Publicado: 21 febrero 2026 a las 6:00 pm
Categorías: Artículos
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Por Jordi Martí

En los últimos años ha aparecido una nueva fauna en redes sociales. Brota con fuerza entre hilos de X, reels motivacionales y podcasts con música épica de fondo. Son personas que hablan de educación con una seguridad admirable, con soluciones simples para problemas complejos y con una capacidad infinita para explicar a los docentes cómo deberían hacer su trabajo. Lo curioso es que, en muchos casos, jamás han dado clase.
Y aquí conviene hacer una pausa, porque una cosa es hablar de educación y otra muy distinta es ser divulgador educativo.
Un divulgador educativo no es alguien que opina sobre educación. No es alguien que lee dos artículos, tres informes internacionales y decide que el sistema entero está mal enfocado. Tampoco es quien convierte conceptos pedagógicos en eslóganes de taza de desayuno.
Un divulgador educativo es, ante todo, un profesional de la educación que vive o ha vivido la educación desde dentro. Y ahora seguro que muchos me diréis qué significa para mí desde dentro. Pues desde dentro, al menos para mí, significa, entre otras cosas, lo siguiente:
Divulgar no es simplificar hasta vaciar. Es traducir la complejidad sin traicionarla. Y eso solo se puede hacer cuando conoces esa complejidad porque la has experimentado. La experiencia no es un adorno, es la base
En educación hay una tentación constante de convertirla en un laboratorio teórico donde todo parece funcionar. El problema es que las aulas no son laboratorios. Son entornos humanos, imprevisibles, llenos de variables imposibles de controlar.
Por eso, alguien que nunca ha ejercido la docencia podrá ser un buen comunicador, un buen analista o incluso un excelente lector de estudios académicos. Pero no es un divulgador educativo. Le falta el elemento esencial. Y ese elemento esencial es la práctica.
Es como si alguien pretendiera divulgar sobre cirugía tras ver documentales médicos. Puede conocer el instrumental, los protocolos y hasta citar artículos científicos. Pero no ha estado en quirófano cuando algo se complica.
Y la educación, aunque algunos se empeñen en olvidarlo, también es práctica situada, toma de decisiones constante y gestión de lo inesperado.
Sé que vivimos en la era del opinólogo profesional. Personas que hablan con contundencia de cualquier tema porque el algoritmo premia la seguridad, no la experiencia. En educación esto se traduce en discursos llenos de palabras atractivas: innovación, transformación, aprendizaje significativo, cambio de paradigma. Todo suena bien. Todo es compartible. Todo cabe en una infografía.
Pero cuando rascas un poco, no hay aula detrás. No hay alumnos reales. No hay evaluación, ni diversidad, ni conflicto, ni frustración pedagógica. Solo relato.
El divulgador educativo, en cambio, no vende certezas absolutas. Suele hablar con matices. A veces dice «depende». A menudo reconoce límites. Y, sobre todo, sabe que muchas soluciones brillantes en teoría se desmoronan cuando entran por la puerta de un centro educativo.
Curiosamente, ese discurso es menos viral. Pero es infinitamente más honesto.
Ýa, ya, Jordi, pero cuáles deberían ser las características que debería tener un auténtico divulgador educativo. Lo sé. A estas alturas del artículo os lo estaréis preguntando mucho. Y no, no voy a daros un detector, pero sí algunas características básicas.
En primer lugar, un divulgador educativo debería tener experiencia docente real y sostenida en el tiempo. No una charla puntual, no un taller aislado, no una colaboración anecdótica. Dar clase implica continuidad, procesos, seguimiento y responsabilidad.
También debería tener capacidad de reflexión sobre la práctica. No basta con haber estado en el aula; hay que haber pensado sobre lo que ocurre en ella, haber cometido errores y haber aprendido de ellos. Por eso incido en que la experiencia por ella misma no da el aura de divulgador. Es algo más.
Y, finalmente, debe respeto por la profesión docente. Quien ha enseñado sabe que simplificar el trabajo del profesor es una forma elegante de demostrar que no lo entiende.
Divulgar no es opinar libremente, sino conectar experiencia con evidencia, teoría con práctica, investigación con realidad escolar. Haciéndolo, por conocer de qué estás hablando, de forma humilde porque la educación es uno de los pocos campos donde cuanto más sabes, más consciente eres de lo que no controlas.
El problema no es que haya gente hablando de educación. Que exista debate educativo es positivo. Que participen perfiles diversos también. La educación afecta a toda la sociedad y necesita miradas múltiples.
El problema aparece cuando se confunde altavoz con autoridad pedagógica. Cuando la visibilidad sustituye al conocimiento profesional. Cuando quien nunca ha gestionado un aula pretende decirle al docente cómo debe hacerlo. Eso no es divulgación. Es otra cosa. Más cercana al entretenimiento que al compromiso educativo.
Divulgar educación es responsabilizarse de lo que se dice. Cada mensaje simplista que circula tiene impacto en la percepción social del profesorado. Cada receta milagro contribuye a la idea de que enseñar es fácil y que, si algo falla, es porque el docente no aplica la última moda metodológica.
El verdadero divulgador educativo sabe que comunicar sobre educación implica una responsabilidad enorme. No habla para ganar seguidores, sino para ayudar a comprender mejor una realidad compleja. Y esa responsabilidad solo puede asumirla quien ha estado allí. Quien sabe lo que significa cerrar la puerta del aula y enfrentarse, sin filtros ni algoritmos, a la tarea de enseñar.
Lo demás puede ser interesante, puede ser mediático, puede incluso ser entretenido. Pero no es divulgación educativa. Es, simplemente, hablar de educación desde fuera. Y la educación, vista desde fuera, siempre parece mucho más sencilla de lo que es.
Este mes voy a cobrar mi noveno trienio, habiendo estado en el aula con docencia directa más de veinte años dando clase a alumnado de la ESO y Bachillerato, tanto en grupos «normales» como en programas específicos para alumnado absentista y en aulas de «especial dificultad». Así pues creo que algo sé de educación. ¿Eso me hace un buen divulgador sobre educación? No. Eso solo me convierte en alguien con experiencia en las aulas que, como he dicho antes, es un requisito imprescindible para poder llegar a serlo en algún momento.
Fuente: https://xarxatic.com/el-divulgador-educativo-no-se-fabrica-en-las-redes-se-forja-en-el-aula/
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