Publicado: 29 noviembre 2025 a las 6:00 pm
Categorías: Artículos
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Por Jordi Martí

Hay opciones que dejan de ser opciones en el momento en el que alguien pone frente a la necesidad de oír a «los suyos», la necesidad de vicios mucho más humanos. La pedagogía, especialmente aquella basada en aquelarres educativos de diferente signo, tiene muy poco a hacer en la terreta. Especialmente cuando un sábado hay un almussafes, ese bocadillo de sobrasada, queso y cebolla caramelizada, que te espera en uno de esos bares a los que eres asiduo.
En los últimos tiempos proliferan los encuentros educativos en los que, al final se acaba descubriendo que, entre los que quieren decir lo mismo de siempre y los que quieren matar un macho cabrío al final del evento, no hay ningún impacto real en lo que sucede en las aulas. Mucha pedagogía enlatada. Muchos estudios basados en estudios de otros estudios en los que, curiosamente, aparece casi siempre Finlandia o alguno de esos países estrella. Una Finlandia donde hace frío y no hay esmorzaret que valga. Se la cedo toda. Especialmente aquella que, en los últimos años ha hecho pasar a uno de los países más formados en uno de los que van en caída libre. Y eso a pesar del número de aquelarres en los que se ha encumbrado a esas copias de esquimales, con mejor talante y menos pieles.
La educación no se mejora optando por aquelarres educativos. La educación se mejora con la barriga llena, con el cremaet de finalización y con muchas risas. Para ser mejor en cualquier ámbito necesitas desconectar de ese ámbito. O sea, tener vida. Una vida que pasa inexorable y que, por mucho que intentemos retenerla entre rúbricas y taxonomías de Bloom, siempre nos recuerda que hay cosas más urgentes… como no dejar el pan de la casa sin mojar en la salsa.
Quien diga que se inspira escuchando a un gurú pedagógico con micro de diadema a las diez de la mañana, miente más que habla. La verdadera inspiración llega cuando estás con compañeros de verdad, en una mesa de terraza, arreglando el sistema educativo con la boca llena y sin diapositivas de fondo. Eso sí transforma. Eso sí cambia cosas. Aunque sea porque, al día siguiente, te acuerdas de una idea entre la espuma del café y dices… «esto igual lo pruebo el lunes».
Nos venden que para mejorar la educación hay que asistir a treinta jornadas al año. Que el cambio se fragua en auditorios iluminados, con aplausos automáticos y hashtags motivacionales. Pero luego vuelves al centro y la lista de ausencias te recuerda que los aquelarres no dan recursos. Vuelves al aula y descubres que la realidad no entiende de palabras grandilocuentes. Y al final acabas improvisando más en un lunes cualquiera que todos los ponentes juntos en dos horas de charla TEDiana o TEDiosa.
Igual el secreto no está en fijarse tanto en qué hacen en Laponia (sí, lo sé, antes he hablado de Finlandia, pero en Laponia también hace fresquete) y empezar a mirar qué hacemos aquí cuando nadie nos observa. Igual la mejor innovación educativa es el tiempo de sobremesa con quienes viven las mismas batallas. Igual deberíamos admitir que la educación mejora más en un bar del barrio que en un auditorio con luces caras y catering de canapés que se deshacen antes de llegar a la boca.
Porque en la terreta sabemos algo que algunos olvidaron por el camino… para cambiar las cosas primero hay que querer vivirlas. Y si puede ser con un almussafes (o el bocata que más te guste) delante, mejor.
Lo sé. No he podido encontrar una imagen de un almussafes, para ilustrar este post, que represente la tradición… pero creo que os hacéis una idea.
Fuente: https://xarxatic.com/entre-aquelarres-educativos-y-gastronomia-de-la-terreta/
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