Publicado: 18 febrero 2026 a las 4:00 pm
Categorías: Artículos
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Por EDUCACIÓN 3.0
En este nivel educativo, las dinámicas del acoso son más sutiles y estructurales, lo que dificulta su identificación. Sobre ello reflexiona Sara González Domínguez, coordinadora del Máster Oficial de Psicología General Sanitaria del CES Cardenal Cisneros.

El acoso en el ámbito universitario es una realidad que, aunque no se manifiesta de forma generalizada, suele permanecer invisibilizada. En este nivel educativo, las dinámicas de hostigamiento tienden a adoptar formas más sutiles y estructurales, lo que dificulta su identificación. Sin embargo, que no siempre se vea no significa que no exista. De hecho, investigaciones recientes, como las realizadas por Malcolm Tight (2023), advierten de que una parte del alumnado universitario puede experimentar situaciones de hostigamiento, violencia psicológica o discriminación, cuestionando la idea extendida de que el acoso es un problema exclusivo de etapas educativas anteriores.
Esta mirada encuentra eco también en el contexto español. En este sentido, el estudio de Royo-García et al. (2020) muestra que, aunque no se trata de una experiencia mayoritaria, sí hay alumnado universitario que se reconoce como víctima, agresor o ambas cosas. Las formas más habituales de victimización detectadas —la exclusión social, los insultos indirectos o la difusión de rumores— refuerzan la idea de que el acoso en la Universidad no siempre adopta formas explícitas, pero puede afectar de manera significativa al bienestar y al clima relacional en las aulas.

A estas dinámicas se suma, además, el entorno digital: el ciberacoso comparte con el bullying tradicional la intencionalidad, la repetición y el desequilibrio de poder, pero incorpora otros elementos que pueden intensificar el daño como la difusión masiva y persistente de los contenidos, el posible anonimato de quienes agreden y la dificultad para desconectarse de un entorno percibido como hostil. Así, las fronteras entre lo académico, lo personal y lo virtual se diluyen, ampliando el impacto de estas experiencias.
Como subraya Tight (2023), el acoso en la educación superior no puede entenderse sólo como un problema individual, sino como una cuestión que interpela a las instituciones. Y es que sus consecuencias pueden incluir ansiedad, depresión, malestar emocional o dificultades para establecer relaciones saludables, incluso llegando en algunos casos a afectar a la continuidad de los estudios. De ahí la importancia de contar con enfoques preventivos, compasivos y sensibles al trauma, así como con políticas claras de detección, denuncia y acompañamiento.
La Universidad no solo forma profesionales, sino que acompaña a personas en un momento clave de su trayectoria vital, y muchas llegan a esta etapa con experiencias previas de exclusión o violencia. Por eso, atender estas realidades, aunque no sean generalizadas, es una forma de cuidar el bienestar de la comunidad universitaria y de contribuir a que la educación superior sea también un espacio seguro, inclusivo y comprometido con el cuidado de las personas.
Fuente: https://www.educaciontrespuntocero.com/opinion/bullying-universitario/
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