Publicado: 6 febrero 2026 a las 4:00 pm
Categorías: Artículos
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Por Jordi Martí

La coherencia nunca fue un valor central en La Colectividad, aunque la invocaran constantemente. La palabra aparecía en documentos, en charlas, en hilos, en manifiestos. Coherencia pedagógica. Coherencia ética. Coherencia de marco. Pero siempre era una coherencia hacia fuera, declarativa, escénica. Hacia dentro, la práctica era más flexible. Mucho más.
La grieta no estaba en lo que decían, sino en lo que elegían para sus propios hijos.
En público defendían la desaparición de la memorización, la irrelevancia del contenido, la evaluación blanda, la promoción casi automática, la pedagogía sin fricción. En privado preguntaban por nivel, por exigencia, por resultados. No lo veían como contradicción. Lo llamaban contexto.
Hablaban contra los exámenes, pero preguntaban cuántos controles había en el centro al que querían llevar a su hija. Denunciaban la cultura del esfuerzo como residuo meritocrático, pero pagaban refuerzos académicos en casa. Criticaban la enseñanza directa, pero agradecían al profesor que explicaba claro y mandaba ejercicios.
La Colectividad era muy valiente con los hijos de los demás.
Manuel Rafael empezó a notarlo en conversaciones laterales, en cafés después de jornadas, en mensajes privados mal cerrados. El discurso público era transformador; la decisión privada, conservadora. Cuando tocaba elegir escuela, desaparecía la épica. Aparecía la prudencia.
Centros con disciplina. Con estructura. Con contenidos sólidos. Con profesores «de los de antes», dicho en voz baja, como quien confiesa un pecado táctico. La justificación siempre era la misma: mi caso es distinto. Mi hijo necesita otra cosa. No todos los contextos son iguales. El marco servía para predicar, no para arriesgar en casa.
La hipocresía no era estridente. Era técnica.
Defendían que repetir curso era estigmatizante, pero celebraban que su hijo hubiera «consolidado bien» tras un año extra en un centro privado. Decían que las notas no importan, pero preguntaban medias con precisión decimal. Hablaban de evaluación cualitativa y comparaban rankings en secreto.
Lo interesante no era la contradicción, sino la tranquilidad con la que convivían con ella. No había culpa. Había relato. Siempre había relato. Si elegían exigencia para los suyos, era cuidado. Si la quitaban para los demás, era justicia social. El doble rasero no se percibía como tal porque el lenguaje lo amortiguaba todo.
Irene era un ejemplo perfecto. En las reuniones hablaba de lectura libre, de itinerarios abiertos, de no forzar clásicos. En casa, su sobrino tenía horario, lista de lecturas obligatorias y resúmenes semanales supervisados. No veía conflicto. Veía responsabilidad familiar.
Cuando alguien insinuó la contradicción en una conversación informal, la respuesta fue inmediata… no es lo mismo política educativa que decisión individual. La frase cerró el tema. Nadie quiso parecer simplista.
Manuel Rafael comprendió entonces que La Colectividad no mentía exactamente. Segmentaba la verdad. Una pedagogía para el discurso. Otra para la biografía. Una para el escenario. Otra para la herencia.
La escuela ideal que describían en sus ponencias no era la que elegían cuando el boletín de notas llegaba con nombre propio. Para sus hijos querían estructura, contenido, exigencia y profesores que corrigieran errores sin rodeos. Justo lo que criticaban como modelo opresivo cuando hablaban del sistema.
No era traición. Era privilegio operativo.
La Colectividad defendía la igualdad de resultados en público y compraba ventaja competitiva en privado. No lo llamaban ventaja. Lo llamaban acompañamiento. Refuerzo. Contexto familiar activo. Las palabras, una vez más, hacían el trabajo sucio.
El alumnado anónimo merecía proceso. Su descendencia merecía resultado.
Nadie escribió esto en ningún documento. No hacía falta. Se veía en los movimientos. En las matrículas. En las actividades extraescolares. En las conversaciones que empezaban con «entre nosotros».
Manuel Rafael no los juzgó. Los entendió. Porque reconocer la contradicción habría obligado a revisar el marco. Y revisar el marco siempre fue más peligroso que vivir dentro de la incoherencia.
Desde entonces dejó de buscar coherencia en La Colectividad. Buscó patrón. Y el patrón era claro… pedagogía blanda para el sistema, pedagogía dura para la sangre. Lo demás era discurso.
Recordad, como digo siempre que, a veces, escribo ficción educativa. Este es uno de esos casos. Si os sigue interesando este tipo de ficción acerca de La Colectividad, no dudéis en comentar, por aquí o por las redes, diciéndomelo. Ya existen cinco relatos previos (que os enlazo a continuación) y, a lo mejor, se vendrá el sexto. Quién sabe… ya que depende, en parte, de vosotros.
Fuente: https://xarxatic.com/la-colectividad-y-la-pedagogia-que-no-usan-con-sus-hijos/
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