Cuando la nostalgia educa peor que la escuela

Publicado: 20 marzo 2026 a las 1:00 am

Categorías: Artículos

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Por https://www.elperiodicoextremadura.com

Una respuesta al discurso de los “maleducados”

Raúl Gijón Rodríguez es maestro de la escuela pública con casi 30 años de experiencia docente. Con habilitaciones en Educación Infantil y Pedagogía Terapeútica, es también licenciado en Psicopedagogía y posee otros títulos Postgrado en Educación Social y en Trabajo Social. Experto en Educación de personas adultas y e-Learning, firma esta carta en respuesta a una tribuna publicada en este diario. En el texto, rebate con datos el relato nostálgico sobre la supuesta decadencia del sistema educativo y sostiene que los principales problemas de la escuela tienen más que ver con la desigualdad, la segregación escolar y la falta de recursos que con una pérdida generalizada de valores, disciplina o esfuerzo.

Una madre lleva a su hijo al aula de Infantil
Una madre lleva a su hijo al aula de Infantil / Isaac Buj-Europa Press

Suele ser habitual, más cuando hablamos de educación, que haya discursos y palabras que vuelven cada cierto tiempo como si fueran estaciones del año. Una de ellas es la decadencia del sistema. Otra, muy cercana, es la mala educación, es decir, el pésimo estado del sistema educativo. “Maleducados”, así tituló su último artículo José Miguel Campos Parra el pasado 8 de marzo en este mismo periódico, es un ejemplo de lo que digo. Esta es mi respuesta ante las reflexiones de la tribuna “Con sumo gusto”. Desconozco la vinculación del autor con lo que pasa hoy en día en los centros educativos, pero por sus aseveraciones parece bastante alejado de la realidad y, más aún, de los datos: nunca antes tanto alumnado había tenido acceso a la educación durante tanto tiempo.

Cada generación parece convencida de que la siguiente ha perdido algo esencial: respeto, disciplina, esfuerzo. El argumento tiene una estructura familiar. El alumnado ya no estudia, el profesorado ha perdido autoridad, las leyes educativas han rebajado el nivel. Antes, siempre antes, la escuela funcionaba mejor. El problema de esta historia no es su tono nostálgico. El problema es que no se sostiene en los datos.

Los sociólogos de la educación Jesús Rogero y Daniel Turienzo lo explican con claridad en el libro Educafakes: gran parte de las ideas que circulan sobre la escuela son percepciones repetidas hasta convertirse en supuestas verdades. Pero cuando se examinan con datos, muchas se desmoronan. La educación se ha convertido en un terreno lleno de tópicos. Y cuando los tópicos sustituyen al análisis, el debate público empieza a caminar en círculos.

El primer sesgo: la nostalgia como argumento

El relato de la decadencia educativa se apoya en una premisa muy simple: antes se aprendía más. Sin embargo, los indicadores educativos cuentan una historia distinta.

Según los análisis citados por Rogero y Turienzo, distintas variables educativas han mejorado en las últimas décadas. Una de las más significativas es el abandono educativo temprano. A principios de los años 2000 superaba el 30 %. Hoy se sitúa aproximadamente en torno al 13 %. Esto significa que mucho más alumnado permanece en el sistema educativo hasta terminar la secundaria. También ha aumentado la tasa de graduación en educación obligatoria.

La paradoja aparece entonces con una pregunta inevitable: si cada vez más alumnado completa su educación, ¿por qué persiste la sensación de que el nivel baja?

La respuesta es sencilla y, al mismo tiempo, incómoda. Porque la escuela ya no selecciona a una minoría. Ahora educa a toda la sociedad.

En el pasado, buena parte del alumnado abandonaba el sistema antes de llegar a la educación secundaria. La escuela funcionaba como un filtro social. Hoy la escolarización es universal hasta los 16 años. Cuando un sistema pasa de educar a una élite a educar a toda la población, los promedios cambian. Y ese cambio estadístico suele interpretarse erróneamente como decadencia.

En realidad, es democratización educativa.

El segundo sesgo: moralizar problemas estructurales

Cuando se afirma que el alumnado está maleducado se está realizando un desplazamiento retórico muy antiguo: convertir un problema social en un problema moral. En lugar de hablar de desigualdad educativa se habla de disciplina. En lugar de hablar de recursos se habla de valores.

Pero las investigaciones educativas muestran algo que rara vez aparece en los artículos de opinión: el rendimiento escolar está muy vinculado al contexto socioeconómico. El capital cultural familiar, la estabilidad económica o el acceso a recursos culturales influyen en las trayectorias educativas.

El esfuerzo importa. Por supuesto que importa. Pero la idea de que el éxito escolar depende exclusivamente de la voluntad individual es uno de los “educafakes” más persistentes. La escuela no parte de una línea de salida igual para todo el alumnado. Negar esa evidencia no hace desaparecer la desigualdad.

El tercer sesgo: el truco retórico del “aprobado como derecho”

En muchos debates aparece una frase que funciona como detonador emocional: “aprobar se ha convertido en un derecho”. La expresión es eficaz porque genera indignación inmediata. Pero es también un ejemplo clásico de caricatura retórica. Ninguna ley educativa reconoce el derecho a aprobar. Lo que existe es el derecho a la educación.

Ese derecho implica que el sistema educativo debe ofrecer oportunidades reales de aprendizaje a todo el alumnado, no solo a quienes parten de contextos más favorecidos. La evaluación educativa ha evolucionado precisamente para intentar que el fracaso escolar no sea un destino social heredado. De hecho, los datos apuntan a que la repetición de curso, la herramienta más usada en caso de que el alumnado no consiga los objetivos educativos, es un error que, en muy pocos casos, produce un cambio positivo en los resultados educativos y, más bien al contrario, es el predictor más seguro del abandono escolar temprano.

Confundir ambos conceptos es una forma de simplificar el debate hasta hacerlo irreconocible.

El cuarto sesgo: cargar sobre la escuela todos los problemas sociales

Existe otro fenómeno curioso en las sociedades contemporáneas. Cuando algo falla, se mira inmediatamente hacia la escuela.

Si hay crisis de valores, la culpa es de la escuela.

Si la economía no funciona, la culpa es de la escuela.

Si la convivencia social se deteriora, la culpa es de la escuela.

Pero la escuela no puede resolver por sí sola los problemas que pertenecen al conjunto de la sociedad. Rogero insiste en que el sistema educativo está profundamente conectado con factores sociales como la desigualdad o la precariedad. Cuando esos factores aumentan, sus efectos también se reflejan en las aulas.

La educación puede mitigar desigualdades, pero no puede eliminarlas sin políticas sociales más amplias.

El quinto sesgo: invisibilizar la segregación escolar

Uno de los factores más determinantes en los resultados educativos es la segregación escolar. Cuando el alumnado se concentra en determinados centros según su origen socioeconómico, las desigualdades se multiplican. Numerosos estudios muestran que España presenta niveles relevantes de segregación entre centros educativos. Esto implica que algunos centros concentran mayor proporción de alumnado vulnerable.

Las consecuencias son claras: mayores dificultades pedagógicas, más presión sobre el profesorado y menor igualdad de oportunidades. Sin embargo, este tema apenas aparece en el debate público. Quizá porque resulta más sencillo hablar de mala educación que de desigualdad estructural.

La educación no se parece mucho a los titulares de opinión. Se parece más a una forma paciente de construir futuro. Y muchas veces, como señala Turienzo, el profesorado sostiene el sistema educativo, incluso cuando faltan recursos suficientes

Lo que realmente ocurre en las aulas

Mientras el debate mediático gira alrededor de eslóganes, la vida escolar sigue su curso cotidiano. Es habitual que el personal docente trabaje en el aula con casi treinta estudiantes. En ese grupo hay ritmos de aprendizaje diferentes, situaciones familiares complejas, emociones en conflicto, talentos diversos. En medio de todo eso, el profesorado intenta enseñar: explicar un concepto, acompañar un proceso, escuchar una dificultad, mediar en un conflicto.

La educación no se parece mucho a los titulares de opinión. Se parece más a una forma paciente de construir futuro. Y muchas veces, como señala Turienzo, el profesorado sostiene el sistema educativo, incluso cuando faltan recursos suficientes.

Tres decisiones urgentes

Si el objetivo es mejorar la educación pública, las soluciones no pasan por reproches morales ni por nostalgias idealizadas. Pasa por decisiones políticas concretas: reducir ratios en las aulas, reforzar los equipos docentes y los equipos de orientación y combatir la segregación escolar.

La investigación educativa lleva décadas señalando que menos alumnado por grupo facilita la atención individualizada, mejora el clima de convivencia y mejora los resultados académicos.

Los centros educativos necesitan más profesionales especializados en orientación educativa, en mediación y en apoyo socioemocional. Muchos conflictos escolares no son pedagógicos, sino sociales, y eso tiene un notable impacto en el desempeño escolar.

La escuela como promesa democrática

Hay algo profundamente injusto en el relato permanente de la decadencia educativa. Porque ignora uno de los mayores logros de las sociedades contemporáneas. Nunca antes tanto alumnado había tenido acceso a la educación durante tanto tiempo.

La escuela pública no es un problema. Más bien al contrario, es una de las mejores herramientas que tenemos para construir igualdad

La igualdad educativa empieza por aulas que reflejen la diversidad de la sociedad. La heterogeneidad es un valor poco entendido y, si pretendemos una educación democrática, necesitamos centros diversos socialmente. La mezcla social mejora los resultados educativos y fortalece la convivencia. Combatir la segregación escolar es también parte de la mejora educativa.

La escuela actual no es perfecta. Ninguna institución lo es. Pero sigue siendo uno de los espacios donde una sociedad se mira a sí misma y decide qué futuro quiere construir.

Por eso la pregunta importante no es si el alumnado está peor educado que antes.

La pregunta importante es otra: ¿Qué escuela necesita una democracia que quiere ser más justa?

Y para responder a esa pregunta conviene algo más útil que la nostalgia. Conviene mirar la educación con datos, con rigor y con una convicción sencilla: la escuela pública no es un problema. Más bien al contrario, es una de las mejores herramientas que tenemos para construir igualdad.

Fuente: https://www.elperiodicoextremadura.com/opinion/2026/03/19/nostalgia-educa-peor-escuela-128188798.html