Vivir de la pedagogía no es hacer pedagogía

Publicado: 26 enero 2026 a las 4:00 pm

Categorías: Artículos

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Por Jordi Martí

Conviene empezar este artículo por algo que, a menos que alguien vaya muy justo de comprensión lectora, diciendo que esto que vais a leer a continuación no es una crítica a la pedagogía en su conjunto. Sería tan absurdo como culpar a la medicina de los médicos charlatanes. La pedagogía, como disciplina, tiene tradiciones, controversias, errores fértiles y aciertos discretos. El problema no es la pedagogía, sino cierta fauna que la utiliza como coartada estética para empresas que poco tienen que ver con enseñar a alguien algo.

Vivir de la pedagogía no es hacer buena pedagogía. Hay buena y mala, como hay buena y mala filosofía, buena y mala literatura, buena y mala política. Pero en nuestro tiempo se ha descubierto algo más rentable que enseñar bien, y es presentarse como pedagogo moral. La pedagogía, convenientemente formulada, es un bastión ético portátil. No explica, legitima. En la era del prestigio moral, enseñar es secundario; moralizar es el producto. Y eso algunos lo tienen muy aprendido.

No existe traje más respetable que el de educador. El pedagogo habla en nombre del niño, del futuro y de la sociedad mejor. Criticarlo tiene algo de blasfemia civil. Algunos han comprendido que la pedagogía no es solo una disciplina, sino una posición moral con inmunidad incorporada. Quien habla en nombre de la educación habla desde un púlpito sin iglesia.

En manos de estos actores, educar deja de ser transmitir conocimiento y pasa a ser administrar conciencia. El aula se convierte en escenario auxiliar de la política por otros medios. No se enseña historia o matemáticas; se enseña postura. No se forma criterio; se forma alineación. El conocimiento interesa en la medida en que puede ser adjetivado como crítico, inclusivo, transformador o consciente. El saber sin adjetivo es subversivo; el saber con adjetivo es dócil.

A veces se diría que algunos han confundido ideología con pedagogía, y pedagogía con púlpito. El discurso educativo se convierte en bastión moral. Quien lo domina no necesita razones, le basta con la entonación correcta. La ideología con bata blanca se vuelve indiscutible.

El truco más elegante consiste en sustituir el argumento por la sensibilidad. No se discute; se problematiza. No se refuta; se diagnostica. La ofensa se convierte en unidad de medida epistemológica y la incomodidad en criterio de invalidez. La complejidad, ese viejo vicio ilustrado, se trata como un síntoma. Nunca fue tan fácil ganar una discusión. Basta con declararla dañina.

En este teatro, el alumno deja de ser un sujeto cognoscente para convertirse en portador de identidad pedagógicamente explotable. Ya no importa qué piensa, sino qué encarna. Se lo clasifica, se lo segmenta, se lo convierte en evidencia viviente de un marco previo. Se celebra la diversidad como catálogo mientras se estrecha el rango de ideas tolerables. La pluralidad se gestiona; la disidencia se decora.

La heterodoxia es bienvenida siempre que sea ornamental, como una planta exótica en el vestíbulo de alguno de esos lugares de trabajo que algunos tan poco pisan.

El profesor, por su parte, muta de maestro en administrador de conciencia. Su autoridad no procede del dominio de la materia, sino de su competencia en el arte de no incomodar. No corrige errores conceptuales; corrige tonos. La clase adopta formas litúrgicas: palabras seguras, palabras de riesgo, palabras tabú. Hay disculpas preventivas, actos de contrición discursiva y absoluciones protocolarias. La ignorancia es un problema técnico; la incorrección moral, un delito simbólico.

Nunca se ha hablado tanto de pensamiento crítico y nunca ha sido tan coreografiado. Se enseña a criticar lo criticable, a sospechar de lo sospechoso, a cuestionar lo ya cuestionado. El pensamiento crítico se convierte en una danza ensayada. Los pasos están escritos, la música es conocida, la improvisación resulta vulgar. La crítica fuera del guion ya no es crítica. Es herejía administrativa.

En este uso expandido, la educación se convierte en terapia social preventiva. El alumno es paciente, la sociedad patología, el docente terapeuta. La historia se lee como expediente de culpas, la literatura como prueba pericial, la ciencia como relato situado. Educar ya no es enseñar, sino intervenir sobre la subjetividad antes de que la subjetividad tenga la mala costumbre de pensar por su cuenta. La escuela como clínica. Menos conocimiento, más diagnóstico.

Nada de esto es culpa de la pedagogía. Es culpa de su instrumentalización por parte de algunos como lenguaje de poder con pretensiones de neutralidad, de su conversión en ideología con bata blanca. La pedagogía se vuelve coartada, el saber accesorio y la virtud obligatoria. Se producen sujetos moralmente impecables y epistemológicamente frágiles, ciudadanos muy seguros de sus posiciones y muy poco entrenados en justificarlas. La seguridad moral es el sustituto barato del conocimiento.

Quizá esa sea la paradoja más elegante de nuestro tiempo. El haber descubierto que la educación, convenientemente formulada, puede ser una forma de poder tan amable que ya no parece poder. Y haber conseguido que enseñar a pensar resulte sospechoso, mientras enseñar a sentir correctamente se presenta como el último progreso de la civilización. El pensamiento es peligroso; la sensibilidad, obligatoria.

Sé que es un artículo muy diferente a lo que escribo habitualmente. Debo reconoceros que, antes de escribirlo, tenía un hilo para X maravilloso, con todas las frases finales de cada uno de los párrafos. Estoy pensando en determinados personajes. En algunos que defienden la codocencia (o pluridocencia) para poder fugarse sin que se note. En otros que se pasan el día señalando al disidente. Y, especialmente, en todos aquellos cuya máxima es dar una guerra cultural en educación pisando, siempre que pueden, en esos auditorios a los que son adictos a dar magistralmente su crítica a la clase magistral, a quienes osen cuestionar el que puedan vivir de la pedagogía.

Fuente: https://xarxatic.com/vivir-de-la-pedagogia-no-es-hacer-pedagogia/