Publicado: 4 febrero 2026 a las 4:00 pm
Categorías: Entrevistas
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Por Ana Verónica García

Héctor Ruiz Martín
Con motivo de su participación en el I Congreso Impuls Educació, que se celebrará en Barcelona los próximos 12 y 13 de febrero, ÉXITO EDUCATIVO conversamos con Héctor Ruiz Martín, uno de los referentes internacionales en neurociencia del aprendizaje y divulgación científica aplicada a la educación. En esta entrevista, Ruiz reflexiona sobre cómo la evidencia científica puede —y debe— orientar la toma de decisiones educativas, analiza algunos de los grandes mitos que aún persisten en las aulas y ofrece claves para que líderes educativos y docentes transformen la práctica pedagógica desde una base rigurosa, realista y centrada en el aprendizaje de todos los alumnos.
Desde lo que hoy sabemos sobre cómo aprende el cerebro, ¿qué cambios urgentes debería abordar la escuela para prepararse para el futuro?
Contamos con muchísima investigación señalando qué acciones y circunstancias hacen que los esfuerzos por aprender resulten más productivos y, por lo tanto, satisfactorios. Esto nos sugiere que deberíamos enseñar estas “estrategias de aprendizaje” a los estudiantes para ayudarles a convertirse en aprendientes más autónomos y motivados. Los docentes también podrían tener en cuenta estos principios sobre el aprendizaje para diseñar sus propuestas didácticas. Por otro lado, sabemos qué prácticas son más adecuadas para garantizar que ningún niño o niña se queda atrás en el desarrollo de la competencia lectora y para abordar las dificultades lectoras, por lo que sería urgente llevar este conocimiento a las aulas. Pero estos son solamente algunos ejemplos. En conjunto, lo urgente consistiría en empezar a valerse del conocimiento científico para fundamentar mejor aquellas decisiones educativas para las que la ciencia puede arrojar luz. Es decir, apostar por una «educación informada por la evidencia». Eso sería lo primero que tendríamos que cambiar, seguramente. Porque ese cambio repercutiría en cualquier otro cambio. Al fin y al cabo, implicaría repensar la innovación para mejorar su fundamentación.
En un ecosistema educativo lleno de metodologías innovadoras, ¿qué criterios deberían utilizar los equipos directivos y el profesorado para saber qué propuestas están realmente avaladas por la evidencia científica?
Desgraciadamente no resulta fácil discernir qué propuestas están realmente avaladas por la evidencia científica, en especial cuando muchas se disfrazan falsamente de ciencia, esto es, son de carácter pseudocientífico. Claro que hay algunas características que nos pueden alertar de encontrarnos ante una nueva “ocurrencia”, como el hecho de que nos ofrezcan soluciones sencillas con promesas extraordinarias. Pero la única manera de poder separar el grano de la paja, en especial cuando nos ponen delante presuntos estudios científicos que avalen la propuesta, requiere contar con conocimientos sobre metodología científica, o por lo menos sobre las bases teóricas que presuntamente respaldan la propuesta en cuestión. Por ejemplo, si nos traen un programa para ayudar a leer a los niños con dislexia, el cual se basa en adaptarles el tipo o el tamaño de la letra, la mejor manera de saber que estamos ante una “ocurrencia” sin base científica es tener unos conocimientos básicos sobre qué es la dislexia. Pues, a diferencia de lo que se suele pensar, la dislexia (del desarrollo) no tiene nada que ver con dificultades visuales.
¿Qué mitos o malentendidos sobre la neurociencia siguen muy presentes en la educación y condicionan decisiones pedagógicas poco eficaces?
Precisamente, los edumitos sobre cómo aprendemos, es decir, ideas muy populares en la comunidad educativa a pesar de que no cuentan con respaldo científico, están detrás de muchas propuestas metodológicas que aseguran estar validadas científicamente, cuando no lo están. Conocer estos edumitos puede ser muy útil para identificar buena parte de esas propuestas, pues estamos hablando de ideas que la mayoría de personas daría por correctas y que le resultarían plausibles como fundamento de cualquier metodología. Antes he comentado un edumitos muy habitual relacionado con las causas de la dislexia, pero hay muchos más, como creer que la memoria funciona como un músculo, que determinados ejercicios “gimnásticos” mejoran la cognición, que aprender a leer es tan natural como aprender a hablar, o que las personas se distinguen entre ellas según su estilo de aprendizaje (por ejemplo, visual, auditivo y kinestésico). Escribí un libro donde recojo más de 40 de esos edumitos relacionados con el aprendizaje, pero creo que tendré que escribir una segunda parte, porque hay muchos más…
Se habla mucho de personalización del aprendizaje. Desde la psicología cognitiva, ¿qué significa realmente personalizar sin caer en soluciones simplistas o tecnológicas?
Para personalizar el aprendizaje deberíamos centrarnos en aquello que realmente distingue a las personas cuando aprenden, pero también en aquello que tienen en común. Me explico: cuando comprendemos qué tienen en común todos los cerebros humanos (por el hecho de ser cerebros humanos) a la hora de aprender, podemos enfocar mejor nuestros esfuerzos en aquellas acciones y circunstancias que resultarán beneficiosas para todos. Por ejemplo, sabemos que practicar de manera espaciada, es decir, tener varias oportunidades para practicar los mismos procedimientos o trabajar alrededor de los mismos conceptos, en sesiones separadas en el tiempo, es mucho más efectivo que concentrarlos en un periodo de tiempo corto en lo que se refiere a lograr aprendizajes más duraderos y transferibles. Este es un principio universal que puede guiar la manera cómo organizamos la enseñanza (y la evaluación). Por otro lado, en relación a las diferencias entre los estudiantes, la idea es no caer en ideas populares sobre cuáles son dichas diferencias, sino consultar qué nos dice la investigación. Por ejemplo, sabemos que una de las principales diferencias entre los estudiantes a la hora de aprender algo son sus conocimientos previos, de modo que tendría sentido usar estrategias didácticas que lidiaran con esa diversidad o que incluso sacasen partido de ella, como el aprendizaje cooperativo. Lo que no tendría sentido es hacer esfuerzos para diferenciar la enseñanza en función de características de los estudiantes que realmente no son relevantes, como los supuestos estilos de aprendizaje.
La innovación suele asociarse a cambio constante. ¿Hay prácticas educativas tradicionales que, según la evidencia, deberíamos cuidar y reforzar en lugar de sustituir?
Lamentablemente, en educación a menudo se concibe la innovación como algo bueno per se, hasta el punto de que se considera un fin en sí misma, no un medio. Sin embargo, innovar por innovar no tiene ningún sentido. Se supone que innovamos cuando algo no nos satisface y lo queremos cambiar, porque si seguimos haciendo lo mismo, desde luego no cambiará. Si los alumnos de una escuela manifiestan un desempeño lector insatisfactorio, entonces tiene sentido que innovemos buscando mejorar esa situación. Pero “lo nuevo” solo tiene más opciones de ayudarnos en nuestro propósito si está bien fundamentado. No porque sea nuevo será mejor. En este sentido, sí, hay prácticas educativas tradicionales que se sostienen bien a la luz de las evidencias, de manera que no tiene sentido cambiarlas solo por hacer algo distinto. Por ejemplo, que la enseñanza de la lectura incluya hacer explícitas las relaciones entre grafemas y fonemas, como habitualmente se ha hecho, es mucho más efectivo que muchas otras opciones “innovadoras” que proponen que los alumnos “las descubran” por medio de determinadas actividades. Obviamente hay que cuidar aspectos motivacionales a la hora de hacerlo y no caer en la trampa de pensar que ya se estaba haciendo todo bien. Los métodos tradicionales de enseñanza de lectura aciertan en muchas cosas, pero también tiene muchos aspectos que pueden mejorarse según la investigación.
¿Cómo puede la evaluación ayudar a mejorar el aprendizaje del alumnado y la toma de decisiones en los centros, más allá de cumplir con requisitos administrativos?
Si comprendemos que evaluar no es lo mismo que calificar, sino que consiste en obtener pruebas que nos permitan estimar el aprendizaje alcanzado por los estudiantes, y que esa información resulta indispensable para guiar los siguientes pasos en el proceso de aprendizaje (o a la hora de tomar decisiones a nivel de escuela) para no dejar a ningún niño o niña atrás, entonces podemos apreciar rápidamente por qué la evaluación debería estar en el centro de todo proyecto educativo. La evaluación tiene muy mala fama porque se asocia solamente a las calificaciones. Pero evaluar es realmente el puente entre la enseñanza y el aprendizaje. Es la única manera de saber si los esfuerzos de los docentes para enseñar a sus alumnos están teniendo éxito, y la única manera de tomar mejores decisiones para reorientar esa enseñanza en caso de no estarlo consiguiendo. Volviendo al ejemplo de algo tan importante como el aprendizaje de la lectura, ¿cómo saber si hay estudiantes que están teniendo dificultades y cómo tener la oportunidad de ayudarles (cuanto antes mejor) sin una evaluación concienzuda que nos informe de su desempeño en las diversas componentes de la lectura? ¿Y cómo saber cómo ayudarle sin apreciar dónde se encuentran exactamente sus dificultades? En realidad, cualquier proyecto innovador debería prever siempre una evaluación. Innovamos para lograr un objetivo: ¿cómo sabemos si nos estamos acercando a él si no es por medio de evaluar los presuntos efectos de dicha innovación?
Con motivo de su participación en el I Congreso Impuls Educació, ¿qué mensaje le gustaría trasladar a los lectores de éxitoeducativo.net sobre el liderazgo necesario para la escuela del futuro?
Mi mensaje sería reiterar que muchas de las decisiones que se toman en educación, especialmente aquellas de carácter técnico que buscan tener un impacto, pueden beneficiarse enormemente del apoyo del conocimiento científico (y del proceder científico, como sería el caso de evaluarse concienzudamente para apreciar mejor qué está sucediendo en el aula o la escuela). Por supuesto, no todas las decisiones educativas pueden apoyarse en la ciencia, porque la ciencia solo puede responder a determinados tipos de preguntas. Pero muchos de los retos que los líderes educativos deben afrontar en el día a día sí pueden ser acometidos con la orientación de la ciencia. Y son asuntos que pueden ser tan relevantes como plantearse cómo lograr que todos los niños y niñas desarrollen una buena competencia lectora. Por eso, les animo a acercarse a la idea de una «educación informada por la evidencia», donde el conocimiento y el proceder científicos se incorporan como fuentes habituales de información a la hora de fundamentar mejor determinadas decisiones de la organización y la práctica educativa.
Fuente: https://exitoeducativo.net/hector-ruiz-martin-neurociencia/
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