Publicado: 23 febrero 2026 a las 6:00 pm
Categorías: Artículos
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Por Jordi Martí

Hay una tradición muy arraigada en redes sociales… descubrir la educación cada quince días.
Funciona así…
Alguien publica la foto de un supuesto ejercicio escolar, una nota enviada a familias, un cartel colgado en la puerta de un centro o una actividad «indignante». El algoritmo hace su magia, los opinadores profesionales entran en combustión espontánea y, en cuestión de horas, miles de personas que no han entrado en un aula desde que Felipe González llevaba chaqueta de pana ya saben exactamente qué está fallando en el sistema educativo.
Y lo mejor es que lo saben con total seguridad.
Si uno se guiara únicamente por lo que circula en redes, los centros educativos serían una mezcla entre un experimento sociológico sin control, un festival de ocurrencias pedagógicas sacadas de una tómbola y una especie de escape room emocional donde el profesorado improvisa cada mañana.
El problema es que ese aula viral no existe. Es como el Yeti. Mucha gente afirma haberlo visto, pero nadie logra demostrar que viva allí de manera estable.
Las imágenes que se comparten suelen ser recortes minúsculos de la realidad. A veces son actividades sacadas de contexto. Otras, directamente, montajes. Y muchas, simple y llanamente, interpretaciones creativas de alguien que ha decidido que indignarse da más viralidad que comprobar.
Porque comprobar es lento. Y la indignación necesita inmediatez.
Hemos pasado de analizar la educación con estudios, datos o experiencia a hacerlo con algo mucho más sólido… el pantallazo.
Un pantallazo es maravilloso. No tiene contexto, no tiene explicación y, sobre todo, no permite preguntas incómodas como si se trata de una actividad puntual, qué se estaba trabajando realmente, quién lo ha subido y con qué intención o, la más importante de todas… ¿es real?
Nada de eso importa. El pantallazo ya ha dictado sentencia. Es el equivalente educativo al «me han dicho que…» de toda la vida.
Las redes sociales tienen una lógica muy sencilla. Una lógica que hace que solo sobrevive lo que provoca reacción emocional. No lo que es habitual. No lo que funciona. No lo que es complejo. Solo sobrevive lo que enfada. Lo que sorprende. Lo que parece ridículo fuera de contexto.
Es decir, exactamente lo contrario de cómo funciona la educación real, que es lenta, repetitiva, llena de matices y, para desgracia del algoritmo, bastante poco espectacular.
Nadie se hace viral explicando que ha conseguido que un grupo entienda por fin las fracciones tras tres semanas de trabajo. Pero prueba a subir una actividad llamativa sin explicación. Ahí sí. Éxito garantizado.
En cualquier centro educativo pasan miles de cosas cada día. Algunas brillantes. Otras mejorables. Otras absolutamente normales.
Lo que llega a redes pertenece casi siempre a lo anecdótico, lo mal explicado, lo reinterpretado o, insisto porque sucede en demasiadas ocasiones y más con la IA, a lo directamente inventado.
Es como juzgar la gastronomía española basándose únicamente en fotos de piñas con pizza. Existir, existen. Representar, no representan. Y ya os digo yo que no hay pizzeria que las tenga en la carta o que, en caso de tenerlas, las pida alguien que no lleve en su cuerpo un exceso de cazalla.
Hay algo fascinante en la seguridad con la que se habla del aula desde fuera. La educación es probablemente la única profesión donde todo el mundo se siente experto por haber sido usuario del servicio cuando tenía doce años.
Nadie diagnostica un puente porque una vez cruzó uno. Nadie diseña un quirófano porque ha ido al médico. Pero educación… educación sí. Educación la arreglamos en un hilo, con una imagen o con un vídeo en TikTok.
Y así aparecen debates surrealistas construidos sobre materiales que jamás pretendieron decir lo que se afirma que dicen.
Mientras tanto en las aulas de verdad, que normalmente no salen en las redes, pasan cosas mucho menos virales. Te puedes encontrar a docentes preparando clases que no van a fotografiar para Instagram. Te puedes encontrar a alumnado aprendiendo a base de ensayo y error (mucho error, por cierto). Te puedes encontrar a equipos directivos resolviendo agresiones de baja o alta intensidad. Y lo que, seguro te vas a encontrar siempre, es una cantidad indecente de trabajo invisible que jamás cabrá en una publicación de tu red social favorita.
La educación real no es un meme. Es un proceso. Y los procesos, por definición, son aburridísimos de ver desde fuera.
Por tanto, qué os recomiendo a todos…
Pues que la próxima vez que veáis «lo que está pasando en los centros educativos»… respirad, contad hasta cinco y haced algo muy revolucionario. Tan revolucionario como es el simple hecho de dudar.
Dudad de la imagen perfecta para indignarse. Dudad del relato demasiado redondo. Dudad de la supuesta tendencia basada en un único ejemplo.
No sigamos analizando la escuela del siglo XXI con herramientas del bar de la esquina del siglo XX. No lo hagamos porque, aunque no os lo creáis, que una publicación tenga miles de reproducciones en las redes sociales, puede llegar a hacer mucho daño en esas aulas donde sucede la magia. Bueno, más bien donde sucede, con suerte, el aprendizaje.
He tenido un mal día. He abierto más cosas que he cerrado. Y eso, por desgracia, me hace sentirme culpable por no haber podido cumplir los objetivos que tenía al principio de esta mañana. Quizás por eso el redactado, ya habitualmente incoherente, hoy lo haya sido un poco más.
Fuente: https://xarxatic.com/no-la-escuela-no-funciona-asi-aunque-lo-hayas-visto-en-tu-red-social-favorita/
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