Publicado: 26 noviembre 2025 a las 6:00 pm
Categorías: Artículos
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Por Lucía y Rosma Yagüe Mayans

En los últimos años escuchamos hablar con frecuencia del síndrome del burnout docente, que hace referencia al desgaste profesional que surge del estrés continuado, la presión de los resultados o la carga administrativa. Sin embargo, existen dos fenómenos menos visibles pero igual de importantes: la compasión agotada y la sobrecarga emocional, especialmente presentes en quienes acompañamos más de cerca a niños y adolescentes, los tutores y orientadores.
El rol tutorial, como hemos hablado en artículos anteriores, no consiste solo en guiar académicamente a nuestros tutorados, sino en escuchar, sostener y contener emociones ajenas. Cada conversación, cada reunión con familias, cada tutoría individual deja en nosotros una huella emocional. Y cuando ese acompañamiento se repite día tras día sin espacios de descarga ni autocuidado, el docente puede empezar a sentirse saturado, irritable, con sensación de impotencia o incluso de desconexión emocional. Y ojo, esto no es falta de vocación: es fatiga empática, el precio de cuidar sin cuidarse.
El momento de tutoría es un espacio de confianza donde nuestros alumnos comparten inseguridades, conflictos familiares o dificultades personales con nosotros. Escuchar, acoger y orientar requiere una enorme energía emocional. Cuando a esto se le suman además las demandas del aula, las reuniones con familias y las urgencias del día a día, el tutor corre el riesgo de sobrepasar su capacidad de contención.
Hay ocasiones en las que esta sobrecarga llega a manifestarse como una sensación de “vaciarse por dentro”: atender bien a todos, pero sin la alegría o la presencia de antes. Entonces el cuidado ya no es una opción, se vuelve obligación, y el acompañamiento pierde su esencia transformadora.
El primer paso para prevenir la compasión agotada es reconocerla. Aceptar que sentir cansancio emocional no es una debilidad, sino una señal de que necesitamos atendernos. No se puede acompañar desde el desbordamiento.
Cuidarse no es una señal de egoísmo, es responsabilidad profesional. Implica incorporar micro-pausas durante el día: respirar antes de una reunión difícil, salir a caminar unos minutos en el recreo, o simplemente permitirse no responder un correo de inmediato. Pequeños gestos que nos devuelven el equilibrio.
Mantener un equilibrio entre la vida personal y profesional no es un lujo, sino una condición indispensable para sostener la vocación y acompañar con autenticidad a lo largo del tiempo.
El autocuidado no debería depender únicamente de la voluntad individual. Los equipos directivos y las instituciones también deben promover una cultura del bienestar docente, donde se normalice hablar de la carga emocional, se fomente el trabajo colaborativo y se valore el descanso como parte del rendimiento profesional.
Al final, cuidar a quien educa es cuidar la calidad de la educación misma. Los tutores no solo guían a los alumnos; son referentes humanos. Y para poder seguir siéndolo, necesitamos espacios que nos nutran, nos sostengan y nos permitan seguir mirando a nuestros alumnos con la misma compasión, pero sin agotarla.
Por Rosa Mª y Lucía Yagüe Mayans, docentes de Secundaria y Bachillerato del Colegio Las Colinas School.
Fuente: https://exitoeducativo.net/compasion-agotada-sobrecarga-emocional/
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