Arturo Cavanna: “Sin bienestar y protección, la escuela pierde su sentido”

Publicado: 26 febrero 2026 a las 8:00 pm

Categorías: Entrevistas

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Por Laura Pajuelo

Arturo Cavanna, fundador de Notecalles.org y profesor asociado en la UAM, defiende una transformación profunda del sistema educativo: pasar de una escuela centrada en contenidos a una comunidad que priorice el bienestar, el vínculo humano y la protección real de la infancia, tal y como propone el Sello de Escuela Segura.

Durante décadas la escuela ha sido entendida como un espacio de transmisión de contenidos, evaluación y rendimiento académico. Sin embargo, el aumento de los problemas de bienestar emocional, las situaciones de violencia y los silencios que aún rodean a la protección de la infancia han puesto en cuestión este modelo. Notecalles propone un cambio de mirada profundo: repensar la educación desde una Pedagogía del Bienestar que sitúe a la persona en el centro y entienda la escuela como una comunidad de cuidado, prevención y acompañamiento. En esta entrevista, Arturo Cavanna, fundador de Notecalles.org y profesor asociado de la UAM, reflexiona sobre la responsabilidad ética de los centros educativos más allá del currículo y defiende que sin seguridad emocional no hay aprendizaje posible. 

Pregunta: Durante décadas hemos entendido la escuela principalmente como un espacio de transmisión de contenidos. ¿Por qué considera urgente repensarla como un espacio de bienestar integral y protección real de la infancia?

Respuesta:
 Porque hemos confundido educar con instruir. Durante años hemos medido la calidad educativa por lo que se explica, se memoriza o se evalúa, olvidando algo esencial: los niños no aprenden si no se sienten seguros. Hoy sabemos —y lo sabemos porque lo hemos visto— que una escuela puede cumplir su currículo y, sin embargo, fallar en lo más importante: proteger, cuidar y sostener emocionalmente a la infancia. Además, conviene recordarlo con honestidad: los niños pasan más tiempo con sus maestros y maestras que en sus propias casas. Eso nos sitúa en un lugar de enorme responsabilidad, pero también de enorme oportunidad. Ser docente no es solo transmitir conocimientos, es ejercer una vocación de cuidado, de mirada atenta, de presencia significativa en la vida de un niño.

Durante años hemos medido la calidad educativa por lo que se explica, se memoriza o se evalúa, olvidando algo esencial: los niños no aprenden si no se sienten segurosArturo Cavanna

Muchos alumnos llegan cada mañana con mochilas invisibles: situaciones familiares complejas, soledad, miedo, carencias afectivas o incluso vivencias de violencia. Si la escuela no está preparada para detectar, prevenir y proteger, esos niños quedan aún más solos. Por eso la prevención no es un añadido, es un pilar básico del sistema educativo. Repensar la escuela como espacio de bienestar integral no es una moda pedagógica, es una urgencia ética. La infancia necesita centros donde no solo se enseñen Matemáticas o Lengua, sino donde se aprenda a confiar, a pedir ayuda y a sentirse valioso. Porque sin bienestar y sin protección, todo lo demás —por brillante que parezca— no sirve de nada.

Arturo Cavanna

P: Habla de ‘Pedagogía del Bienestar’ como una cultura educativa. ¿Qué implica este enfoque en la organización cotidiana de un centro y en las relaciones entre alumnado, docentes y familias?

R: Implica un cambio profundo y, en cierto modo, incómodo. La Pedagogía del Bienestar no es un programa más ni una estrategia puntual: es una cultura educativa que cuestiona cómo entendemos hoy la escuela. En los últimos años hemos normalizado un discurso peligroso: hablar de los centros educativos como empresas y de las familias como clientes. Y cuando eso ocurre, la educación se deshumaniza. Porque en una escuela no se presta un servicio, se construyen personas.

La comunidad educativa no es un conjunto de partes aisladas, es un nosotros: alumnado, docentes, familias y todo el personal del centro. No hay jerarquías emocionales ni compartimentos estancos. Todos educamos, todos observamos, todos protegemos. Desde esta cultura, el centro se organiza pensando primero en las personas y después en los procedimientos. El docente no es un mero transmisor de contenidos, es un adulto significativo. Las familias no son usuarios que exigen, sino aliadas que caminan al lado de la escuela. Y los niños dejan de ser receptores pasivos para convertirse en sujetos de derechos, con voz y con dignidad. Cuando esta mirada se instala, algo cambia de verdad: se escucha más, se confía más y se acompaña mejor. La escuela deja de funcionar como una estructura y empieza a latir como una comunidad viva, un lugar donde no solo se aprende, sino donde se cuida, se protege y se educa juntos.

P: En un contexto de sobrecarga curricular y altas ratios, ¿cómo puede la escuela cuidar el vínculo humano sin sentir que se “pierde tiempo académico”?

R: Cuidar el vínculo no es perder tiempo académico; es ganarlo. Un alumno que se siente visto, reconocido y acompañado aprende más, se esfuerza más y se implica mejor. El problema es que durante años hemos medido el tiempo educativo solo en minutos y contenidos, y no en impacto real en la vida de los niños. Quizá ahí está uno de los grandes errores del sistema: pensar que la escuela es solo un espacio pedagógico, cuando en realidad es una escuela de vida. Desde muy pequeños, los niños aprenden en ella a relacionarse, a hacer amigos, a gestionar conflictos, a vivir alegrías y decepciones, a enfrentarse a lo que duele y a lo que ilusiona.

Cuando algo en la vida de un niño no funciona, cuando hay sufrimiento, miedo o tristeza, el aprendizaje académico queda en segundo plano. No porque no sea importante, sino porque primero hay que sostener a la persona. Sin bienestar emocional no hay atención, no hay motivación y no hay aprendizaje profundo.

Arturo Cavanna

A veces basta una mirada, una palabra a tiempo o una escucha sincera para desbloquear semanas —o meses— de desmotivación. El vínculo no compite con el currículo: lo sostiene. Y cuando la escuela entiende esto, deja de ir siempre contrarreloj y empieza, por fin, a respirar de otra manera.

La Pedagogía del Bienestar no es un programa más ni una estrategia puntual: es una cultura educativa que cuestiona cómo entendemos hoy la escuela.Arturo Cavanna

P: Iniciativas como #Notecalles nacieron para ayudar a las familias a hablar con sus hijos sobre el abuso sexual infantil, pero han terminado interpelando directamente a la escuela. ¿Qué ha revelado este proyecto sobre los silencios estructurales que aún existen en el sistema educativo?

R: Ha revelado algo muy duro y muy incómodo: que durante demasiado tiempo hemos confundido protección con silencio. #Notecalles mostró que muchos niños no hablaban no porque no quisieran, sino porque nadie les había enseñado que podían hacerlo. Había miedo a incomodar, a señalar, a remover… y ese miedo adulto acabó convirtiéndose en soledad infantil. La escuela no puede ser un lugar donde “mejor no hablamos de esto”. Cuando callamos, cuando miramos hacia otro lado, no protegemos al niño, protegemos al agresor. Y esa es una verdad que duele, pero que es imprescindible decir en voz alta.

Desde mi propia experiencia —y desde todo lo aprendido escuchando a otros— tengo claro que la prevención es la clave. Tenemos que hablar con los niños desde que son muy pequeños, adaptando el lenguaje a su edad, pero sin esconder la verdad cuando se trata de aquello que puede hacerles daño. Un niño necesita saber que nunca debe callarse ante algo que le produce dolor, miedo o incomodidad. Ya habrá adultos responsables que ayuden a gestionar ese dolor, pero lo más importante es que el niño sepa identificar lo que le ocurre y pedir ayuda a tiempo.

Cuando no se hace, cuando se crece en el silencio, la experiencia nos demuestra que ese dolor no desaparece: se acumula. Es como una olla a presión que acaba estallando años después, con consecuencias mucho más profundas. #Notecalles ha puesto palabras donde había miedo y ha demostrado algo esencial: hablar no rompe a los niños; lo que los rompe es el silencio.

P: Tras procesos de sensibilización, formación y escucha activa han salido a la luz más de 80 casos de abuso. Desde su experiencia, ¿qué lecciones debería extraer el sistema educativo de este impacto social y educativo?

R: La primera lección es clara: los casos no aparecen porque se hable; aparecen porque existen. Hablar no crea el problema, lo visibiliza. Y esos más de 80 casos son solo la punta del iceberg. Son los que han logrado salir a la superficie gracias a procesos de sensibilización, formación y escucha real. Detrás de ellos, probablemente hay otros dolores que se han removido, que están en proceso, que aún no han podido nombrarse.

La segunda lección es que cuando una escuela escucha de verdad, la infancia responde. Los niños no quieren denunciar, no buscan castigar a nadie; lo que quieren es dejar de sufrir y sentirse protegidos. Y cuando perciben que hay adultos que no miran hacia otro lado, se atreven a hablar.

Un alumno que se siente visto, reconocido y acompañado aprende más, se esfuerza más y se implica mejor.Arturo Cavanna

La tercera —y quizá la más importante— es que la prevención no puede reducirse a una charla puntual o a una actuación reactiva. La prevención es una cultura sostenida en el tiempo, una forma de mirar, de preguntar, de estar atentos. Donde hay confianza, hay palabra. Y donde hay palabra, hay posibilidad de reparación.

Además, hay algo que el sistema educativo debe tener muy claro: ninguna forma de violencia de un adulto hacia un niño es tolerable, venga de donde venga. Da igual si es en el entorno familiar, cercano o social. Cualquier situación de abuso o maltrato debe ser frenada de manera inmediata. La protección de la infancia no admite matices ni tiempos de espera.

Cuando una escuela se convierte en un espacio seguro de verdad, también se convierte en un lugar donde pueden salir a la luz otras violencias que ocurren fuera de sus muros. Y eso es profundamente transformador. Probablemente, si quienes ejercen violencia supieran que en la escuela hay una cultura real de detección y actuación, muchas situaciones de abuso, maltrato o violencia se reducirían de forma drástica. A veces, sacar a un solo niño de la pesadilla en la que vive ya es un logro inmenso. Y eso, por sí solo, justifica todo el esfuerzo. Una escuela verdaderamente segura es aquella donde quien ejerce violencia sabe que no podrá esconderse; sea quien sea.

P: Se habla cada vez más de ‘Escuela Segura’, pero a menudo se reduce a protocolos y cumplimiento legal. ¿Cómo definiría usted una escuela verdaderamente segura más allá del papel?

R: Una escuela verdaderamente segura es aquella donde un niño sabe a quién acudir sin miedo y sin vergüenza. Donde siente que será escuchado, creído y protegido. Es un centro donde los protocolos existen, sí, pero están vivos; donde no se guardan en un cajón, sino que forman parte de la cultura diaria. Donde el adulto no mira hacia otro lado y donde la protección no depende de la valentía del menor, sino de la responsabilidad del sistema educativo en su conjunto.

Una escuela segura es también una escuela transparente, que comunica, que no esconde, que construye vínculo real con las familias, con el alumnado, con el profesorado y con todo el personal del centro. Todos forman parte del mismo ecosistema de cuidado y todos saben cuál es su papel. En estos entornos, los sentimientos y las vivencias están por encima de cualquier trámite. El bienestar emocional no es un añadido, es un eje central. La felicidad —entendida como sentirse en casa, reconocido y acompañado— se convierte en motor de aprendizaje y de convivencia.

Una escuela verdaderamente segura es aquella a la que los niños quieren ir, porque la sienten como su refugio, su lugar de pertenencia, casi como una segunda familia. Porque la seguridad real no se imprime ni se certifica una vez: se practica cada día.

Un niño necesita saber que nunca debe callarse ante algo que le produce dolor, miedo o incomodidadArturo Cavanna

P: La LOPIVI (Ley Orgánica de Protección Integral a la Infancia y la Adolescencia frente a la Violencia) ha supuesto un avance normativo importante, pero su aplicación práctica está siendo desigual. ¿Cuáles son las principales dificultades que están encontrando los centros para convertir la ley en una cultura de protección?

R:
 La mayor dificultad no es legal, es cultural. Pasar de “cumplo la ley” a “protejo de verdad” exige formación, tiempo y, sobre todo, una profunda revisión de nuestra vocación como docentes. Porque educar no es solo enseñar contenidos: es asumir, con responsabilidad y cuidado, la protección de la infancia.

Durante demasiado tiempo hemos vivido la ley como algo externo, como una obligación que hay que cumplir para evitar sanciones. Y así es imposible generar una verdadera cultura de protección. La LOPIVI solo cobra sentido cuando deja de percibirse como una imposición y se convierte en algo propio, interiorizado, coherente con una Pedagogía del Bienestar que pone a la persona en el centro.

Muchos centros quieren hacerlo bien, pero no siempre saben por dónde empezar o sienten que están solos ante una responsabilidad enorme. La ley marca el camino, pero no basta con señalarlo: hay que acompañar a las escuelas para recorrerlo, sin miedo, sin improvisaciones y sin soluciones de parche.

La formación es clave, pero una formación real, continua y con sentido, que ayude a los equipos educativos a entender que la protección de los niños está muy por encima de cualquier protocolo concreto. No se trata de cumplir un checklist, sino de asumir una forma de estar y de mirar dentro de la escuela. Cuando los docentes y los centros se sienten acompañados —por la administración, por profesionales especializados y por la propia comunidad educativa—, la ley deja de ser un texto normativo y empieza a convertirse en una cultura viva de cuidado, bienestar y responsabilidad compartida.

P: El Coordinador o Coordinadora de Bienestar y Protección es una figura clave, pero, ¿existe el riesgo de delegar en una sola persona una responsabilidad que debería ser colectiva? ¿Cómo evitarlo?

R: El riesgo existe si entendemos esta figura como un “pararrayos”, alguien sobre quien descargar toda la responsabilidad para que el resto pueda mirar hacia otro lado. Y eso no solo es injusto, es ineficaz. Por eso, más que hablar de una persona concreta, yo hablaría de un Equipo de Coordinación de Bienestar y Protección. Un equipo formado, visible y comprometido, que trabaje de manera coordinada y que actúe como motor de la cultura de protección dentro del centro.

La defensa de la infancia no puede recaer en un rol individual. Tiene que ser una responsabilidad compartida, asumida por todo el claustro, respaldada firmemente por la dirección e integrada en el día a día de la escuela. Juntos somos más fuertes, y solo desde esa fuerza colectiva se puede generar un entorno verdaderamente seguro. Cuando el bienestar y la protección se entienden como un trabajo en equipo, la figura no se quema: lidera, acompaña y transforma. Y lo más importante, los niños perciben que no dependen de una sola persona, sino de una escuela entera que cuida y protege.

P: En el ámbito digital, los riesgos para la infancia se multiplican. ¿Qué papel debe jugar la escuela en la alfabetización digital emocional y en el acompañamiento frente a fenómenos como el grooming, la pornografía o el ciberacoso?

R: La escuela no puede limitarse a enseñar a usar herramientas; debe enseñar a habitar el mundo digital con criterio, conciencia y cuidado. Hoy la vida de los niños transcurre de forma natural entre lo analógico y lo digital, y la protección debe estar presente en ambos espacios con la misma seriedad. Aquí la prevención es clave. Y esa prevención solo es posible cuando existe una confianza real entre familia y escuela. Una escuela es verdaderamente segura cuando también lo es en el ámbito digital, cuando transmite de forma clara que la protección de la infancia incluye lo que ocurre en las pantallas, en las redes y en los entornos virtuales.

La alfabetización digital emocional implica hablar de emociones, de límites, de consentimiento, de respeto y de pedir ayuda. No desde el miedo ni la prohibición constante, sino desde la confianza, el acompañamiento y la educación ética. Los niños necesitan referentes adultos que les ayuden a comprender lo que sienten y lo que viven también en el entorno digital.

Cuando una escuela se convierte en un espacio seguro de verdad, también se convierte en un lugar donde pueden salir a la luz otras violencias que ocurren fuera de sus murosArturo Cavanna

En una escuela comprometida con la seguridad, se trabaja la prevención de riesgos como la pornografía, el ciberacoso o el grooming de forma seria y responsable, de la mano de expertos, con formación adecuada y con protocolos claros de actuación. No se improvisa ni se mira hacia otro lado. Proteger a la infancia hoy implica entender que el bienestar y la seguridad no distinguen entre mundos: son igual de importantes en el patio que en la pantalla. Y la escuela tiene un papel imprescindible en ese acompañamiento.

P: Mirando al futuro, ¿qué pasos cree que debería dar el sistema educativo para consolidar modelos, estándares o sellos que garanticen entornos seguros reales?

R: El futuro pasa por dejar de improvisar. Necesitamos modelos claros, evaluables y, sobre todo, vivos. Modelos como el Sello de Escuela Segura, que no nace para colgarse en una pared ni para cumplir un trámite, sino para acompañar a las escuelas en la defensa real de la infancia. Este Sello surge de la experiencia de años de trabajo de profesionales que han vivido —y siguen viviendo— la protección de los niños como una prioridad absoluta. No es teoría, es aprendizaje acumulado, errores asumidos, escucha constante y compromiso profundo con el bienestar infantil.

La defensa de la infancia no puede recaer en un rol individual. Tiene que ser una responsabilidad compartida, asumida por todo el claustro, respaldada firmemente por la dirección e integrada en el día a día de la escuelaArturo Cavanna

Un Sello de Escuela Segura tiene sentido solo si está en permanente actualización. Las leyes cambian, los riesgos evolucionan, el mundo digital avanza y las personas dentro de una escuela también cambian. Por eso hablamos de un proceso continuo, no de una certificación cerrada. La seguridad no se alcanza, se trabaja cada día.

Lo verdaderamente importante es entender el Sello como un camino compartido hacia una escuela segura. Un marco que ayuda a pensar, a formarse, a revisar prácticas y a mejorar de manera constante. Esto no significa que nunca vayan a ocurrir situaciones difíciles; probablemente ocurran. La diferencia es que no nos pillarán solos ni desprotegidos. Estaremos preparados, acompañados y con herramientas para actuar con rapidez y responsabilidad.

Porque proteger a la infancia no es un proyecto temporal ni una moda educativa: es un compromiso permanente. Y cuando el sistema educativo lo asume de verdad, la escuela se convierte en lo que siempre debió ser: un lugar donde crecer, aprender y vivir sin miedo.

Fuente: https://www.educaciontrespuntocero.com/entrevistas/arturo-cavanna-sello-escuela-segura/