Capacitación docente en tiempos de pandemia

Publicado: 30 enero 2022 a las 4:00 pm

Categorías: Artículos

Por Javier Breña Sánchez

Todo parece indicar que la escuela en casa seguirá siendo parte de la educación de las niñas y los niños mexicanos, especialmente con el surgimiento de la cuarta ola producida por la variante ómicron. Se antoja complicado que el gobierno o la iniciativa privada asuman de una vez por todas que la normalidad a la que estábamos acostumbrados no va a regresar y que las escuelas —todas— tenemos que diseñar un nuevo esquema para cumplir nuestros propósitos básicos. Propósitos que pueden resumirse en aprovechar el potencial humano durante la infancia.

Sería ingenuo, y muy absurdo, que habiendo descubierto apenas la punta del iceberg de lo que significa la educación en línea, haya escuelas o sistemas educativos que no estén pensando ya en cómo van a integrarla como parte consustancial a su quehacer cotidiano.

Por el lado del sector público, el programa La escuela en casa ha resultado insuficiente, en el mejor de los casos, y llanamente mediocre si tuviéramos que acercarnos a una mejor definición de lo que se ha logrado en la realidad. ¿Contamos con datos al respecto? La imposibilidad de llevar a cabo mediciones fiables de lo que las niñas y los niños han aprendido desde el mes de marzo de 2020 es innegable; desconocemos la medida en la que la pandemia está haciendo estragos en el desarrollo de la niñez en todos los ámbitos: cognitivo, socio-afectivo, físico, emocional. Desde luego, algo estarán aprendiendo las y los estudiantes, pero ¿qué es eso?, ¿gracias a qué variables?, ¿qué elementos de la enseñanza en línea, si acaso algunos, están haciendo la diferencia?

La contraparte, las escuelas privadas, están tratando de sobrevivir ante un gobierno impertérrito respecto a la crisis y que, de no reaccionar —y no lo va a hacer— sumirá al sector privado en una crisis mayor a la que ya está viviendo. Para constatarlo están algunas acciones que han tomado asociaciones de escuelas privadas en el país, o escuelas en lo individual, que en los últimos meses, en ocasiones en rebeldía a las disposiciones del sector salud (y de la propia SEP), han regresado a clases presenciales. O han vuelto a los planteles sin esperar lo que digan las autoridades locales o estatales. Esto no es casual, las escuelas privadas tienen por delante un panorama sin ayuda gubernamental y sin claridad respecto a si van a sobrevivir otro ciclo de confinamiento.

¿Cuántas familias más van a desertar de pagar colegiaturas si la pandemia continúa intermitente como hasta ahora? Muchas no tienen con qué ni les gusta lo que las instituciones a las que asisten sus hijos están haciendo. Menos aún les parece bien sentir que están haciendo el trabajo de los docentes; peor todavía que por hacer algo que no les corresponde, según muchos, tengan que pagar. Es decir, hay un gran descontento por el esfuerzo que se les exige para colaborar en la formación de sus hijos; si es o no una posición válida, es otro tema. Desde luego otro debate es el de diferenciar entre el concepto de home-schooling y la enseñanza que de la mano de los padres de familia imparten actualmente las escuelas. Pero siguiendo con este punto, escuchar a una madre o a un padre de familia de niños en edad preescolar o primaria estos días es enfrentarse con una cuota de frustración e impotencia en lo personal y de molestia hacia las escuelas por no hacer las cosas “mejor” (claro que hay excepciones). Bastaría “ponerse en los zapatos” de una o de un docente para darse cuenta que no es ni evidente, ni fácil, inventar de la nada todo un sistema educativo en línea.

En este clima de incertidumbres, debería destacar un tema en la agenda educativa nacional: la capacitación del personal docente, público y privado. No se tiene que ser pedagogo ni especialista en educación para darse cuenta que el perfil de una maestra o de un maestro en línea y el de una en educación presencial no sólo no son iguales, sino que tienen grandes diferencias. Y si convenimos que el sistema educativo en nuestro país ya tenía grandes deficiencias en las competencias de sus docentes antes de la pandemia, pues ahora se le han sumado otra serie de nuevas competencias que ni siquiera habían sido planteadas. ¿Alguien ha escuchado algo de nuestras autoridades respecto a la capacitación de los docentes para la “nueva normalidad”? Mucho ruido y pocas nueces, mucha Nueva escuela mexicana (NEM) en el discurso, pero desdibujada e incierta entre el personal docente y las escuelas.

Sea como vaya a ser, las grandes diferencias en conocimiento y competencias entre una maestra prepandemia y otra durante y después de la pandemia deben ser identificadas, definidas, operacionalizadas. Luego de ello, por supuesto, se requerirá todo un proceso de “capacitación en servicio”. En castellano el concepto no es muy común, en inglés es in-service training y nos habla de todo proceso de capacitación que los docentes deben vivir mientras ya están trabajando (en contraposición a cuando se están formando), es decir, el tipo de capacitación para que el personal docente adquiera esas capacidades que nunca antes habían sido necesarias, mucho menos consideradas, al menos en nuestro país.

A un maestro o maestra “en línea” ya no le alcanza con saber hacer sus planeaciones, llevar seguimiento, evaluar con objetividad y propiciar un ambiente de aprendizaje “rico” en su salón de clases, asumiendo que eso, mal o bien hecho, resumía el espectro de competencias de una maestra promedio. El personal docente para la actualidad necesita saber programar actividades en línea y para eso existen numerosas Apps o aplicaciones que debe de aprender a usar y explotar, no quedarse en la superficie. El personal docente de hoy necesita saber organizar evidencias y valorarlas, necesita conocer con detalle la diferencia entre actividades sincrónicas y asincrónicas y saber cómo equilibrarlas, necesita construir un nuevo esquema de comunicación y seguimiento con las madres y los padres de familia, y le es indispensable aprender a motivar al alumnado a partir de una pantalla. El personal docente en línea tiene que contar con características para ser buenos animadores —aunque a muchos pueda molestarles este concepto—; debe saber modular su voz, usar su cuerpo para comunicarse con los y las estudiantes y reconocer las emociones, la afectividad que logra despertar en sus aprendices. Si no hay conciencia de la motivación de las niñas y los niños hacia el aprendizaje, ¿cómo se puede conducir un proceso de enseñanza-aprendizaje?

Imaginemos a una típica maestra o maestro, más o menos “amenos” cuando las clases eran presenciales. ¿Cómo lo estarán haciendo ahora que están en una pantalla? ¿Alguien se ha puesto a pensar en las miles de horas acumuladas de aburrimiento que las niñas y los niños están viviendo? ¿Podemos esperar que la niñez le tome aprecio a estudiar, a ir a la escuela, a investigar y construir nuevo conocimiento? ¿Acaso se puede culpar a las y los docentes por no contar con un repertorio de conocimientos y competencias que nunca les fueron enseñados?

La gravedad de este estado de cosas en el sector público es más acentuada, si bien en el sector privado, en general, lo que existe ahora es preocupación por su supervivencia, contexto bajo el cual se antoja difícil resolver paralela y cuidadosamente la necesidad de sus equipos de aprender nuevas cosas. La escuela pública no tiene una plataforma de educación a distancia, en los hechos, ni los mecanismos para que las decenas de miles de docentes desarrollen un repertorio mínimo indispensable de competencias para no naufragar en su labor docente durante la pandemia. De una serie de cursos en línea cuyo objetivo ha sido aprender lo elemental para no ser un analfabeta tecnológico no ha pasado. Además, no tienen ni la infraestructura, ni tampoco los mecanismos para sumar a las madres y los padres a la labor docente. En efecto, estos se han vuelto un eslabón indispensable para que la construcción de conocimiento, eso que llamamos aprendizaje, suceda. Con decenas de miles de niñas y niños si acaso exista una televisión o una radio en la cual puedan ver o escuchar sus lecciones, con mínimo o nulo espacio para la retroalimentación de sus maestras y maestros, ni para que envíen algunos deberes que les sirvan a los docentes para saber qué están aprendiendo realmente. Ni qué decir sobre la incertidumbre que la cuarta ola está generando, porque después de tanto tiempo de pandemia no tenemos planes alternativos listos en caso de cierres de planteles educativos para el sistema público educativo. Menos contamos, en pleno año 2022, con datos consolidados sobre el abandono escolar y el rezago educativo.

Finalmente, asumiendo las grandes diferencias en los contextos de la educación pública y la privada, la necesidad de precisar las competencias y desarrollar programas de capacitación en servicio para la educación en línea es un hecho incontrovertible. Adicionalmente, es necesario definir y preparar al personal docente para la integración definitiva en un nuevo sistema mixto, presencial y en línea, que muy probablemente será la norma y no la excepción en el futuro. Es una necesidad inmediata e inaplazable, considerando que la “educación en línea” ha llegado para quedarse.

Javier Breña
Director de una escuela privada (maternal, preescolar y primaria) en Xalapa, Veracruz

Fuente:

Capacitación docente en tiempos de pandemia