¿Deberíamos prohibir las redes sociales hasta los dieciséis años?

Publicado: 10 diciembre 2025 a las 8:00 pm

Categorías: Artículos

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Por Jordi Martí

En estos últimos meses ha surgido, desde muchas administraciones y países, la necesidad de establecer un modelo regulatorio de las redes sociales para los menores de dieciséis años. Creo que, en le momento de escribir este artículo, ya está aprobada la resolución que prohíbe ese acceso a menores de dieciséis en Australia. Bueno, se prohíbe el registro y, por tanto, su uso aunque, como siempre digo, es harto complejo articular un modelo digital de discriminación fiable por edad. Y eso lo sabemos bien los que conocemos un poco el modelo digital.

Cada cierto tiempo resurge la misma pregunta. Una pregunta acerca de la edad a la que deberían deberían los adolescentes entrar en redes sociales. Y últimamente, como he dicho al principio y que es el leitmotiv del artículo de hoy, la respuesta que gana terreno en despachos y tertulias es un número claro: dieciséis. Antes de eso, prohibición. Cortar el acceso. Móviles bajo llave. Perfiles cerrados.

La medida tiene lógica. Nadie puede negar que el entorno digital puede ser cruel con quien está aún aprendiendo a manejar su identidad. Y sobran ejemplos en los que un mal comentario, una foto fuera de contexto o un vídeo viralizado a destiempo se convierten en una herida demasiado grande para un menor. Una herida que, en ocasiones, como bien sabemos, provoca resultados muy trágicos ya que traslada un bullying realizado en las aulas a la vida entera de determinados adolescentes.

Pero, por muy razonable que sea levantar ese dique, hay algo que me inquieta. Lo que me inquieta es la tendencia constante a pensar que educar consiste únicamente en cerrar puertas. Eso sí, permitidme posicionarme abiertamente… yo soy un firme partidario, vista la realidad de nuestras aulas, de levantar ese dique.

Hay adolescentes que sienten la presión de ser alguien en internet, de acumular seguidores como si eso equivaliera a ser valioso. Otros se ven enganchados a una cadena interminable de estímulos que devoran su atención sin pedir permiso. Y también hay quienes encuentran allí la única vía para sentirse acompañados cuando su entorno más cercano no termina de hacerlo.

Por eso, reducir la conversación a prohibimos y asunto resuelto es conformarse con una solución tan rápida como frágil.

Si decidimos retrasar la entrada en redes, que sea para ganar tiempo a favor de la educación, no para esquivar la realidad. Un tiempo que permita a las familias no sentirse espectadoras pasivas de lo que ocurre en la pantalla, sino parte del proceso. Porque, al final, las redes llegan de la mano de un dispositivo que no aparece por generación espontánea. Se trata de un dispositivo que alguien compra, entrega y habilita para que pueda usarse para el acceso a esas redes sociales.

También tenemos que tener un tiempo que permita a la escuela trabajar lo digital desde la tranquilidad y no desde la urgencia. Pensar, debatir y enseñar a mirar de frente -y con criterio- aquello que inevitablemente formará parte de la vida de ese alumnado.

Un tiempo para construir algo que no siempre sabemos construir… la responsabilidad compartida. Que el profesorado deje de culpar a la familia. Que la familia deje de culpar a la escuela. Y que dejemos de delegar en algoritmos la educación emocional que no estamos dispuestos a trabajar.

Prohibir es un primer paso razonable. Pero si se convierte en el único, se volverá inútil demasiado rápido. Porque a la vuelta de esa barrera, las redes seguirán allí. Con su ruido. Con su brillo. Con su capacidad para moldear vidas mientras nadie mira.

Si vamos a pedir a los adolescentes que esperen, aprovechemos esa espera para ofrecerles algo más que miedo. Ofrezcámosles acompañamiento real, confianza, presencia y, lo que es más importante, criterio. Al fin y al cabo, ninguna normativa podrá sustituir la educación que ocurre cuando alguien, al otro lado de la mesa, te mira a la cara y te dice que «estoy contigo, incluso cuando el mundo se te hace grande».

La clave no está en negar las redes. Ahora las negamos. No queda otra. Dan más problemas que beneficios. Otra cuestión, insisto, es que en cuanto lleguen a la vida de esos adolescentes estén preparados para usarlas correctamente. Y eso es algo que, viendo el uso que damos los adultos, resulta harto complicado que llegue pero, como siempre digo, yo apuesto siempre por esos adolescentes. Estoy convencido de que van a ser capaces de gestionar eso que nuestra generación no ha conseguido saber gestionar.

Fuente: https://xarxatic.com/deberiamos-prohibir-las-redes-sociales-hasta-los-dieciseis-anos/