Joaquín Mateu Mollá (Psicólogo): «Más allá de obtener un título universitario, es fundamental mantenerse en una formación constante»

Publicado: 27 enero 2026 a las 6:00 pm

Categorías: Entrevistas

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Por José Luis Fernández

El viejo guion vital de «estudiar hasta los 25, trabajar y jubilarse» ha caducado oficialmente. En 2026, llegar a los 45 ya no marca el inicio del declive, sino el momento crítico para una segunda o tercera reinvención profesional motivada por la búsqueda de coherencia personal. En este contexto, surgen preguntas del tipo de cómo superar el «vértigo de volver a ser novato» y la resistencia a regresar a las aulas cuando ya se tiene una carrera consolidada.

Pero el debate trasciende lo personal, hasta poner en cuestión el actual modelo de trayectoria lineal, que para muchos es ya pasado frente a perfiles versátiles que integran experiencia y nuevas competencias. Es aquí cuando entra en valor lo que se conoce como talento ‘silver’, o cómo el bagaje vital se convierte en un activo estratégico para las empresas, aportando una sabiduría que el conocimiento técnico por sí solo no posee.

De todo ello conversamos en esta entrevista concedida a ÉXITO EDUCATIVO con Joaquín Mateu Mollá, doctor en Psicología Clínica y de la Salud de la Universidad Internacional de Valencia (VIU).

Durante décadas se asumió que la vida seguía un guion claro: estudiar, trabajar y jubilarse. ¿En qué momento y por qué cree que ese modelo ha dejado de ser válido?

Si bien no es una pregunta que tenga una respuesta absoluta, se estima que el guion tradicional empezó a desmoronarse gravemente en la década de 2010 a resultas de la aceleración del proceso de automatización y de globalización que emergió unas décadas atrás. Además, la situación se intensificó durante la pandemia del COVID-19, a partir de la que muchos profesionales advirtieron que sus habilidades estaban quedando obsoletas en consonancia con las nuevas demandas del mercado.

A esta coyuntura histórica deben sumarse otras circunstancias importantes, como la mortalidad más temprana de las empresas (con una vida media de 15-20 años en comparación con los 60 años de la década de 1960), la reducción de fuerza laboral como consecuencia del envejecimiento poblacional, los cambios en prioridades de los jóvenes (que buscan flexibilidad y oportunidades de armonizar el trabajo con los intereses de ocio) y las crecientes oportunidades de formación online (que facilitan el desarrollo de aprendizajes que abren horizontes a nuevos empleos).

Usted sostiene que llegar a los 45 ya no es el inicio del declive profesional, sino un punto de inflexión. ¿Qué factores sociales, económicos y psicológicos explican este cambio?

Es un fenómeno complejo que ha experimentado grandes transformaciones en los últimos años, pues hasta hace poco tiempo los trabajadores vivían con angustia el paso del tiempo, como si este (por sí mismo) les hiciera menos atractivos ante algún potencial empleador. Se empieza a observar un cambio cultural que se nutre de las transformaciones demográficas y que matiza la visión tradicionalmente negativa de la edad cronológica (en años) para dotarla de un valor renovado. Más en particular, el acúmulo de experiencias personales y laborales derivada de haber vivido aporta a las empresas una visión estratégica que cada día se busca más denodadamente, incluso por encima de la juventud. A esto hay que añadir el hecho de que muchas organizaciones aprecian la relevancia de contar con plantillas intergeneracionales, en la que los trabajadores de más edad actúen como puente en la transferencia del conocimiento y de las destrezas que el puesto precisa.

Esta circunstancia extraordinaria representa una oportunidad fundamental para los trabajadores de 45 años o más, que poseen una experiencia transferible a diversos contextos y que puede facilitar no solo su continuidad en la carrera de siempre, sino también el cambio hacia otra más o menos afín (la evidencia apunta a que tal forma de reinvención es exitosa para un porcentaje elevado de quienes la intentan en este momento de su ciclo vital).

¿Estamos preparados como sociedad para asumir que una persona pueda tener dos o tres carreras profesionales a lo largo de su vida? En este sentido, y frente a ello, ¿qué riesgos existen para quienes intentan aferrarse a ese modelo “lineal” en un mercado laboral tan cambiante como el actual?

La sociedad todavía se encuentra en pleno proceso de asimilación de estas nuevas realidades, lo que se traduce en diversas resistencias que tarde o temprano habrán de ceder ante las inercias del mercado y de la transformación demográfica. Muchos sistemas educativos y laborales siguen aferrados al modelo tradicional; lo que tiene como consecuencia un mayor riesgo para sus estudiantes o empleados de sentirse obsoletos, estancados o destinados al desempleo. Las instituciones alineadas con esta forma de percibir el trabajo tienen más probabilidad de perder competitividad, pues apartan de su radar una creciente fuerza humana que podría aportar mucho a su desarrollo de negocio.

La falta de perspectiva sobre la realidad de la carrera múltiple también puede hacer que muchos profesionales tomen la decisión de mantenerse en un puesto en el que llevan años ejerciendo funciones que ya no les resultan gratificantes, o que incluso vivencian con desagrado, comprometiéndose su crecimiento e incluso irrumpiendo problemáticas como el Burnout (una situación de estrés laboral sostenido que tiene numerosas y devastadoras consecuencias sobre la salud). El Burnout, que ha sido reconocido recientemente como un trastorno de estés en los principales manuales diagnósticos, es el germen de problemas severos de salud mental (depresión mayor o trastornos de ansiedad, por ejemplo).

En definitiva, todos los agentes que participamos de nuestra sociedad deberíamos redoblar esfuerzos para cambiar la mirada ante una realidad que ya no es futurible, sino que se encuentra entre nosotros.

Desde la psicología clínica, ¿qué pesa más: el miedo al fracaso o el miedo a perder estatus e identidad profesional?

De nuevo nos encontramos ante una pregunta compleja y cuya respuesta depende mucho de a quién se dirija. Atreverse a realizar un cambio de trayectoria profesional nos expone a dos barreras importantes: el temor a que las cosas no salgan bien y perdamos mucho de lo construido durante nuestras vidas o el vértigo a iniciar una nueva aventura desde cero, renunciando con ello a los logros cosechados a lo largo de los años y asumiendo una posición de principiante que tiende a plantear más de un interrogante sobre quiénes creemos ser. Ambos estarán presentes de una forma u otra, pero su efecto diferirá. Si somos personas con dificultades para hacer frente a la incertidumbre, el miedo al fracaso será nuestro principal reto (en este caso será el futuro el que tenga mayor peso), mientras que si nuestro trabajo tiene un rol clave en nuestra autodefinición, lo hará la posibilidad de perder estatus o de creer que no estamos alineándonos con aquello por lo que nos esforzamos en el pasado.

Los virajes de trayectoria profesional precisan de cierta entrega a la vida y de asumir algún que otro riesgo, lo que también requiere disponer de una red de seguridad que facilite la recuperación en el supuesto de que las cosas no discurran por los cauces previstos. Además, también supone asumir humildemente una mirada nueva, la de un principiante dispuesto a aprender y a desaprender.

¿Qué tipo de discursos internos suelen bloquear a quienes se plantean volver a estudiar a los 40 o 50 años?

Pueden ser muchos y muy diversos. Muchas de las personas que toman la decisión de volver a estudiar en este momento de sus vidas lo hacen bajo la creencia de que sus conocimientos o destrezas empiezan a quedarse obsoletos, lo que implica una pérdida percibida de competitividad en un mercado laboral voraz. Tal circunstancia se acentuó con la pandemia por COVID-19 y ha ido adquiriendo una mayor entidad con el auge de las inteligencias artificiales. Esto significa que, para empezar, habría una cierta posibilidad de que la vuelta a la vida académica no esté motivada por un hambre de adquirir nuevos conocimientos, sino más bien por el temor a que los ya disponibles dejen de resultar útiles.

No obstante, también puede suceder que la reinvención responda a una motivación profunda y que se enraíce en el pasado. Son muchas las personas que en su día no pudieron formarse en lo que realmente les apasionaba, bien porque en el momento lo desconocían o porque se dejaron persuadir por los consejos bien intencionados de su entorno. En este caso puede vivirse como una reivindicación personal con un extraordinario calado, anclándose profundamente como un propósito de vida y con una sólida motivación intrínseca.

En resumen: las situaciones pueden ser realmente dispares, y de ello dependerá la naturaleza de los discursos internos. En el primero de los casos es común que quien transita por su viraje profesional lo haga con un especial miedo al fracaso y también con resignación, pues está abandonando su trayectoria sin una convicción total de estar adentrándose en un camino “mejor” que aquel que deja atrás. También puede ser que en este caso la posición de aprendiz se viva con cierta pátina de humillación o como si fuera un retroceso, lo que imprime emociones difíciles y desalentadoras que entorpecen los vacilantes segundos primeros pasos propios de esta etapa.

¿Cómo se puede trabajar la autoestima y la autoconfianza cuando se pasa
de ser experto a aprendiz?

Hay una serie de estrategias que los estudiantes de mayor edad puedes adoptar en el momento en que regresan a las aulas y han de transitar el camino de ser expertos a ser aprendices. Lo primero de todo diría que es normalizar la incomodidad que en un primer momento pueda surgir, pues el esfuerzo de adaptación convive a menudo con una sensación desacostumbrada de “falta de control” que tarde o temprano se acabará desvaneciendo. También es importante poner en valor la experiencia como un poderoso activo y no como un lastre del que deben desprenderse para comenzar “desde cero”: aunque en ocasiones tengamos que asumir el reto de desaprender lo que entendíamos como certezas, lo ya consolidado nos ofrece una perspectiva que nos ayudará en más de una ocasión.

También es clave recompensarnos por los pequeños logros que alcancemos con el tiempo de estudio y lidiar con pensamientos autolimitantes como “no tengo ni idea de cómo se hace ni podré hacerlo nunca”, sustituyéndolos por otros construidos a través de palabras amables, como “aún no lo sé”. Se trata, en definitiva, de adoptar una posición autocompasiva que contextualice las posibles limitaciones iniciales en el marco de un proceso previsible por el que necesariamente deberá transitarse. En tal sentido, siempre ayuda recordar que quizá estos nuevos estudios son mucho más coherentes con nuestros propósitos (mayor empleabilidad, satisfacción con la vida, etc.), ya que esto es un acicate potentísimo para la motivación intrínseca (que a su vez es la que permite mantener los esfuerzos durante más tiempo y de un modo más gratificante).

Algunos estudiantes de mayor edad pueden sentirse cómodos rodeándose de otros alumnos en su misma situación, pues es algo que les permite conversar sobre sus inquietudes en un espacio donde estas son compartidas y quedan amparadas. Aun con todo, no deben olvidar que tienen mucho que ofrecer a los más jóvenes, por lo que habrían de evitar que esta estrategia devenga una rígida y deletérea segregación por edad. En la misma línea, es útil reservar tiempo cada semana a actividades para las cuales el estudiante se perciba eficaz (una afición, por ejemplo), de manera que siga conectado con ciertas sensaciones familiares que mantengan el buen tono de su autoestima.

Durante años se ha considerado el título universitario como una garantía
vitalicia. ¿Por qué ese concepto ha quedado obsoleto?

Las experiencias de aprendizaje que se cosechan en la Universidad son necesarias y lo seguirán siendo, pues constituyen una vía de transmisión del conocimiento que permite desempeñar trabajos con una importante carga técnica y que entrañan una complejidad evidente. De alguna manera, supone asumir el relevo para proseguir el trabajo de quienes nos precedieron en un cierto campo del saber, mientas que nos posiciona en un escenario donde podemos seguir ampliando horizontes para hacer el camino más sencillo para quienes nos sucederán. Siempre lo he visto como una cadena que se extiende en el tiempo y que permite perfeccionar el arte, la técnica o la ciencia; lo que redunda siempre en el bienestar de nuestras sociedades.

Partiendo de esta premisa, es honesto reconocer que más allá de sumar los méritos necesarios para la obtención de un título universitario, es fundamental mantenerse en una formación constante que no solo se limite a aspectos formales. Para que un trabajo pueda desarrollarse de la mejor manera posible debemos cosechar con los años las mal llamadas competencias blandas (soft skills); a través de las cuales no solo podemos alzarnos como profesionales competentes, sino también consolidar ciertas destrezas que nos permitirán lidiar con situaciones inciertas, dar respuesta a conflictos, armonizar perspectivas aparentemente disonantes, solucionar de una forma creativa problemas anquilosados o comunicarnos eficientemente. A medida que los años pasan y desarrollamos experiencia de la vida aumenta la probabilidad de afianzar estas competencias blandas, por lo que los profesionales de 45 años o más resultan especialmente atractivos para las empresas sensibles a esta realidad. De hecho, es uno de los factores que permite explicar por qué el cambio de rumbo en la vida laboral durante este periodo suele resultar generalmente exitoso.

¿Qué competencias se han vuelto más importantes que los propios títulos
académicos? ¿Cómo pueden las universidades adaptarse a este nuevo perfil
de estudiante adulto y profesional?

Si bien no considero que estas competencias resulten más relevantes que un título universitario por sí mismo, lo cierto es que se convierten en un valor que a menudo marca la diferencia en procesos de selección. Las empresas se sienten atraídas por el talento que además de reunir competencias técnicas y un conocimiento riguroso sobre el área, aúna una serie de cualidades personales/sociales que capacitan para navegar los oleajes del trabajo cotidiano. Estamos hablando de cualidades como la creatividad, que promueve un pensamiento lateral para encontrar soluciones ante problemas viejos o nuevos, pero también de la capacidad para mediar en conflictos cuando el escenario plantea alternativas limitadas y complejas. La empatía alcanza en nuestros días una enorme importancia para tareas que se desarrollan en equipo, pues permite contemplar matices relacionales de sus integrantes que trascienden a los aspectos puramente productivos, lo que facilita la comprensión y dinamiza la motivación extrínseca e intrínseca.

La realidad convulsa de nuestro tiempo también hace especialmente importante la capacidad para tolerar el estrés, lo cual necesita de una comprensión de las propias necesidades y del aprendizaje de estrategias de control de la activación (relajación, meditación, etc.) y de gestión del trabajo (diferenciar lo que es urgente de lo que no lo es, utilizar los recursos económicos/humanos con eficiencia, etc.). A esto podría sumarse también la proactividad, entendida como la anticipación hacia los retos o los desafíos futuros para actuar en previsión de posibles contingencias, evitando el recurso a la simple reactividad ante los problemas que emergen espontáneamente. Si a esto se añade una comunicación asertiva y clara, desprovista de contradicción o ambigüedad, tenemos la receta para un liderazgo realmente constructivo. Debido a que muchas de estas habilidades y destrezas se adquieren con el transcurso de la vida, las Universidades han de ser especialmente sensibles a ellas para moldear su oferta formativa de cara a los estudiantes de mayor edad. No podemos olvidar la oportunidad que supone que los jóvenes y los mayores compartan el espacio en las aulas, pues de ello pueden surgir sinergias extraordinarias que benefician a todos y que incluso hacen que la labor de los profesores sea todavía más estimulante.

¿Qué diferencia observa entre la motivación de un estudiante joven y la
de un profesional que regresa a las aulas y cómo cree usted que deben
diseñarse los entornos educativos para favorecer esta sinergia
intergeneracional?

En primer lugar, cuando hablamos de diferencias entre los unos y los otros estamos adentrándonos en el terreno de las generalidades. En ocasiones podemos hallar un estudiante joven con un enorme desarrollo de sus motivaciones y sus convicciones, o también toparnos con otro más adulto que se percibe desorientado en un periodo que plantea dudas y barreras. Al tratarse de cuestiones que tienen unas raíces muy subjetivas, la variabilidad es virtualmente infinita. Así pues, considerando que esta es la realidad, haremos un análisis sobre las tendencias que con más frecuencia se han descrito en este campo.

Las personas más jóvenes, que todavía no han consolidado una trayectoria laboral, pueden percibir su formación académica como una bisagra que les permitirá pasar de la dependencia de sus progenitores y familiares a la autonomía personal, lo que la hace particularmente atractiva (en especial si se alinea con intereses cultivados a lo largo de la vida). Como los conocimientos todavía no se han asentado sobre los a veces angostos límites que impone la realidad, se advierte a menudo un idealismo vibrante que despeja el horizonte y que puede traer ideas refrescantes, libres de las cadenas de los convencionalismos o la costumbre. La motivación de los alumnos y alumnas jóvenes puede ser tremendamente enriquecedora, y con frecuencia llega a sorprender a los profesores con puntos de vista novedosos y muy sensibles a unas necesidades concretas propias de su periodo de edad. El principal riesgo considero que lo encontramos en algunos de los problemas que atenazan a nuestra sociedad y que limitan muy seriamente el despliegue de sus potencialidades: la precariedad, la dificultad para acceder a una vivienda, el costo desmesurado de la vida, etc. Por desgracia, estas circunstancias pueden imprimir desaliento en los estudiantes más jóvenes y resentir su motivación hacia el estudio. Por este motivo, es clave ensalzar el valor intrínseco del conocimiento por sí mismo, más allá de su evidente potencial como puente con el mercado laboral. Esta estrategia es útil para mantener la pasión por lo que se está aprendiendo, que el saber permee y que tenga frutos maduros en el futuro.

Los estudiantes de mayor edad, por su parte, regresan a las aulas con un bagaje de experiencias a sus espaldas. Han podido recorrer el camino del mercado laboral, y atesoran una miríada de ideas sobre cómo y cuándo puede trasladarse aquello que aprenden a la realidad misma. Su motivación dependerá en gran parte de las raíces de su decisión de volver a estudiar: cuando es una imposición que persigue tan solo la evitación de la obsolescencia puede sentirse como algo angustiante (y por tanto los esfuerzos solo persiguen eludir un daño), mientras que si este regreso obedece al deseo de formarse en aquello que siempre se deseó adquiere una fuerza enorme y un potencial inconmensurable. La búsqueda de coherencia entre lo que se desea, lo que se piensa y lo que se hace es uno de los grandes motores del ser humano en su propósito de realizar cambios; lo cual se advierte con mucha vehemencia en tal perfil de estudiante.

Como puede verse, se trata de dos mundos que no tienen por qué colisionar, ya que pueden vivir en perfecta armonía. El idealismo de unos puede nutrirse del realismo de los otros, y viceversa, lo que trae consigo un aprendizaje que se asienta en cómo son las cosas sin abandonar en el camino ideas que las podrían transformar. Pienso sinceramente que esta intergeneracionalidad es una oportunidad privilegiada para convertir las aulas en un espacio de desarrollo realmente creativo y libre, algo para lo cual se requiere no solo de estudiantes, sino de personas diversas con intención de compartir lo que saben sobre la vida y sobre el mundo.

Fuente: https://exitoeducativo.net/joaquin-mateu-molla-psicologo-mas-alla-de-obtener-un-titulo-universitario-es-fundamental-mantenerse-en-una-formacion-constante/