Publicado: 22 febrero 2026 a las 10:00 pm
Categorías: Artículos
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Por María José Domínguez

AGENCIAUNO
Jonathan Haidt no es un moralista ni un predicador. Es un psicólogo social formado en la tradición empírica norteamericana, profesor de la Universidad de Nueva York y autor de obras influyentes como The Righteous Mind y The Anxious Generation. Su trabajo se ha centrado en comprender la relación entre moral, cultura y comportamiento humano, y ha visitado Chile en más de una ocasión precisamente porque sus diagnósticos interpelan a sociedades que aún creen —quizás con exceso de confianza— que la libertad se conserva por simple inercia.
En un reciente artículo publicado en The Free Press, Haidt propone un experimento mental inquietante: si el “diablo” quisiera dañar a la próxima generación, no recurriría a la censura, la violencia ni la represión estatal. Apostaría por la distracción permanente, la comodidad adictiva y la erosión silenciosa del carácter. No prohibiría nada; lo ofrecería todo. Saturaría la mente de estímulos hasta vaciarla de reflexión.
“I would flood their minds with distraction, so they could never sit in silence, never reflect, never truly connect».
El punto de Haidt no es metafísico, sino empírico. Desde hace más de una década viene documentando cómo la hiperconectividad, el uso intensivo de smartphones y el diseño algorítmico de las plataformas digitales coinciden con un deterioro sostenido de la salud mental, la capacidad de concentración y la calidad de los vínculos sociales, especialmente entre niños y adolescentes. La ansiedad, la fragilidad emocional y la pérdida de sentido no surgen del vacío, sino de una cultura que reemplazó la experiencia por la estimulación constante.
Pero su diagnóstico va más allá de la psicología clínica. Su aporte más profundo se sitúa en el terreno de la moral. En The Righteous Mind, Haidt sostiene que los sistemas morales —incluida la religión— no son meros constructos arbitrarios, sino productos evolutivos que permitieron la cooperación, la cohesión social y la transmisión de normas. La moral no solo regula conductas; también estructura identidades y comunidades.
“Morality binds and blinds. It binds us into teams, and it blinds us to the needs of those outside our group”.
En ese marco, la religión ha sido históricamente uno de los vehículos más eficaces para transmitir valores, límites, sentido trascendente y disciplina interior. No porque imponga dogmas, sino porque ordena la vida moral, canaliza impulsos y fortalece vínculos intergeneracionales. Cuando estos marcos se debilitan, no necesariamente emerge una autonomía más sólida, sino una subjetividad más frágil, más ansiosa y más dependiente del entorno para construir identidad.
“We have overprotected children in the real world and underprotected them online”.
— The Anxious Generation
Este fenómeno resulta especialmente relevante. La libertad no se agota en la ausencia de coerción estatal. Requiere carácter, autocontrol, juicio y una estructura moral que no se improvisa. John Stuart Mill ya advertía que la autonomía no nace espontáneamente; se cultiva. Sin embargo, hoy hemos delegado buena parte de la formación cultural en algoritmos diseñados para maximizar atención, no virtud.
El problema, por tanto, no es la tecnología en sí misma, sino el ecosistema cultural que la rodea. Una cultura sin exigencia moral, sin ritos formativos, sin referencias trascendentes y sin disciplina intelectual difícilmente produce individuos autónomos. Padres y abuelos observan con inquietud cómo las pantallas reemplazan conversaciones, lectura, silencio y reflexión, mientras el sistema educativo se concentra en habilidades instrumentales sin preguntarse con suficiente profundidad por la formación del carácter.
La tecnología, sin duda, ha ampliado el acceso a información y ha facilitado procesos que antes eran lentos o inaccesibles. Sin embargo, cuando su uso se vuelve permanente y no mediado, también puede debilitar la capacidad de análisis, de interpretación crítica y de comprensión profunda de los hechos y realidades que enfrentamos. El desafío, entonces, no es rechazar la tecnología, sino integrarla de manera consciente, evitando que la acumulación de datos reemplace el ejercicio reflexivo que toda educación orientada a la autonomía requiere.
Aquí emerge una pregunta incómoda para Chile y para cualquier sociedad que aspire a sostener una tradición liberal amplia: ¿estamos educando para la autonomía o para la adaptación pasiva? ¿Estamos formando ciudadanos con criterio propio o sujetos crecientemente dependientes del entorno?
La transición política actual ofrece una oportunidad para reabrir esta discusión. No basta con reformar estructuras administrativas ni con actualizar programas académicos si no se revisa el núcleo formativo de la educación. Una sociedad liberal necesita algo más que competencias técnicas; necesita ciudadanos con sentido del deber, tolerancia a la frustración, capacidad de deliberación y un anclaje moral básico que haga posible la convivencia.
Si el sistema educativo continúa avanzando en direcciones que relativizan la autoridad, diluyen la exigencia y vacían de contenido moral la formación, el resultado difícilmente será una ciudadanía más emancipada, sino una sociedad más desorientada.
En este contexto adquiere relevancia Libbre.org, la plataforma de edutainment desarrollada por la Universidad del Desarrollo. No se trata de un proyecto ideológico, sino de una propuesta cultural que entiende que, si la disputa se libra en el terreno de la atención, la educación debe aprender a hablar el lenguaje audiovisual sin renunciar al contenido.
Libbre combina historia, economía, cultura cívica, valores occidentales y formación del carácter en formatos atractivos para nuevas generaciones. No busca adoctrinar, sino formar criterio. No impone, sino que ofrece herramientas para pensar.
En un ecosistema dominado por estímulos vacíos, ofrecer contenidos que exijan reflexión y fortalezcan la autonomía intelectual es, paradójicamente, un gesto contracultural. Y, en ese sentido, coherente con una tradición liberal que valora tanto la libertad como la responsabilidad.
La advertencia de Haidt no es un llamado a la censura, sino a la responsabilidad cultural. La libertad no se pierde solo por imposición; también puede diluirse por comodidad. El mayor riesgo no siempre es la opresión, sino la pérdida gradual de sentido.
La historia muestra que las sociedades no se transforman solo por presiones externas, sino también por procesos internos lentos y silenciosos. Cuando la formación del carácter deja de ser una prioridad, cuando la educación se vacía de contenido moral y cuando la tecnología sustituye al vínculo humano, el deterioro no llega con estruendo. Suele hacerlo de manera casi imperceptible.
Chile enfrenta hoy una disyuntiva silenciosa pero decisiva: seguir educando para la adaptación pasiva o volver a educar para la autonomía real. La libertad no se defiende solo en el Congreso. Se cultiva en la sala de clases, en la mesa familiar, en los contenidos culturales y en los valores que una sociedad decide transmitir.
Iniciativas como Libbre.org no son un lujo cultural, sino una necesidad estratégica. Porque cuando una sociedad deja de saber para qué quiere ser libre, otros terminan decidiendo por ella.
Fuente: https://ellibero.cl/tribuna/educar-para-la-libertad-en-la-era-de-la-distraccion-jonathan-haidt-fragilidad-cultural-y-desafios-morales-del-presente/
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