Publicado: 19 febrero 2026 a las 1:00 am
Categorías: Artículos
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Por Luz Karime Abadia
La educación socioemocional no se aprende en una hora semanal ni se consolida con un contenido aislado, como lo busca la ley que creó la Cátedra de Educación Emocional. Debemos empezar a entenderla como una dimensión transversal de toda la vida escolar.

En menos de dos años, el Congreso colombiano aprobó cuatro leyes relacionadas con la educación socioemocional. La secuencia es llamativa: en julio de 2024 se promulgó la Ley 2383, pocas semanas después la Ley 2414, y en julio de 2025 llegaron las leyes 2491 y 2503. Todas buscan fortalecer las habilidades emocionales y sociales de niños y jóvenes, mejorar la convivencia escolar y responder a preocupaciones crecientes sobre salud mental, violencia y bienestar en las escuelas. La pregunta que surge no es si el propósito es valioso, porque claramente lo es, sino qué nos dice esta acumulación normativa sobre la forma en que Colombia diseña política educativa.
La Ley 2383 de 2024 puede considerarse la norma marco. Su enfoque está alineado con estándares internacionales: plantea la educación socioemocional como un componente transversal del currículo, integrado al Proyecto Educativo Institucional y acompañado de formación docente, participación de las familias y mecanismos de seguimiento. Reconoce que las competencias emocionales no se desarrollan en una materia aislada, sino en el conjunto de la experiencia escolar. Esta visión coincide con lo que hoy promueven organismos internacionales y marcos como los de la OCDE o CASEL, que entienden el aprendizaje socioemocional como parte integral del desarrollo humano y del proceso pedagógico.
Pocas semanas después apareció la Ley 2414 de 2024, que si bien comparte el mismo horizonte, incorpora un énfasis más preventivo. Aquí la educación socioemocional se vincula explícitamente con la reducción de riesgos como la violencia escolar, el consumo de sustancias psicoactivas y los peligros en entornos digitales. La norma reconoce que la escuela enfrenta nuevos desafíos derivados del ecosistema digital y de las tensiones sociales contemporáneas, y busca fortalecer herramientas para afrontarlos desde la convivencia y el desarrollo emocional.
Un año más tarde, la Ley 2491 de 2025 profundiza en la institucionalización del tema al exigir que el componente socioemocional quede incorporado explícitamente en los Proyectos Educativos Institucionales. Esta norma destaca por su intención de llevar la política desde el discurso general hacia la gestión concreta de los colegios, incorporando enfoques diferenciales y la necesidad de articulación intersectorial. Hasta aquí, el camino parece coherente: promover, fortalecer e integrar.
Sin embargo, ese mismo mes se promulga la Ley 2503 de 2025, que crea la Cátedra de Educación Emocional. Y aquí surge la tensión central. Mientras las leyes anteriores insistían en la transversalidad, esta última opta por el camino más visible y tradicional de la política educativa colombiana: la creación de una nueva cátedra obligatoria. Aunque incluye elementos positivos, como la exigencia de capacitación docente y la creación de una comisión de seguimiento, también refleja una tendencia recurrente en el país: creer que los problemas sociales se solucionan añadiendo asignaturas al currículo.
Este fenómeno no es nuevo. Durante años, frente a distintos retos sociales, el Congreso ha respondido con propuestas de nuevas cátedras o materias obligatorias. El resultado es un currículo progresivamente recargado, una especie de colcha de retazos en la que cada problema busca su propio espacio horario. La intención puede ser legítima, pero la consecuencia pedagógica suele ser problemática. Las escuelas no tienen tiempo infinito, y cada nueva exigencia compite con áreas fundamentales y con la capacidad real de los docentes para desarrollar procesos profundos de aprendizaje.
La educación socioemocional, precisamente, demuestra los límites de esta lógica. No se aprende en una hora semanal ni se consolida con un contenido aislado. Se construye en las interacciones cotidianas del aula, en la gestión de conflictos, en la manera en que se enseña a debatir, en el clima escolar y en la relación entre docentes y estudiantes. Requiere maestros capacitados, equipos de orientación sólidos y, en muchos casos, apoyo psicológico profesional dentro de las instituciones educativas. Convertirla en una cátedra puede terminar reduciendo algo complejo y sistémico a un requisito formal más.
Eso no significa que las cuatro leyes sean un error. Por el contrario, tienen avances importantes. Reconocen la relación entre bienestar emocional y aprendizaje, promueven la formación docente y conectan con tendencias internacionales que entienden la educación como desarrollo integral. El problema surge cuando la proliferación legislativa reemplaza la discusión sobre la implementación. Colombia no necesita más normas sobre el mismo tema; necesita recursos, acompañamiento institucional y claridad para que las escuelas traduzcan estas intenciones en prácticas reales.
La rapidez con la que se aprobaron estas leyes también revela una fragmentación en la formulación de política pública. En lugar de consolidar una estrategia nacional robusta y coherente, se avanzó mediante normas sucesivas que repiten objetivos similares con matices distintos. El riesgo es que los colegios enfrenten múltiples obligaciones normativas sin que exista una hoja de ruta clara para articularlas.
La educación socioemocional es, sin duda, una prioridad del siglo XXI. Pero si queremos que sea efectiva, debemos dejar de verla como un contenido adicional y empezar a entenderla como una dimensión transversal de toda la vida escolar. La verdadera pregunta no es cuántas leyes aprobamos, sino si los estudiantes están aprendiendo a manejar sus emociones, a convivir con otros y a tomar decisiones responsables en un mundo cada vez más complejo.
En educación, la acumulación normativa nunca ha sido sinónimo de transformación. Lo que cambia la escuela son las condiciones reales para enseñar mejor: docentes preparados, prácticas educativas innovadoras, comunidades educativas acompañadas y políticas coherentes que entiendan que formar personas no es cuestión de sumar cátedras, sino de construir experiencias de aprendizaje significativas y sostenibles.
Fuente: https://www.elespectador.com/educacion/la-educacion-socioemocional-no-cabe-en-una-catedra/
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