Publicado: 1 febrero 2026 a las 8:00 pm
Categorías: Artículos
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Por Jordi Martí

Con el tiempo, Manuel Rafael dejó de pensar en enseñar. No fue una decisión consciente. Fue una adaptación. En La Colectividad nadie le pidió nunca que abandonara los contenidos; simplemente le enseñaron a tratarlos como algo secundario, casi decorativo. Lo central era otra cosa… alinear.
Cada mañana empezaba igual. Antes de salir de casa, canal interno. No había consignas explícitas, pero sí prioridades. Un artículo que «había que contextualizar». Un docente «preocupante». Un hilo que «no podía quedar sin respuesta». Se hablaba de atacar. Se hablaba de cuidar el espacio. De no dejar pasar discursos dañinos. El lenguaje lo hacía todo aceptable.
La planificación era diaria. Sutil, constante. Cuatro o cinco mensajes bastaban para marcar el día. Quién debía ser corregido. Quién estaba ganando visibilidad sin permiso. Quién estaba hablando demasiado de datos, de evidencias, de resultados. En La Colectividad, el silencio no era neutral. Callar equivalía a desalinearse.
Las actuaciones seguían un patrón aprendido. Uno abría con una duda bienintencionada. Otro añadía contexto. Un tercero aportaba antecedentes. Un cuarto cerraba con una reflexión moral. A veces se insultaba. Nadie gritaba. El objetivo no era convencer, sino desgastar. Convertir al señalado en alguien incómodo. Excesivo. Problemático.
Después, se pasaba a otra cosa.
En La Colectividad se hablaba mucho de cuidados. Pero los cuidados eran internos. Hacia fuera, el daño nunca se nombraba como daño. Era pedagogía pública. Responsabilidad colectiva. Higiene del discurso.
Manuel Rafael tardó poco en adaptarse. Al principio observaba. Luego reaccionaba. Finalmente, anticipaba. Aprendió el tono exacto. Preocupación ética, nunca enfado. Ironía suave y, con los más recalcitrantes, burla y ataques personales. Casi siempre había que parecer razonable. Siempre pedagógico.
La pertenencia se administraba en pequeñas dosis. Un buen enfoque. Un mensaje privado. Una mención indirecta en una charla. Nadie decía «estás dentro», pero Manuel Rafael supo que lo estaba cuando dejó de preguntarse si aquello tenía sentido.
En el aula, el cambio fue lento y eficaz. Las matemáticas no desaparecieron. Se diluyeron. Las ecuaciones seguían ahí, pero ya no importaba resolverlas bien. Importaba hablar correctamente sobre ellas. El error dejó de ser algo a corregir y pasó a ser una experiencia a acompañar. La claridad empezó a considerarse sospechosa.
Kevin aprendió rápido. No matemáticas, sino discurso. Sabía qué palabras usar, qué gestos mostrar, cuándo asentir. Lucía sabía resolver los ejercicios, pero no sabía traducirlos al lenguaje esperado. Manuel Rafael interpretó eso como falta de conciencia crítica.
La Colectividad despreciaba todo lo que sonara a evidencia. Los datos eran fríos. Las pruebas, reduccionistas. La memorización, reaccionaria. Quien hablaba de métodos contrastados era acusado de simplificar la complejidad educativa. Quien insistía en resultados era tachado de no haber hecho el giro.
En el canal interno circulaban capturas diarias. Docentes cansados, señalados. Se les explicaba públicamente por qué estaban equivocados. El desgaste era lento, pero constante.
Mientras tanto, en el mismo centro, Carmen seguía dando clase. Seguía explicando. Seguía corrigiendo. Los alumnos aprendían más con ella, pero eso no contaba. No tenía relato. No tenía comunidad. No tenía presencia. Otros profesores también se dejaban la piel. Preparaban clases, también corregían hasta tarde, explicaban una y otra vez. Pero tampoco aparecían en redes. Tampoco daban charlas. No pertenecían a La Colectividad. Eran invisibles. O peor… sospechosos. Trabajaban mucho. No entendían nada, según el marco.
Manuel Rafael empezó a mirarlos con condescendencia. Ellos enseñaban. Él alineaba. La diferencia era clara.
El adoctrinamiento avanzaba sin resistencia porque no se presentaba como tal. Se presentaba como cuidado. Como sensibilidad. Como conciencia. Las opiniones correctas se reforzaban con sonrisas. Las incómodas se dejaban morir en silencio. Nadie prohibía nada. Simplemente, algunas ideas no prosperaban.
Con el tiempo, Manuel Rafael participó ya sin esfuerzo en la planificación diaria de las razzias digitales. No sentía entusiasmo ni rechazo. Sentía normalidad. Había aprendido que no hacía falta creer. Bastaba con no salirse.
Al final del trimestre, los informes hablaban de clima positivo, de participación, de pensamiento crítico. No mencionó matemáticas. Su colectivo tenía claro que aprender matemáticas era mucho menos importante que estar en el lado correcto.
Manuel Rafael estaba feliz. No había enseñado mucho. Pero había alineado lo suficiente.
Dentro de La Colectividad, eso era lo importante.
Porque el conocimiento puede esperar. La ideología, no.
Y así, sin prohibiciones ni gritos, el aula dejó de ser un lugar donde se aprendía algo difícil y se convirtió en un espacio donde se aprendía qué pensar sobre ello.
Manuel Rafael, ya completamente integrado, siguió adelante.
Recordad, como digo siempre que, a veces, escribo ficción educativa. Este es uno de esos casos. Si os sigue interesando este tipo de ficción acerca de La Colectividad, no dudéis en comentar, por aquí o por las redes, diciéndomelo. Ya existen dos relatos previos (que os enlazo a continuación) y, a lo mejor, se vendrá el cuarto. Quién sabe… ya que depende, en parte, de vosotros.
Fuente: https://xarxatic.com/la-colectividad-y-el-aula-vaciada/
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