Publicado: 8 noviembre 2025 a las 6:00 pm
Categorías: Artículos
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Por Jordi Martí

Hay días en los que uno entra en redes sociales educativas -o lo que queda de ellas- y se encuentra con un espectáculo digno de un anfiteatro romano. Una publicación que pretende mostrar una práctica «moderna» en el aula, seguida de aplausos entusiastas, críticas viscerales y, como guinda, insultos en cadena. El menú de siempre, servido con la velocidad que solo las redes saben imprimir.
El debate que me interesa no es el de los trolls, ni el de quienes convierten cualquier excusa en coartada para arrojar bilis. Hay quien está esperando el más mínimo motivo para soltar el «antes se hacía mejor» o el «esto ya no es educación». Tampoco me interesa el otro extremo, ese que responde a toda crítica con un… «si no te gusta es que eres antiguo y no entiendes la innovación». Dos trincheras. Dos monocultivos. Muy poca sombra para pensar.
En medio de esta última tormenta digital apareció un ejemplo claro de lo que ocurre cuando se mezclan tres ingredientes peligrosos: la necesidad de mostrar, la obsesión por diferenciarse y la alergia a la duda. El resultado es una práctica que busca ser vista antes que ser pensada, una comunidad que se polariza en segundos y un discurso defensivo que convierte cualquier cuestionamiento en nostalgia conservadora. Como si solo hubiera dos formas de estar en educación. Y esas dos formas son museo o circo.
Sin embargo, el tema de fondo no son pegatinas, memes, notas o rúbricas. Eso es espuma. La conversación importante es otra. ¿Hemos llegado a un punto en el que cualquier extravagancia se puede justificar diciendo que es innovación?
Porque una cosa es evaluar de forma formativa, ofrecer retroalimentación humana y cuidar la motivación del alumnado. Nadie sensato quiere volver al pupitre oscuro y a la libreta llena de cruces rojas como cicatrices. Pero otra cosa muy distinta es confundir evaluación con performance, pedagogía con ocurrencia y acompañamiento con «voy a hacer algo llamativo para que me aplaudan en redes».
La escuela no necesita espectáculos. Necesita criterio.
Y el criterio, por desgracia, no siempre es lo que llama la atención.
No es nuevo. Llevamos años viviendo una fiebre en la que lo innovador se presume valioso por el simple hecho de ser novedoso. Como si la creatividad pedagógica fuese un concurso de disfraces y no un proceso profundo que exige conocimiento, evidencia, escucha y humildad.
Poner pegatinas en lugar de notas puede tener sentido, si forma parte de una estrategia coherente, si se acompaña de reflexión, si el estudiante sabe qué ha hecho bien y qué puede mejorar. Puede ser una práctica respetuosa, motivadora y pedagógicamente sólida.
El problema empieza cuando se convierte en un gesto vacío, cuando se sube a redes sin contexto como bandera de modernidad y cuando, al recibir preguntas, se opta por la defensa ideológica en lugar de la explicación profesional.
Más grave todavía es cuando el debate deja de ser educativo para convertirse en una guerra cultural entre los guardianes del pasado y los profetas del futuro. Nadie gana ahí. Sobre todo, no gana el alumnado.
Que alguien haga algo «creativo» en su aula no lo convierte automáticamente en buena práctica educativa. Y tampoco convertir una actividad en anécdota viral la convierte en ejemplo. Sobre todo cuando rozamos el terreno de lo grotesco, lo innecesario o lo que raya en lo antihigiénico bajo la bandera del aprendizaje experiencial porque, a diferencia de algunos que tienen la memoria muy selectiva, yo sí me acuerdo de esa práctica educativa de escupirse en las manos.
Sí, las redes han visto de todo. Desde clases convertidas en gimnasios emocionales improvisados hasta actividades que rozan más el reality show que la didáctica. Y sí, a veces hay quien defiende estas acciones diciendo que quienes las critican no entienden la nueva educación.
Pero hay cosas que no son ni viejas ni nuevas. Son simplemente malas ideas. Y no pasa nada por decirlo.
Una práctica que expone, ridiculiza o infantiliza.
Una actividad que confunde diversión con desarrollo.
Una propuesta sin rigor que se justifica con eslóganes.
Eso no es pedagogía innovadora. Es pedagogía superficial.
Y si alguien señala eso, no significa que quiera volver al método de la Ley Moyano o, siendo más modernos, a la EGB. Significa que cree que el futuro de la educación no pasa por disfrazarse de influencer ni por coleccionar aprobaciones virtuales.
Las redes tienen algo maravilloso. Permiten compartir buenas ideas, conectar con colegas y aprender más allá de los muros del centro. Pero también tienen un lado oscuro. Y ese lado oscuro es la necesidad constante de demostrar que lo que uno hace es especial.
A veces, en ese intento de diferenciarse, se pierde la línea entre enseñar y exhibir. Y cuando alguien se siente cuestionado en público, es fácil buscar refugio en banderas identitarias. Es muy fácil decir que «me atacan porque soy innovador».
No. A veces no te atacan. A veces solo preguntan.
Y si no podemos responder con argumentos, igual no era innovación sino improvisación.
La educación necesita creatividad. Necesita romper inercias, abrir ventanas, probar, salir del piloto automático. Pero la creatividad no es capricho, igual que tradición no es rigidez. Lo moderno no siempre mejora lo antiguo; lo antiguo no siempre garantiza lo sólido.
La vara de medir no debe ser lo raro, lo llamativo o lo viralizable. Debe ser lo que elevamos, acompañamos y construimos en el aprendizaje real.
Innovar no es hacer lo nunca visto. Es hacer lo que hace falta, aunque no luzca.
Y sí, a veces innovar es explicar por enésima vez la misma idea con paciencia, sin pegatinas y sin fanfarrias. Otras, es reinventar el modo de hacerlo. Pero siempre con sentido pedagógico, no con hambre de aplauso.
Menos «mírame».
Más «escucho, pienso, adapto».
Más profesionalidad.
Menos espectáculo.
Si eso es ser antiguo, que me lapiden sustituyendo las piedras por tablets de última generación. Pero sospecho que es justo lo contrario.
Fuente: https://xarxatic.com/cuando-el-espectaculo-entra-en-el-aula-y-la-bronca-estalla-en-las-redes-sociales/
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