Publicado: 16 noviembre 2025 a las 4:00 pm
Categorías: Artículos
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Por Jordi Martí

Hay una frase que nadie se atreve a decir en voz alta, pero que flota por los claustros y por las redes como un perfume rancio… «Si lo proponen los míos, es innovación; si lo proponen los otros, es adoctrinamiento». Da igual quiénes sean los míos y quiénes sean los otros. Cada cual se fabrica su diccionario moral y a partir de ahí clasifica las propuestas educativas en dos grandes cajones. Uno para lo aceptable y otro para lo intolerable. No según si funciona o no, sino según quién lo dice o de qué color tiñe el discurso.
El problema es que la educación no funciona bien cuando se convierte en un campo de batalla identitario. Y, sin embargo, llevamos años jugando a eso. Basta con que una medida lleve ciertas palabras clave para que algunos la abracen sin leerla y otros la odien sin conocerla. Si habla de competencias, proyectos, inclusión y emociones, habrá quien la aplauda por sistema y quien la abomine al segundo. Si habla de esfuerzo, contenidos, disciplina y conocimiento, ocurre exactamente al revés. No hace falta entrar en matices. Se activa el piloto automático de «esto es de los míos o esto es de los otros» y se acabó el análisis.
La pregunta incómoda es si estamos dispuestos a renunciar a avances o propuestas útiles solo porque chocan con nuestra ideología. Y ojo, no hablo de tragarse cualquier cosa. Hablo de algo peor. De ni siquiera permitirnos mirar con calma lo que hay detrás de la etiqueta.
El juego es peligroso porque la ideología es muy hábil camuflando sus efectos. Te susurra que eres crítico, cuando en realidad solo eres selectivo. Analizas con lupa lo que viene del otro bando y tragas sin masticar lo que encaja con tu relato. Si un estudio refuerza tu postura, es ciencia. Si la contradice, está manipulado. Si una estrategia metodológica la ha popularizado alguien a quien detestas, es ingeniería social. Si la ha puesto de moda tu gurú favorito, es un avance imprescindible. Y así vamos, abrazando y rechazando propuestas no por su impacto en el alumnado, sino por lo bien o mal que quedan en nuestras conversaciones de café. O lo bien o mal que nos hace sentir con nuestra ideología.
El aula, mientras tanto, mira todo este teatro con absoluta indiferencia. A la mayoría de alumnado les da exactamente igual si tu enfoque se considera progresista, conservador, disruptivo o viejuno. Lo único que perciben es si entienden algo, si avanzan, si les respetas y si aquello tiene un mínimo sentido para su vida. Ellos no leen manifiestos pedagógicos; leen tu cara cuando entras por la puerta. Y si te ven más preocupado por ganar debates que por ayudarles a aprender, lo notan.
La ideología, bien entendida, podría ayudarnos a tener principios claros. Qué valores no estamos dispuestos a sacrificar, qué líneas no vamos a cruzar. El problema es cuando esos principios se convierten en un filtro tan grueso que ya no dejan pasar ni una idea aunque sea buena. Por ejemplo, si alguien te propone una herramienta de refuerzo de lectura con buenos resultados, pero la ha financiado una empresa o fundación que no te gusta, ¿la tiras a la basura? Si un programa de convivencia ha mejorado el clima en centros educativos, pero viene empaquetado con un discurso que te chirría, ¿lo descartas entero? Si una propuesta de trabajo más estructurado mejora la atención de tu alumnado, pero te suena a vieja escuela, ¿la ignoras para no traicionarte?
No estamos hablando de cosas abstractas. Estamos hablando de alumnos concretos a los que les cuesta leer, escribir, concentrarse, relacionarse, gestionar emociones, entender un texto, levantar la mano, confiar en su propia capacidad. Es tan sencillo como preguntarse… ¿esta idea, venga de donde venga, puede ayudar a estos chicos? Y luego, solo después, revisar qué implicaciones tiene, qué riesgos, qué límites. Pero solemos hacerlo al revés. Primero miramos la bandera, luego el contenido.
También pasa en el otro extremo. Hay quien se enamora de propuestas solo porque llevan un sello ideológico que le encanta. Es inclusivo, es innovador, es tradicional, es serio, es moderno, es transformador. Cualquiera de estas palabras puede servir de encantamiento. A partir de ahí, todo son ventajas. Si luego resulta que en tu aula no funciona, no importa. Siempre se puede achacar la culpa al contexto, al centro, a las familias, al alumnado o a los astros. A todos, menos al haber decidido con el estómago y no con la cabeza.
El tema se complica todavía más porque la idea misma de avance educativo está contaminada por la ideología. Para algunos, avanzar es introducir más tecnología, más flexibilidad, más voz del alumnado. Para otros, avanzar es recuperar rigor, estructura, exigencia. Para unos, el futuro pasa por proyectos abiertos; para otros, por volver a lo básico. Y luego está la realidad incómoda. Quizá el avance de verdad sea una mezcla incómoda de cosas que no encajan bien con ningún relato puro. Un poco de firmeza y un poco de flexibilidad. Un poco de libro y un poco de proyecto. Un poco de pantalla y un mucho de explicación clara. Horrible para los extremos, muy útil para la gente normal. Y, especialmente, para el alumnado.
Al final, la educación siempre se juega en el mismo sitio. Un aula, unas personas, unas condiciones concretas. Desde ahí, lo único honesto sería mirar cada propuesta como se mira una herramienta. ¿Sirve para algo aquí? ¿Cuál es el coste? ¿Qué gano, qué pierdo? ¿Puedo adaptarla sin tragarme el envoltorio ideológico? ¿Puedo usar una parte sin convertirme en portavoz de todo el paquete? ¿Puedo decir «esto sí, esto no» sin que me expulsen de ninguna tribu?
Renunciar a algo útil solo porque viene de los otros es tan absurdo como tomarte una medicina y tirarla cuando descubres que la desarrolló un laboratorio que no te cae bien, aunque te esté funcionando. Adoptar algo inútil solo porque lo promueven los míos, es el equivalente pedagógico de comprar un producto milagro por televisión de madrugada. En ambos casos, el cuerpo (el sistema, el aula, el alumnado) acaba pagando el precio de tus lealtades mal entendidas.
La pregunta del título no se resuelve con un sí o un no, pero obliga a hacer algo que nos cuesta mucho… mirarnos al espejo. ¿Cuántas veces hemos despreciado una idea sin leerla porque ya sabíamos de qué pie cojeaba? ¿Cuántas veces hemos defendido otra que no nos convencía del todo solo por no separarnos del grupo? ¿Cuántas veces hemos confundido ser coherentes con ser previsibles?
Quizá la única salida decente sea no renunciar a nada sin haberlo examinado con el criterio de quien pisa aula, no con el de quien colecciona etiquetas. Aceptar que puede haber cosas valiosas en discursos que nos incomodan, igual que puede haber trampas en discursos que nos encantan. Y recordar que nuestra lealtad principal, nos guste o no, no es a una corriente pedagógica ni a una bandera ideológica, sino a ese alumnado que se sienta cada día delante de los docentes esperando entender algo más del mundo.
Lo demás, ruido. Muy bien envuelto, muy discutido, muy inflamable. Pero ruido.
Finalmente hay una cuestión que no me gustaría dejar en el tintero… ¿os habéis dado cuenta de que, curiosamente, quienes más cerrados son de mente pedagógica, trasladando toda su lucha educativa al campo ideológico, son quienes marcan, en las redes y en los medios, unas determinadas tendencias educativas que, solo entrar en el aula, se convierten en humo inútil? ¿Será casualidad? ¿O será tener un algoritmo que solo hace experimentos conmigo? Quién sabe…
Fuente: https://xarxatic.com/debemos-renunciar-a-avances-o-propuestas-educativas-que-no-comulgan-con-nuestra-ideologia/
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