Publicado: 12 febrero 2026 a las 4:00 pm
Categorías: Artículos
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Por Paulette Delgado
Innovar en educación no es solo integrar tecnología, sino comprender el impacto que tendrá la forma en que hoy en día se están criando las mentes que ocuparán las aulas del mañana.

Imagen por Alexandra_Koch de Pixabay
Al hablar del futuro de la educación, gran parte del discurso gira en torno a la tecnología y, de unos años para acá, la inteligencia artificial. Aunque la tecnología es una parte vital y de suma importancia, no es lo más importante. Claro, es vital investigar y mantenerse actualizados para integrar y aprovechar las nuevas tecnologías y conocer su impacto en el estudiantado. Sin embargo, este no debería ser el punto central.
Si la discusión solo toma esto en cuenta, no está viendo el lado humano en el aula: el docente y el estudiante. ¿Cómo funciona su cerebro al aprender? ¿Cómo aprenden? ¿Cómo está su atención? ¿De qué manera pueden los docentes asegurarse de que los estudiantes están aprendiendo?
El futuro de la educación se debe centrar en el desarrollo humano, el bienestar, la salud mental, el sentido y el porqué educar. Al final del día, la educación es relación humana; el aprendizaje ocurre entre personas que piensan, sienten, con contextos y necesidades diferentes. Hay que poner la mirada en la mente que aprende y no solo en las herramientas que se utilizan.
Claro, estas herramientas ofrecen oportunidades relevantes y se tienen que discutir, pero es necesario darles mayor espacio a otras dimensiones como la salud mental, las llamadas power skills (también conocidas como soft skills o habilidades blandas), el bienestar docente y el desarrollo cognitivo y socioemocional, por mencionar algunas. Para mí, es alarmante que las instituciones y el profesorado se estén preparando para un futuro de la educación sin pensar en cómo están llegando esos estudiantes a las aulas. La realidad es que, hoy en día, las infancias ya no imaginan y vienen con un desarrollo cognitivo afectado por las pantallas. Y ni hablar de la atención, la falta de pensamiento crítico y de cómo son incapaces de seguir instrucciones largas.
¿Qué se puede hacer para remediar esos efectos negativos de la tecnología? ¿Cómo preparar a las y los docentes para enseñar a esas nuevas generaciones? En el ámbito educativo, al hablar de tecnología, la mayoría se centra en “¿cómo puede ayudarme a mí?” y no “¿cómo puede ayudarme a potenciar el aprendizaje de los estudiantes?”.
Al hablar del futuro de la educación, gran parte del discurso público, institucional y mediático gira en torno a la tecnología y la inteligencia artificial. Congresos como el IFE Conference, reportes internacionales, blogs educativos y artículos de opinión repiten una narrativa optimista donde la IA, el aprendizaje adaptativo y la automatización aparecen como los principales motores de la transformación educativa (World Economic Forum, 2024; OECD, 2025; Stanford Accelerate Learning, 2025). Sin embargo, aunque la tecnología es una dimensión relevante y necesaria, no es (ni debería ser) el eje central de la discusión.
Reitero, el problema no es la inteligencia artificial, sino hablar casi exclusivamente de ella, mientras se deja en segundo plano una pregunta mucho más incómoda y urgente: ¿cómo están llegando las nuevas generaciones al aula? ¿Y cómo pueden los docentes asegurar el aprendizaje y el éxito de esos estudiantes?
La evidencia acumulada muestra que no estamos ante generaciones “menos capaces”, sino ante mentes que se han desarrollado bajo condiciones radicalmente distintas, lo que ha dado como resultado una menor capacidad para mantener la atención, dificultades en tareas que requieren secuenciación y esfuerzo cognitivo sostenido, problemas en la lectura profunda y en la comprensión compleja, entre otros. Esto es especialmente preocupante porque la educación formal sigue dependiendo de estas funciones. El sistema educativo no ha cambiado su estructura cognitiva al mismo ritmo que han cambiado los cerebros que llegan al aula.
Es verdad que las generaciones Z y Alpha presentan perfiles cognitivos y emocionales distintos a los de generaciones anteriores, profundamente moldeados por la cultura digital, la inmediatez y la exposición constante a las pantallas. Estudios citados en espacios de divulgación educativa señalan que la Gen Z podría ser la primera generación con un declive en ciertas capacidades cognitivas respecto a sus padres, especialmente en la atención sostenida, la regulación emocional y el pensamiento crítico. Y no solo eso, Jeanne Erickson señaló en un artículo para el New York Post que la Gen Z es la primera en ser considerada “más tonta” que la anterior.
El cerebro de estas generaciones está adaptado a la velocidad, la multitarea y la fragmentación. Aprende rápido, sí, pero con dificultad para profundizar. Esto implica que el aprendizaje requiere hoy en día más estructura, más mediación humana y más intención pedagógica que antes.
La realidad es que, aunque a estos estudiantes se les conoce como “nativos digitales”, presentan una plasticidad cerebral adaptada a las multitareas y al acceso instantáneo a la información. Además, la «infoxicación» o exceso de información puede generar una carga cognitiva que impide el aprendizaje profundo, haciendo que el conocimiento sea superficial. Además, como menciono en una publicación del año pasado en el Observatorio, la atención va en declive. La capacidad de concentración promedio de la Generación Z ronda los ocho segundos, frente a los doce segundos de los llamados Millennials y los veinticuatro segundos de la Generación X. Más allá de la cifra exacta, el consenso es claro: la atención prolongada, la lectura profunda y la tolerancia a la frustración se han visto deterioradas.
Incluso mi propia investigación de maestría respalda estas preocupaciones: el uso excesivo de pantallas durante la infancia se asocia con efectos negativos en el desarrollo cognitivo, lingüístico y socioemocional, especialmente cuando sustituye experiencias relacionales y de juego libre. Y no solo eso, las infancias actualmente son incapaces de crear imágenes en sus cabezas, es decir, imaginar, porque esa habilidad está siendo reemplazada por ver imágenes en las pantallas.
Uno de los puntos más alarmantes del discurso sobre el futuro de la educación es la escasa atención que se presta a la primera infancia (de cero a seis años). Organismos como UNICEF y la Asociación Española de Pediatría han advertido que la exposición temprana y prolongada a pantallas interfiere con procesos madurativos fundamentales, reduce la memoria de trabajo y afecta la capacidad de atención. Durante el IFE Conference 2026, la investigadora Sandra Reyes comentó en su ponencia que es igual de difícil “subir el monte Everest” que concientizar a la sociedad sobre la importancia de la educación en la primera infancia.
Esto se ve aún más reflejado al hablar del futuro de la educación, ya que la narrativa general suele enfocarse exclusivamente en la educación media y superior, como si el estudiantado llegara cognitivamente “neutral” al sistema. Se discuten plataformas, algoritmos y competencias digitales sin considerar que muchos niños y niñas inician su trayectoria escolar sobre cimientos sumamente frágiles, marcados por déficits de atención, de imaginación y de regulación emocional.
Otro elemento recurrente en los discursos tecnológicos es la idea de que la IA “liberará” al docente de tareas repetitivas para permitirle enfocarse en lo verdaderamente humano. Sin embargo, esta promesa contrasta con la realidad que muchos docentes expresan en espacios formales e informales. Artículos académicos y de divulgación pedagógica coinciden en que el rol del docente ha cambiado de ser un transmisor de conocimiento a ser mentor, mediador y guía emocional (todo al mismo tiempo y sin la preparación adecuada).
La tecnología, en la mayoría de los casos, no está reemplazando al docente, pero sí está aumentando la complejidad de su trabajo. Estudios sobre formación docente para las generaciones Z y Alpha señalan que enseñar a estas generaciones requiere habilidades que van mucho más allá del dominio técnico: inteligencia emocional, diseño de experiencias significativas y acompañamiento socioemocional. Además de la pedagogía de la presencia, que fue impulsada por primera vez por Carlos Gomes Da Costa, que se centra en el acompañamiento afectivo y relacional del estudiante, donde la presencia física y emocional del docente es fundamental para el desarrollo integral.
Organismos como el Teacher Task Force han sido claros al respecto: los beneficios de la inteligencia artificial en la educación dependen directamente de las instituciones educativas. Los docentes no son reemplazables porque el aprendizaje es un proceso profundamente humano y relacional. Aunque ya existen escuelas, como Alpha School en San Francisco, California, donde el profesorado ha sido reemplazado al 100 % por agentes de inteligencia artificial.
Varios autores advierten sobre el peligro del tecnosolucionismo, es decir, la creencia de que los problemas educativos pueden resolverse principalmente mediante herramientas tecnológicas. Este enfoque corre el riesgo de automatizar la enseñanza y de reducir el aprendizaje a métricas, monitoreo y eficiencia, olvidando que aprender implica emociones, vínculos, errores y contextos. Personas, no números ni métricas.
Revisiones sistemáticas sobre inteligencia artificial en educación advierten que el uso de tecnologías para vigilar o medir constantemente a los estudiantes puede generar culturas de control, disminuir la autonomía y afectar el bienestar emocional. El verdadero riesgo no es la tecnología en sí, sino integrarla en sistemas educativos que no se transforman a la vez en su dimensión humana.
Más allá de lo académico, la preocupación por esta desconexión aparece con fuerza en espacios no académicos. En artículos de opinión y en foros de discusión docente se repite una sensación compartida: el discurso sobre la innovación avanza más rápido que la capacidad real de los estudiantes para aprender.
Estos espacios no ofrecen evidencia rigurosa, pero sí sirven como testimonio. Muchos profesores describen dificultades crecientes para que los estudiantes sigan instrucciones largas, mantengan la atención, lean textos complejos o desarrollen pensamiento crítico. Estas observaciones coinciden con los hallazgos reportados por estudios científicos y refuerzan la idea de que el problema no es anecdótico, sino estructural.
Hablar del futuro de la educación exige ampliar la mirada. No basta con preguntar qué herramientas utilizaremos o cómo evitar que los estudiantes hagan trampa, sino también quiénes serán los estudiantes que las usarán y en qué condiciones cognitivas, emocionales y sociales llegarán al aula. La educación no ocurre en plataformas ni en algoritmos, sino en personas que piensan, sienten y aprenden en contextos específicos. Recordemos que estamos tratando con seres humanos.
Esto implica dar mayor espacio a dimensiones que hoy están más bien marginales en el debate: salud mental, desarrollo socioemocional, bienestar docente, alfabetización ética y fortalecimiento de procesos cognitivos básicos, como la atención y la autorregulación. Como señalan diversos autores, el éxito de la tecnología educativa no dependerá de los algoritmos, sino de qué tan bien preparemos y acompañemos a quienes enseñan.
Es importante recordar que la inteligencia artificial es una herramienta poderosa, pero aún es joven. ChatGPT, por ejemplo, fue lanzado en noviembre de 2022 y sus implicaciones a largo plazo, especialmente cuando se utiliza desde la infancia, todavía no se comprenden del todo. Apostar el futuro educativo exclusivamente a tecnologías cuyo impacto profundo desconocemos resulta, cuando menos, imprudente.
Si el sistema educativo no toma en cuenta cómo están llegando las y los estudiantes a las aulas, corre el riesgo de diseñar soluciones para un alumno ideal que no existe. Además de no preparar al docente adecuadamente para lidiar con estas problemáticas y asegurar su aprendizaje. Como muestran investigaciones recientes y experiencias docentes, muchos niños y niñas llegan con déficits de atención, imaginación y pensamiento crítico que no fueron abordados en etapas tempranas. Luego, se exige a los docentes que remedien estos vacíos sin el acompañamiento ni la formación adecuada.
El futuro de la educación no debería girar únicamente en torno a la tecnología, sino centrarse en el desarrollo humano. Porque al final del día, educar sigue siendo un acto profundamente relacional y el aprendizaje ocurre en mentes que necesitan ser comprendidas antes de ser optimizadas.
El futuro de la educación no se trata de algoritmos ni de códigos. Y aunque los congresos sobre el futuro de la educación, los artículos y las discusiones estén hablando de inteligencia artificial, automatización y aprendizaje adaptativo, es más importante entender quién es el estudiante que llega al aula y se sienta frente a esa pantalla, cómo está su atención, su regulación emocional, su capacidad de imaginar y pensar críticamente y recordar que estaremos construyendo el futuro sobre cimientos frágiles.
Reiterando, la tecnología no es el problema. El problema es convertirla en el centro de la conversación mientras el ser humano se vuelve una nota al pie. Hoy sabemos que muchos estudiantes llegan al aula con dificultades de atención, con una relación fragmentada con el conocimiento y con menos experiencias de juego, lectura profunda e imaginación. Sabemos que la primera infancia está siendo desplazada por las pantallas. Sabemos que los docentes enfrentan una complejidad emocional creciente. Y aun así, insistimos en preguntarnos qué herramienta usar, en lugar de preguntarnos qué mente estamos formando.
El riesgo no es que la inteligencia artificial avance demasiado rápido. El verdadero riesgo es que avancemos tecnológicamente sin detenernos a mirar si nuestros estudiantes están listos para sostener ese futuro. Porque educar no es optimizar procesos. No es automatizar respuestas. No es medir cada interacción. Educar es formar criterio, fortalecer la atención, cultivar humanidad.
Si el futuro de la educación no pone en el centro el desarrollo cognitivo, la salud mental, la imaginación y el bienestar docente, no será un futuro innovador, será un futuro limitado y superficial. Y aunque la inteligencia artificial tiene el potencial de transformar la educación, esto solo será posible si antes decidimos que la educación sigue siendo, ante todo, un encuentro humano.
Fuente: https://observatorio.tec.mx/opinion-el-futuro-de-la-educacion-involucra-mas-que-tecnologia/
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