Publicado: 25 noviembre 2025 a las 4:00 am
Categorías: Artículos
[responsivevoice_button buttontext="Escuchar la noticia" voice="Spanish
Latin American Female"]
Por Pedro Mancilla
Corea del Sur lidera en innovación educativa gracias a su infraestructura digital, altos niveles de estudio y centros científicos interactivos. Esta nota explica los datos, prácticas y desafíos que permiten entender cómo su modelo puede aportar al futuro educativo de Chile.

Después de 38 horas de viaje, mi primera experiencia en Corea del Sur fue ingresar a un simulador de sismos en el Seoul Science Center. En cuanto la plataforma comenzó a moverse, sentí que entraba en una escena del futuro, una que borró de golpe el cansancio del jet lag y me abrió los sentidos a un país que aprende moviéndose. La intensidad sísmica fue en extremo y un verdadero terremoto real, mientras un grupo de estudiantes observaba en silencio cómo la tecnología convertía un fenómeno natural en una clase viva. Ese contraste —la precisión digital al servicio de la experiencia humana— resume lo que he descubierto en Corea del Sur: un país donde el aprendizaje se vive, no solo se enseña.
Viajar por Corea es recorrer un territorio que respira educación en cada rincón. La digitalización está por todas partes, sí, y a la vez convive con métodos presenciales que siguen siendo el corazón del sistema. Aquí, la educación no es un servicio: es la base del desarrollo. El Estado sostiene los niveles primario y secundario, y la cultura honra el valor del estudio. Jóvenes entre 15 y 24 años superan las 49 horas semanales dedicadas al aprendizaje, muy por encima del promedio OCDE. Ese esfuerzo convive con una infraestructura tecnológica impresionante y una conectividad que alcanza el 98% del país. No es casualidad. Es consecuencia de políticas públicas consistentes que impulsan contenidos digitales, dispositivos, plataformas de aprendizaje y una visión sistémica.
En medio de este ecosistema, el Seoul Science Center se siente como un laboratorio de futuro accesible para todos. Su propósito es claro: democratizar el aprendizaje, reducir brechas en ciencias y fomentar la experimentación. Aquí todo se toca, se mueve y es multisensorial. Hay simuladores, zonas de prueba, módulos que mezclan fenómenos naturales con física, matemática y tecnología aplicada. No es educación digital: es educación viva potenciada por lo digital.
Y, sin embargo, lo que más me sorprendió fue su defensa de lo presencial. Corea del Sur integra plataformas en línea, dispositivos móviles y contenidos digitales. No obstante, cuida los fundamentos. Los libros físicos siguen siendo centrales. Las actividades manuales no se abandonan. Los talleres presenciales son irrenunciables. Comprenden que el aprendizaje profundo necesita cuerpo, movimiento y relaciones humanas. La tecnología no reemplaza ese vínculo: lo amplifica.
Como Chileno y latinoamericano, no pude evitar hacer el contraste. Después de la pandemia, nuestra región arrastra brechas de acceso, dificultades en comprensión lectora y matemáticas, deserción escolar y un cuerpo docente que —en muchos casos— no recibió formación suficiente para integrar tecnologías de manera pedagógica. En Chile, de cada 100 estudiantes que parten primero básico, solo 64 terminan la enseñanza media. Las cifras revelan algo más profundo: la falta de un ecosistema coherente que combine infraestructura, visión estatal y comunidades educativas fortalecidas para el escenario futuro.
Corea nos muestra un camino distinto. Nos recuerda que la transformación digital es más que repartir dispositivos. Es actualizar metodologías, formar docentes, articular política pública y construir espacios donde el aprendizaje ocurra de verdad, con las manos, con el cuerpo, con la emoción. Es entender que la tecnología es un puente, no un destino.
Vuelvo a la imagen del simulador de sismos: una máquina que reproduce la tierra moviéndose para que podamos comprenderla sin miedo. Esa escena simboliza lo esencial. La educación funciona mejor cuando puede mover, conectar y mostrar. Cuando es capaz de sacudir certezas para instalar nuevos aprendizajes.
Y en ese temblor —controlado, preciso, significativo— entendí algo simple y profundo: el futuro de la educación no es digital ni presencial. Es híbrido, humano y vivo. Igual que ese sismo que, por primera vez, me enseñó más de lo que me asustó.
Fuente: https://www.elobservatodo.cl/noticia/49-horas-de-estudio/corea-del-sur-donde-la-educacion-se-comprende-desde-el-cuerpo
Deja un comentario