Publicado: 12 marzo 2026 a las 4:00 pm
Categorías: Entrevistas
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Por Luis Miralles

Zineb Rimi Mounfalouti es exjugadora de la selección marroquí de baloncesto, entrenadora, educadora deportiva y autora del libro Más allá del juego. Fundadora de Zineb Social Basket, ha convertido el baloncesto en una herramienta educativa y social para acompañar a niños, jóvenes y mujeres en su desarrollo personal.
Su trayectoria está marcada por el deporte, la migración y una profunda vocación educativa. A través de su trabajo une educación, valores y diversidad cultural, transmitiendo desde la cancha una filosofía basada en el coraje para levantarse, el amor por el esfuerzo y la disciplina para construir una vida con propósito.
En su libro Más allá del juego recoge esta mirada sobre el deporte como escuela de vida. Para Zineb, el deporte no solo forma jugadores, sino personas. Cree profundamente que todos los niños tienen dones, y que el verdadero papel del educador es ayudarles a descubrirlos, acompañarlos y pulir su talento con paciencia y confianza. Por eso suele recordar que los niños son almas antes que jugadores. Desde esa mirada, su misión no es cambiar la vida de nadie, sino acompañar procesos de transformación, creando espacios donde cada niño pueda descubrir su potencial y aprender que, tanto en la cancha como en la vida, siempre existe la posibilidad de levantarse y seguir jugando.
Mi camino ha sido una suma de muchas experiencias. Crecí en Marruecos en una familia musulmana muy trabajadora y numerosa, con 8 hermanas y hermanos, donde desde pequeños aprendimos el valor del esfuerzo, el respeto y la unión familiar. Esa base fue muy importante para mí.
Mi padre era ebanista y yo lo acompañaba muchas veces en su taller. Con el tiempo incluso trabajé con él. En aquel contexto no era muy habitual que una mujer trabajara en un oficio como la ebanistería, pero esa experiencia me enseñó disciplina, paciencia y amor por el trabajo bien hecho.
Al mismo tiempo, el deporte siempre estuvo muy presente en mi vida. Empecé con el atletismo, el balonmano y después llegó el baloncesto, que marcó profundamente mi camino. El deporte me dio herramientas como la constancia, la resiliencia y la confianza.
Más adelante también viví el reto de emigrar y empezar una nueva vida en otro país. Aquí también he tenido que aprender mucho, estudiar, adaptarme y superar dificultades. Pero creo que todo suma: mi familia, el trabajo con mi padre, el deporte y todas las experiencias vividas aquí.
Todo ese conjunto es lo que ha construido la persona que soy hoy. Y gracias a ese camino ahora intento transmitir a los demás que, con valores, esfuerzo y confianza, siempre es posible seguir adelante.
He encontrado muchas escuelas donde existe un compromiso muy bonito con la diversidad y con el acompañamiento real a los alumnos. Cuando una escuela mira a cada niño como una persona única, con su historia, su cultura y su realidad, se crea un ambiente donde todos pueden crecer con más confianza.
Algo que valoro mucho es cuando los centros fomentan el respeto entre culturas y enseñan a los niños a convivir desde pequeños con la diferencia como algo natural. Cuando esto se trabaja bien, no solo mejora el aprendizaje, también mejora la convivencia y el bienestar de los alumnos.
También me parece muy positivo cuando la escuela apuesta por la educación en valores: el respeto, el esfuerzo, el trabajo en equipo y la empatía. En ese sentido, el deporte puede ser una herramienta muy poderosa dentro de la escuela, porque enseña de forma muy práctica a cooperar, a superar dificultades y a confiar en los demás.
Creo que estos aspectos (la atención a la diversidad, la educación en valores y el uso del deporte como herramienta educativa) son prácticas que deberían extenderse cada vez más, porque ayudan a formar no solo buenos estudiantes, sino también buenas personas.
Creo que la escuela ha avanzado mucho, pero todavía puede seguir mejorando en algunos aspectos importantes. Uno de ellos es dedicar más espacio a la educación emocional y a los valores. Los niños y adolescentes no solo necesitan conocimientos académicos, también necesitan aprender a gestionar sus emociones, a relacionarse con los demás y a creer en sí mismos.
También pienso que es importante seguir trabajando en la inclusión real. Muchas veces la diversidad está presente en las aulas, pero todavía falta crear más espacios donde todos los niños se sientan verdaderamente vistos, escuchados y valorados, independientemente de su origen o su situación.
Otro aspecto que podría fortalecerse es la conexión entre la escuela y las familias. La educación no es solo responsabilidad de la escuela, es un trabajo en equipo. Cuando las familias se sienten parte del centro (participando en reuniones, en asociaciones como el AMPA o en actividades del colegio) se crea una comunidad educativa mucho más fuerte.
La familia es el primer lugar donde los niños aprenden valores. Cuando escuela y familia caminan juntas, el impacto en los niños es mucho más profundo. Por eso es importante crear espacios donde todos los padres, también los que vienen de otras culturas o países, se sientan acogidos y parte de la escuela.
En definitiva, creo que la escuela tiene una gran oportunidad de seguir evolucionando hacia una educación más integral, donde no solo se formen buenos estudiantes, sino también personas con valores, confianza y capacidad para convivir en una sociedad diversa.
Les diría que no tengan miedo de ser quienes son y de sentirse orgullosos de su historia y de sus raíces. Cuando llegas a un lugar nuevo es normal sentir inseguridad, no entender todo o pensar que eres diferente. Pero con el tiempo uno descubre que precisamente esa diversidad también es una riqueza.
Las barreras existen, y a veces pueden ser el idioma, la adaptación a una nueva cultura o incluso algunos prejuicios. Pero también he visto muchas veces que, con esfuerzo, con paciencia y con confianza en uno mismo, esas barreras se pueden superar.
Yo misma he vivido ese proceso al llegar a otro país y empezar de nuevo. Por eso les diría que confíen en sus capacidades, que aprovechen las oportunidades que les ofrece la escuela y que nunca olviden de dónde vienen. Su historia forma parte de su fuerza.
Y también les diría algo muy importante: no están solos. Siempre hay personas (profesores, entrenadores, compañeros) que pueden acompañarlos en ese camino. A veces solo hace falta tiempo, trabajo y creer que uno también tiene un lugar en ese equipo que es la escuela.
Les diría que miren a sus compañeros con curiosidad, respeto y empatía. Cada niño trae consigo una historia, una cultura y una forma de ver el mundo, y eso puede enriquecer mucho a todos.
También les invitaría a hacerse una pregunta muy sencilla: imagina que tú tuvieras que ir a vivir a otro país, a otra escuela, donde todo es nuevo para ti. ¿Cómo te gustaría que te trataran? Seguramente te gustaría que te ayudaran, que te invitaran a jugar, que te hicieran sentir parte del grupo.
Hay niños que han nacido aquí y otros que han llegado de otros lugares. Para los que vienen de fuera muchas veces es más difícil, porque tienen que adaptarse a un idioma nuevo, a nuevas costumbres, y a veces incluso han tenido que dejar parte de su familia atrás. Por eso es muy importante la empatía.
Al final, todos somos niños con las mismas ganas de aprender, de jugar y de tener amigos. Las circunstancias de la vida pueden cambiar y dar muchas vueltas; hoy ayudas a alguien que viene de fuera y mañana quizá seas tú quien llegue a un lugar nuevo.
Por eso lo más importante es recordar que, más allá de las diferencias, todos formamos parte del mismo equipo cuando estamos en la escuela. Un pequeño gesto de amistad puede hacer que alguien se sienta mucho más acompañado.
Desde mi experiencia, uno de los aspectos más importantes es recordar que el deporte en la infancia debe ser, ante todo, una herramienta educativa. Más allá de la competición, el deporte tiene un enorme potencial para enseñar valores como el respeto, el esfuerzo, la disciplina, el trabajo en equipo y la gestión de las emociones.
También es importante no olvidar que no todos los niños están preparados para competir, y que el deporte no debería centrarse solo en la federación o en los resultados. Para muchos niños el deporte debe ser, primero, un espacio de disfrute, de descubrimiento y de diversión. Es un lugar donde pueden expresarse, desarrollar su creatividad y sentirse libres mientras juegan y aprenden.
Creo que es fundamental que entrenadores, escuelas y clubes cuiden mucho el acompañamiento humano de los niños. Cada niño tiene su propio ritmo de aprendizaje y desarrollo, y el deporte debería ser un espacio donde puedan crecer con confianza, disfrutar del proceso y descubrir sus capacidades.
Otro aspecto clave es la colaboración con las familias. Cuando entrenadores, escuelas y padres trabajan juntos, se crea un entorno mucho más sano para los niños. La familia juega un papel muy importante en el proceso educativo y deportivo, y su implicación ayuda a reforzar los valores que se transmiten en el campo o en la cancha.
Y, por último, creo que es importante que el deporte sea accesible para todos los niños y niñas, independientemente de su origen o de su situación. El deporte tiene una capacidad extraordinaria para unir a las personas, crear comunidad y ayudar a los jóvenes a sentirse parte de un equipo.
Al final, el objetivo no debería ser solo formar buenos deportistas, sino sobre todo personas que aprendan herramientas para la vida a través del deporte y que descubran la alegría de jugar.
Fuente: https://periodicoeducacion.info/2026/03/09/zineb-exjugadora-y-entrenadora-de-baloncesto-educadora/
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