Publicado: 2 febrero 2026 a las 10:00 pm
Categorías: Entrevistas
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Por Víctor Yustres
En esta entrevista, Yayo Herrero aborda el potencial de las ciudades educadoras para sostener la vida digna, reforzar los cuidados y construir comunidad en un contexto de crisis ecológica y social.

Foto: David Sabadell
Yayo Herrero (Madrid, 1965) es investigadora, ingeniera técnica agrícola, profesora, activista y una de las voces más influyentes del ecofeminismo en Europa. Hablamos con ella sobre qué son y qué potencial tienen las ciudades educadoras y sobre iniciativas y prácticas inspiradoras para construir comunidades educadoras más allá de los muros de las escuelas.
Antes de hablar del porqué de una ciudad educadora, sitúas el punto de partida en una reflexión previa: es necesario reconocer la vulnerabilidad de la vida humana. ¿A qué te refieres?
Me refiero a que deberíamos ser conscientes de algo que es obvio pero que quizá no vemos: los seres humanos estamos dentro de una trama de la vida de la que formamos parte y de la que obtenemos absolutamente todo lo necesario para vivir. Está integrada por aire, plantas, microorganismos, animales… Es una trama que se autoorganiza: nadie fabrica el agua, ni el oxígeno que respiramos, ni hace la fotosíntesis para producir alimentos. Es decir, somos radicalmente ecodependientes.
Y, por otro lado, los seres humanos estamos encarnados en cuerpos que son vulnerables; es decir, que necesitan alimento, refugio, vivienda, relaciones, cuidados… Esto significa que no hay ningún ser humano que pueda ser nunca completamente independiente: la vida humana siempre se desarrolla en una comunidad, en una sociedad en la que unas personas se ocupan de otras. Esto quiere decir que el ser humano, además de ecodependiente, es interdependiente.
Por eso, es necesario trabajar para sostener intencionalmente la vida humana y para que todas las personas podamos aspirar a tener una vida decente. Es decir, que construyamos economías, políticas y culturas que pongan la vida en el centro y se hagan cargo de esta vida vulnerable. Partiendo de aquí, ya podemos preguntarnos por qué queremos construir una ciudad educadora.
¿Qué significa, entonces, hablar de “ciudad educadora”, en este contexto de crisis ecológica y social que vivimos?
Desde que nacemos hasta que morimos, estamos aprendiendo. Necesitamos aprender a vivir, a hacer absolutamente todo. Y la educación, por tanto, es un proceso que solo se interrumpe con la muerte. En este momento, además, lo hacemos en un contexto de profundísima crisis ecosocial, que se plasma en el calentamiento global, en la pérdida de biodiversidad, en la alteración de ciclos naturales de los que dependemos o en el agotamiento de algunos bienes básicos finitos. Casi todos los datos de los que disponemos evidencian cómo crecen las desigualdades entre países y también dentro de los propios países. Vivimos un momento en el que hay muchas personas que tienen trabajo, pero no llegan a fin de mes y tienen dificultades para acceder a la vivienda o para alimentarse con alimentos suficientes y de calidad. Y además, tal como ha comenzado el año, estamos viendo cómo el rearme, la guerra o la violencia pueden ser respuestas distópicas a las crisis ecosociales.
En estos contextos, cuando hablamos de ciudad educadora, estamos hablando de la posibilidad de construir núcleos de convivencia, comunidades articuladas en ciudades, municipios más pequeños o zonas rurales, en los que construimos las posibilidades que hacen que la vida digna de todas las personas sea una prioridad. Una ciudad educadora es una ciudad que pone todas las bases para que esto sea posible.
Es también una ciudad que se compromete con el desarrollo de todas las habilidades y capacidades, para que todas las personas sean corresponsables en el cuidado de la vida. Una ciudad educadora es una ciudad que acoge. Y es también una ciudad que se compromete con el aprendizaje de todo lo necesario para que la vida pueda vivirse con dignidad.
Uno de los puntos clave de la idea de ciudad educadora es que entiende la educación más allá de los muros de la escuela. ¿Cuáles son las claves, según tu opinión, para ampliar la mirada y trabajar en base a las diversas comunidades educativas?
En primer lugar, debemos reconocernos como sujetos de aprendizaje a lo largo de todo nuestro ciclo vital. Es decir, a lo largo de la vida aprendemos muchas más cosas y durante mucho más tiempo que aquello que aprendemos en el centro escolar, aunque los centros escolares son absolutamente cruciales para el desarrollo de la vida. Pero también aprendemos en los barrios, en nuestros entornos y contextos familiares, en nuestros núcleos de convivencia o a través de los medios de comunicación. Aprendemos también en los espacios de ocio y tiempo libre o en los movimientos sociales, por ejemplo, de una forma muy intensa. Educan también las instituciones públicas, los discursos políticos o muchas instituciones autoorganizadas en los barrios que sostienen la vida. Por tanto, la ciudad educadora tiene una vertebración importantísima que es comunitaria y, por eso, la creación y el mantenimiento de las comunidades es absolutamente crucial.
¿Y cómo se construyen estas redes en el modelo urbano actual, que se basa sobre todo en el consumo, en el crecimiento económico y en la concepción del espacio público más como lugar de paso que para la vida en comunidad?
Yo diría que se sostiene con mucha resistencia, creatividad y también con importantes alianzas público-comunitarias. Es importante que las políticas públicas confíen en la capacidad de autoorganización de la gente. Es necesario desplazar las alianzas público-privadas y centrarse en aquellas que se hacen con la sociedad civil organizada.
En los centros educativos el trabajo es fundamental, pero también en lo que Eric Klinenberg denomina “palacios del pueblo”, que son diferentes infraestructuras como los centros culturales, los polideportivos, las bibliotecas públicas o los centros de salud. Lugares donde, cotidianamente, se encuentran muchísimas personas y donde habría posibilidad de trabajar en la línea de lo que propugnan las ciudades educadoras.
Diría también que hay políticas que habitualmente no se relacionan tanto con la educación, pero que son políticas educativas. Por ejemplo, el urbanismo. Tenemos ciudades en las que es imposible estar, en las que todo el tiempo hay que ir de un lado a otro y no existen espacios que posibiliten el encuentro. Algunas personas mayores o con diversidad funcional, por ejemplo, para ir a su centro de salud necesitan forzosamente el coche porque no hay suficientes bancos que les permitan sentarse durante el trayecto.
La existencia de plazas, de parques, de espacios de ocio no monetizado es fundamental. Incluso el propio mantenimiento de bares y cafeterías que, en ocasiones, cumplen una importante función de servicio social. Yo vivo en un pueblo muy pequeño y aquí los bares cumplen una tarea central. También podría hablar del comercio de proximidad y de las pequeñas tiendas que vertebran y construyen comunidad. Todo esto ayuda a construir la ciudad educadora.

Has destacado el papel central de los cuidados en la propuesta de la ciudad educadora. Muchas veces suelen quedar fuera de las políticas educativas y urbanas en general. ¿Cómo los situamos en el centro?
De entrada, hay que nombrarlos. Por ejemplo, en las escuelas se cuida muchísimo. Y no solo lo hacen los y las docentes, sino el personal administrativo o de limpieza. También se cuida en los centros de salud, en las asambleas vecinales, en los núcleos domésticos… Lo más importante dentro de una ciudad educadora es favorecer y privilegiar todas aquellas actividades que sirven para sostener la vida digna y que muchas veces están invisibilizadas.
Esto es fundamental en un momento en el que se construyen discursos basados en la desconfianza y en la supuesta incapacidad de las personas para colaborar y cooperar, cuando la experiencia cotidiana es justamente la contraria. No es verdad que las personas sean desconfiadas, individualistas y que no se ocupen de nadie. Si fuera así, la gente se estaría muriendo por las esquinas. En realidad, en muchos lugares se cuida de la vida, aunque nos cueste verlo. Cuando alguien deja a su hija de solo cuatro meses en una escuela infantil con alguien a quien no conoce de nada, lo hace porque en el fondo confía en que esa persona totalmente desconocida cuidará de su hija. Cuando la gente está de acuerdo con que existan pensiones públicas es porque somos conscientes de que entre todas tenemos que hacernos cargo de las personas mayores. Es decir, hay una cadena de interdependencias que, en ocasiones, incluso se ha institucionalizado, fruto del trabajo colectivo. Deberíamos defender esto en un momento en el que van calando los discursos que aseguran que nadie se ayuda, porque no es verdad.
¿Podrías poner algunos ejemplos inspiradores que estén avanzando hacia la ciudad educadora o de buenas prácticas en la construcción de comunidades educadoras?
Para empezar, podemos hacer un ejercicio de memoria del movimiento vecinal, no desde la nostalgia, sino desde el aprendizaje histórico. En el conjunto del Estado español, muchas personas llegaron desde los pueblos a la ciudad esperando encontrar una utopía y se encontraron con barro y lugares sin asfaltar y sin servicios. El trabajo colectivo vecinal que se hizo tiene una parte importantísima de educación y de participación. Estas asociaciones vecinales fueron capaces de generar las transformaciones urbanísticas y sociales más importantes que han existido en nuestro país en los últimos 60 años. Muchos de estos movimientos vecinales siguen organizados y trabajando actualmente.
Otras experiencias muy interesantes son algunas iniciativas de construcción de vivienda en cesión de uso. Por ejemplo, el caso de La Borda, en Barcelona, me parece un ejemplo de proyecto en el que la participación y la autoorganización implican ya educación. Además, se produce una alianza entre una institución pública, que cede el terreno en unas determinadas condiciones, y una comunidad, que construye su vivienda con unos criterios ligados directamente al uso, fuera del mercado privado.
Me parece también muy interesante el proyecto Comunalitats urbanes, en Cataluña, que ha conseguido una asociación entre la economía social y solidaria y la institución para transformar municipios y barrios. De hecho, me parece que todo lo que se ha logrado hacer en torno a la economía social y solidaria, especialmente en Cataluña, es muy potente. Haber construido cooperativas de servicios financieros, de servicios energéticos o de movilidad son maneras de autoorganizarse y autoeducarse profundamente inspiradoras.
Hay muchos agentes educadores que se encuentran en municipios pequeños, tanto en los centros educativos como dentro de los ayuntamientos. ¿Por dónde crees que podrían empezar para construir ciudades educadoras e impulsar estas transformaciones de las que hemos hablado desde sus realidades locales?
Yo diría que hay que empezar por algo tan fundamental como cambiar la mirada. Vivimos en un marco cultural en el que nos hemos educado mirando la Tierra desde la superioridad y la instrumentalización, como si no formáramos parte de ella. En este marco, no hablamos de que el planeta tiene límites físicos ni de que los seres humanos somos interdependientes e incapaces de vivir en solitario, por mucho que tengas un sueldo altísimo o te consideres un sujeto plenamente independiente.
En mi experiencia, cuando he trabajado con gobiernos municipales en diferentes ámbitos (economía, servicios sociales o urbanismo) ha sido fundamental partir de ahí: de comprender que los discursos de odio que afloran o las políticas de guerra y rearme son una respuesta a la crisis de un modelo que ha creado una manera de organizar la vida en común que da la espalda a la comunidad y a la naturaleza.
Es difícil empezar a hacer algo que no sea reproducir lo mismo que hemos hecho siempre, aunque sea con buena intención, sin partir de aquí. Porque incluso aquello que consideramos alternativo en términos energéticos, sociales o alimentarios puede transformarse en algo monstruoso si no se es consciente de la situación de limitación y de colapso a la que hemos llegado por estar en guerra contra la vida.
Fuente: https://eldiariodelaeducacion.com/2026/02/02/yayo-herrero-ciudad-educadora-cuidados-vida-digna/
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