Publicado: 26 noviembre 2025 a las 4:00 pm
Categorías: Artículos
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Por Javier Luna

Hay días en los que el colegio ni siquiera ha abierto la puerta y tú ya llegas cansado. El móvil ha sonado dos veces antes de las ocho: una familia que pide hablar “con urgencia”, un profesor que avisa de una baja inesperada. Mientras aparcas, te entran los correos de inspección, del servicio de prevención, del proveedor de comedor. Subes las escaleras con la sensación de que el día va por delante de ti y que tú solo intentas alcanzarlo.
Cuentas mentalmente las reuniones de la jornada: equipo directivo, coordinación de etapa, tutoría con una familia complicada, comisión de convivencia, entrevista con un candidato… A eso habrá que sumarle lo imprevisible: un conflicto que estalla en el recreo, un incidente en redes sociales, una obra que se retrasa, una llamada de la titularidad. Cuando por fin te sientas en tu despacho, te das cuenta de que el café está frío. Y el día, en realidad, acaba de empezar o ya está terminando.
Durante mucho tiempo, el discurso sobre el cuidado en la escuela se ha centrado casi exclusivamente en el alumnado y, más recientemente, en el profesorado. Y Dios me libre de decir que eso no es importante.
Sin embargo, cada vez hay más datos que muestran que la salud emocional de quienes lideran los centros se está viendo fuertemente tensionada. Informes recientes del Defensor del Profesor señalan que la mayoría de docentes que piden ayuda lo hacen por motivos de ansiedad, depresión y desgaste emocional, con un número creciente de bajas laborales vinculadas al malestar psicológico. Si esta es la situación del profesorado, cabe imaginar la presión acumulada en los equipos directivos, que viven esa misma realidad desde la primera línea de decisión.
De hecho, algunos estudios centrados específicamente en directores y directoras describen escenarios de agotamiento emocional elevado, asociados a una dedicación muy intensa a tareas administrativas y burocráticas, a la gestión de conflictos y a la sensación de que el tiempo para el liderazgo pedagógico se reduce de forma constante. La pandemia primero, y la complejidad social después, han multiplicado las demandas sobre los responsables de los centros. El resultado es un cóctel en el que se mezclan responsabilidad, sobre implicación y soledad.
Y a esto hay que añadirle algo que tiene solución si uno quiere, y es que muchas veces hay mucho directivo que no quiere reconocerlo o definirlo. Y ponerle nombre a este cansancio no debe entenderse como una queja ni un lamento victimista, es un ejercicio de realismo y, sobre todo, un acto de responsabilidad (y humildad): si el líder se rompe, el proyecto se resiente.
Hay que entender, además, que el cansancio del liderazgo educativo tiene rasgos particulares. Por un lado, está la soledad de la decisión. Aunque el colegio funcione en equipo, hay momentos en los que la última palabra la tiene una persona concreta. Y esa última palabra se pronuncia muchas veces bajo presión, con información incompleta y con la sensación de que siempre habrá alguien descontento: familias, profesorado, titularidad, administración. Eso no es fácil…
Se suma la presión burocrática. Numerosos directivos reconocen que dedican una parte enorme de su tiempo a tareas que poco tienen que ver con aquello que les enamoró de la educación: informes, memorias, justificaciones, cambios normativos, plataformas que no acaban de funcionar. Cada nueva obligación administrativa ocupa espacio mental y deja menos margen para el acompañamiento cercano a personas y procesos, que es lo más importante.
También pesa la exposición constante a los conflictos, ya que el despacho de dirección es lugar de paso de problemas: alumnos desregulados, tensiones entre docentes, familias desbordadas, situaciones de violencia, conflictos judicializados.
En otros sectores, los casos más complejos suelen gestionarse en servicios especializados. En cambio, en el colegio, muchas veces el primer filtro es el propio equipo directivo, que acumula historias, preocupaciones y decisiones difíciles en muy poco tiempo.
Por último, aparece una sensación silenciosa: la imposibilidad de desconectar. El centro se cuela en el salón de casa a través del móvil, de los grupos de mensajería, de las redes. El término “vacaciones” suena bonito, pero muchos directores saben que el verano es, en realidad, otra temporada de decisiones: plantillas, obras, matrículas, cambios normativos.
Todo esto, que es real, tiene solución. Pero tú, como líder, tienes que estar dispuesto a hacer un giro importante para llevarlo a término. Si aceptamos que el liderazgo educativo está sometido a un desgaste creciente, el siguiente paso es evidente: hay que cuidar al que cuida. No como gesto decorativo, sino como condición para la sostenibilidad de los proyectos educativos.
Te propongo cuatro dimensiones de cuidado que se entrelazan y con las que puedes dar los primeros pasos hacia un liderazgo acompañado.
Antes que director, coordinadora o titular, eres persona. Parece una obviedad, pero a menudo se olvida. La tentación es posponer siempre el descanso, la revisión de la propia salud o la búsqueda de espacios de acompañamiento personal. “Cuando pase este trimestre”, “cuando cerremos las matrículas”, “cuando acabe la inspección” … Y ese “cuando” se va estirando mientras el desgaste se acumula.
Cuidarse como persona implica introducir hábitos concretos: respetar horas de sueño, establecer momentos de desconexión real del correo y el móvil, aprender a decir que no a ciertas reuniones, reservar algún espacio de supervisión o acompañamiento profesional (coaching, terapia, grupo de pares), hacer deporte. Todo esto no es un lujo, ni te hace más débil, es una inversión en salud y en claridad interior. Y debe estar en nuestras agendas.
Un buen liderazgo no se ejerce solo, sino con personas a tu alrededor en las que confías y delegas. Cuando el equipo directivo funciona como una pequeña comunidad de cuidado mutuo, el impacto del estrés se reparte y la carga emocional se hace más llevadera.
Esto exige espacios para hablar de cómo estamos, no solo de lo que hay que hacer. Reuniones en las que, además del orden del día operativo, haya un momento para compartir cómo llegamos, qué nos está pesando, qué decisiones nos han dejado removidos. Eso no es perder el tiempo, créeme; es ganar humanidad y cohesión. Y, por qué no, “hacer terapia”.
Un equipo que puede hablar de su cansancio, que se permite el humor, que sabe pedir ayuda internamente, se convierte en un factor de protección frente al burnout. Cuando cada uno siente que no está solo ante los problemas, el despacho deja de ser una trinchera y se convierte en un lugar de apoyo.
Hay una parte del cuidado del líder que no depende solo de su fuerza de voluntad. La propia institución educativa tiene responsabilidad en cómo se organiza el trabajo del equipo directivo.
Eso pasa por decisiones muy concretas: dimensionar bien las tareas, ajustar los horarios, evitar la cultura de la urgencia permanente, respetar tiempos sin reuniones, garantizar que el director puede dedicarse al liderazgo pedagógico y no únicamente a apagar fuegos administrativos.
Los patronatos, titulares y administraciones que entienden esto asumen que cuidar a sus líderes es cuidar el corazón de sus proyectos. Es un cambio de mirada: del liderazgo entendido como recurso inagotable a la conciencia de que quien dirige también necesita protección, formación y acompañamiento.
Muchos directores describen el encuentro con otros colegas como un auténtico salvavidas. Escuchar que en otros centros viven problemas parecidos, compartir estrategias, contrastar decisiones, revisar juntos la propia práctica… genera una red de apoyo profesional que reduce la sensación de aislamiento.
Espacios formales (asociaciones de directores, foros, redes promovidas por administraciones, procesos de acompañamiento intercentros) y espacios informales (grupos de WhatsApp bien usados, cafés periódicos, encuentros presenciales) pueden convertirse en lugares donde el liderazgo se ventila, se oxigena y se humaniza.
En esa red, el director deja de ser solo “el que sostiene a todos” y pasa a ser también acompañado.
De siempre, el imaginario del líder educativo ha estado muy pegado a la figura del héroe que todo lo puede: siempre disponible, siempre fuerte, siempre con la palabra justa. Sin embargo, las investigaciones sobre salud mental y liderazgo muestran que los modelos que más perduran y que mejor cuidan a sus comunidades son aquellos que integran la vulnerabilidad como parte de la tarea directiva.
Reconocer el cansancio, pedir ayuda, decir “hasta aquí llego”, buscar acompañamiento, delegar… no son señales de debilidad. Son signos de un liderazgo adulto, consciente de sus límites y responsable ante la comunidad que sirve.
Detrás de cada decisión importante, detrás de cada conflicto gestionado, detrás de cada proyecto impulsado, hay una persona concreta con una historia, una familia, unos miedos y un cuerpo que también se agota. Olvidarlo convierte al líder en una figura abstracta y, en último término, desechable. Recordarlo abre la puerta a un liderazgo más humano y más sostenible.
Quizá este artículo te pille en medio de una semana complicada. Tal vez has llegado hasta aquí con la sensación de que nada de lo que se propone es posible en tu contexto. Aun así, te invito a que te hagas tres preguntas muy sencillas:
No te olvides de que el cuidado del líder no es un tema accesorio, es una cuestión de justicia con la persona que hay detrás del cargo y, al mismo tiempo, una condición para que el proyecto educativo pueda seguir siendo un lugar de vida para todos. Y, por encima de todo, es un acto de responsabilidad humana.
Cuando el líder también se cansa, la mejor respuesta no es exigirle más, sino aprender, como comunidad, a cuidar mejor a quien cuida.
Por Javier Luna Calvera, director general, consultor y coach educativo.
Fuente: https://exitoeducativo.net/cuando-el-lider-tambien-se-cansa/
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