vez, se sustentan en supuestos profundamente ligados al propósito mismo de la organización: aquello para lo que ha sido creada, lo que aspira a lograr.
En definitiva, lo primero que debe cambiar es la cultura. Hay que construir una cultura escolar sustentada en un propósito más amplio, alineada con la visión y los valores del centro, y no de espaldas a ellos. Debemos reconocer que cada estudiante tiene un futuro extraordinario por delante, y que nuestro trabajo es ayudarle a encontrar su propio camino hacia una vida adulta plena. Nuestras costumbres y normas, nuestros valores y creencias, deben estar al servicio de ese propósito.
¿Cómo se equilibra la personalización del aprendizaje con la necesidad de unos objetivos académicos comunes?
–No son excluyentes. Mejoramos los resultados académicos precisamente cuando personalizamos la experiencia de aprendizaje.
La ambición académica es clave en todo lo que hacemos. Para nosotros, la educación no consiste solo en adquirir conocimientos, sino en alcanzar la comprensión. Y esa comprensión nace de un compromiso profundo y activo con el aprendizaje.
Siempre he creído que no solo importa lo que sabes, sino lo que eres capaz de hacer con ello, y eso está íntimamente ligado a cómo te sientes. Al personalizar la experiencia de aprendizaje (conociendo a nuestros estudiantes, identificando las formas más eficaces de darles autonomía como aprendices y ayudándoles a sentirse parte del grupo y del aula), multiplicamos sus posibilidades de alcanzar esos objetivos académicos comunes.
Un enfoque personalizado no sustituye al académico: es una vía más sólida para llegar, al final, a mejores resultados.
¿Podría compartir algún ejemplo en el que haya visto con claridad el impacto de este enfoque?
–Hace poco tuve la suerte de visitar el Colegio Areteia, en Madrid, y me impresionó mucho ver al equipo trabajar incansablemente para personalizar la experiencia de aprendizaje de sus alumnos, ayudándoles a superar sus barreras individuales y a desarrollar su potencial único. El plan de estudios es amplio, las actividades complementarias son numerosas y la cultura del colegio aporta a cada estudiante un poderoso sentido de pertenencia y de valor individual. Esa es la plataforma desde la que construirán su futuro.
En Areteia, como en todos nuestros colegios, los alumnos pueden seguir un itinerario académico o profesional que los prepara para el futuro. Y es posible porque el colegio es un lugar en el que se sienten reconocidos y valorados, ganan confianza en sí mismos y descubren lo que les apasiona.
El aprendizaje al aire libre, las artes, la música y el deporte enriquecen los resultados académicos, porque ofrecen a los estudiantes más formas de aplicar lo que saben, ganar confianza y descubrir sus talentos.
En el día a día, ¿qué metodologías o herramientas funcionan mejor para personalizar el aprendizaje?
–Aplicamos una metodología propia que permite a los estudiantes adquirir conocimiento (Acquire), conectarlo (Connect) con lo que ya saben y con el mundo que les rodea, y después transformarlo (Transform) mediante la adaptación y la reflexión. Llamamos a este modelo ACTIVE. Basado en la investigación y la evidencia, fomenta el aprendizaje autónomo e integra en el currículo las habilidades para el futuro, de modo que cada estudiante adquiere conocimientos académicos al mismo tiempo que aprende a aprender y a pensar de forma crítica y creativa.
Al identificar un amplio abanico de habilidades y actitudes hacia el aprendizaje, reconocemos las muchas formas en que los estudiantes pueden crecer y prepararse para un futuro que será único para cada uno.
Además, recogemos su crecimiento personal y sus logros en el ACTIVE Portrait, un registro digital que muestra las aportaciones y los éxitos de cada alumno a lo largo de toda su vida escolar.
Uno de los grandes retos suele ser la escala. ¿Es posible personalizar el aprendizaje en centros grandes?
–El aprendizaje personalizado es, ante todo, una mentalidad, una actitud. Requiere que el profesor conecte con sus alumnos, identifique sus necesidades, habilidades y aspiraciones, y adapte su enseñanza en consecuencia.
Con dedicación y un intercambio de información muy eficaz, cualquier escuela puede personalizar el aprendizaje, independientemente de su tamaño.
Todo vuelve a la cultura: al propósito de la organización, a sus valores y creencias, y a cómo pasan del papel a la práctica diaria. Una cultura inclusiva y acogedora no es exclusiva de las organizaciones pequeñas. En OFG Education celebramos los talentos individuales de cada miembro del equipo y nos esforzamos para que todos nos sintamos con autonomía y capacidad de decisión para hacer nuestro trabajo. Eso es lo que queremos en cada aula.
Mirando al futuro, ¿cómo imagina un sistema educativo verdaderamente centrado en el estudiante dentro de diez años?
–Imagino una educación mucho más personalizada y adaptada. Las nuevas tecnologías ya están dando a cada estudiante más responsabilidad, más opciones y más independencia, y en el futuro habrá todavía más herramientas para que los jóvenes se conviertan en autores de su propia historia. Creemos que las habilidades y actitudes que tendremos que enseñar en la escuela son, precisamente, las de nuestro modelo ACTIVE: el pensamiento crítico, la colaboración, la comunicación, el discernimiento y la perseverancia, entre otras.
Miremos a diez, a cincuenta o a cien años vista, hay verdades universales sobre la naturaleza humana que no van a cambiar. Siempre necesitaremos sentir que pertenecemos a algo, tendremos el impulso de construir y crear, y nos moverá el deseo de cuestionar, explorar y adaptarnos.
Si el propósito de la escuela es preparar a los jóvenes para la vida adulta, ¿qué debería cambiar en lo que enseñamos?
–Debemos reconocer y celebrar la amplia gama de cualidades humanas que hacen posible una vida adulta activa y plena. En el modelo tradicional se dedica mucho tiempo a aumentar la “capacidad de cálculo” de los estudiantes, es decir, su capacidad para retener y recuperar datos. Eso es solo una fracción de lo que significa ser humano y, paradójicamente, es justo el tipo de inteligencia en el que la IA ya nos ha superado con creces.
Si queremos prepararnos para el futuro, es hora de atender a todas esas otras dimensiones humanas que harán que nuestros estudiantes sean únicos, que tengan éxito y que aporten valor a la sociedad.
Fuente: https://www.magisnet.com/2026/11/andrew-hammond-personalizar-no-es-rebajar-la-exigencia-es-una-forma-de-obtener-mejores-resultados/
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